miércoles, 17 de diciembre de 2008

Historia destitulada (parte I)

Es lunes y amanece nublado. Voy en busca de algo para tomar, abro la nevera y recuerdo, insomne, que olvidé ir de compras. No me perturbo, no quiero que nada en el día lo haga, mi cordura va a estar presente siempre. Hay café preparado, aunque no es lo que quiero, no hay otra cosa. Al menos podré, imaginándome un escritor constante, sentarme en la terraza con la taza en una mano y un lápiz en la otra y una hoja en la mesa. Así los que pasen por la calle me verán y pensarán que escribo, aunque no tenga nada de qué escribir. Recuerdo la noche anterior y me lleno de satisfacción. Sé, para buena suerte de mi ego, que todavía no he perdido el “toque” del que me jacto con las chicas. Normalmente cuando salimos de fiesta en las noches buscamos algunas incautas que seducir. No me puedo quejar, me fue bien.

Desde este balcón, que convenientemente es un poco más salido que otros, se puede ver casi todas las casas de la calle. Sentado aquí, me doy cuenta de que tengo una nueva vecina. En verdad, no conozco a casi nadie de mis vecinos, soy un ermitaño antisocial, no porque quiera, sino porque me cuesta mantener el saludo con las personas por mucho tiempo. Al principio la gente se me acerca o me saludan de lejos y poco a poco, con el pasar del tiempo, se van alejando, cada vez más, hasta dejar de saludarme en la calle. Dicen que es por mi culpa, porque parezco un desinteresado en conocerlos, en saludarlos y hablar de cosas que me parecen inútiles. Es cierto, no me interesa saber si el perro del vecino del costado mató a la gata de la estudiante universitaria de enfrente. Si la señora de la casa incolora al fin pudo divorciarse de su marido mujeriego. Si los hermanos colegiales de la casa amarilla llegaron borrachos de nuevo y armaron otro escándalo. No me interesa nada de eso. Y creo que el problema no está ahí, sino en que no puedo fingir. No soy como los demás que aparentan interesarse por las historias de quien sea que se les cruce por el camino. Todos simulan, todo es una mentira, un fraude; nadie se interesa, honestamente, en los problemas de otros.

Pero aun así, sin percatarme de las cosas de los demás, conozco los rostros, al menos, de casi la mayoría. Y sé que esta chica, la que estoy viendo hacer ejercicios en su sala, no tiene más de dos semanas aquí. No me avergüenzo de verla así, en ropa ajustada haciendo esas contorciones que me parecen agotadoras, porque estoy con mi café y con mis hojas escribiendo historias irrelevantes, como todas las que tengo. Pienso: Si por alguna razón me ve desde su ventana, actuaré normal y aquí no pasó nada. A lo mucho se irá a otra parte de la habitación a continuar con su gimnasia o cerrará las cortinas. De pronto, la joven levanta su cuerpo atleta, gira su cuello para un lado y luego para el otro y me mira fijamente a través del vidrio exageradamente pulido que nos separa. La miro también y trato de sonreírle. “¿No era que simularías no verla?” Ya es muy tarde, me quedo abobado con los ojos fijos puestos en ella, en su ropa ajustada, en sus ojos gigantes. Y me recuerda la caricatura que veía sin razón en la sala de mi hermana, cuando la visitaba en Arequipa, que me miraba con los mismos ojos, y con la misma serenidad, circunspecta, que a la vez no me miraban.

Me levanté, incómodo, como disgustado, y entré a la habitación con mi café pero sin mis hojas. Es linda, tiene buen cuerpo, se le nota inteligente, hace ejercicio, debe tener novio. Resulta casi imposible, en estos días cuando percibo una sobrepoblación de hombres, encontrar alguien así y libre. Por eso prefiero estar como estoy; sin buscar nada serio, teniendo aventuras, las veces que se presenten, con toda mujer que esté dispuesta a amarme 15 minutos. Hace tanto tiempo que no me enamoro que casi no recuerdo lo que se siente. Incluso no sé si fue amor la vez que me pareció sentirlo, hace tiempo ya, por una chica que conocí en la casa de mis tíos. Me cuesta recordar su rostro, sus gestos, su risa, las cosas importantes que se deben recordar, creo yo, por toda la vida. Por el simple hecho de haber compartido momentos juntos, por haber caminado muchas veces tomados de la mano, algunas bajo la lluvia, y de haber jurado cariño por siempre. Creo que soy un insensible, o más bien un insensibilizado.

Caigo en que ya es tarde para ir a la universidad, así que tomo un pan y me lo llevo a la boca mientras me visto y alisto mis cosas. En el camino me pongo a pensar en la chica de enfrente que conocí de vista hace unos minutos. Es algo mayor que yo, seguramente trabaja. El intolerable celular que me encadena al mundo socializado suena en mi bolsillo y sé que tengo que contestar, que si no lo hago, sonará una y otra vez hasta que lo haga. Es Jimena, con el argumento de siempre, que no sé por qué no me aburre ni me molesta (sólo algunas veces cuando tengo conversaciones más importantes, más espontáneas), diciéndome que se arrepiente de que ya no estemos juntos y que si me molestaría si salimos un día de estos para conversar de nosotros. Le respondo con frases algo frías que acostumbro mandarle, pero al final siempre pongo un: “si tú quieres” o “me parece genial” o “a mí también me gustaría”, que me hace parecer no tan descortés.

De nuevo el mismo sonido me hace saber que recibí otro mensaje. No puedo creer la rapidez con que me respondió, esta vez debe estar realmente desesperada. Abro el mensaje y un texto parecido pero con otras frases me hace recordar que tengo una especie de enamorada por correspondencia, y me reprocha no haberle escrito desde hace días. No me gusta hablar con ella (ya no) porque sus preguntas y respuestas (que no son más que otras preguntas disimuladas) son demasiado melosas, empalagosas y, en algunos casos, insoportables. La he ignorado, como a sus preguntas, hace un par de semanas. Me he sentido vil, despreciable, descomedido. Pero creo que es la única forma de quitármela de encima, de que se aburra de mí y sea ella la que termine conmigo, que yo no tengo el valor ni la osadía de hacerlo. Nunca los tuve.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Plan suicida

No sé si me equivoqué de nuevo. No sé si debí esperar más tiempo. No sé si ella me quiere o me quiso o si algún día lo hará, no lo sé. No sé si yo la quiero. No sé por qué estoy escribiendo a la una de la madrugada. No sé por qué escribo tantos “no sé”. Pasa que me fastidio de descubrir que todos los días tengo que empezar de cero, que cada vez que la veo tengo que conquistarla de nuevo, que tengo que robarle sus besos. Me cansé de que esté ausente cuando está conmigo. Cuando alcanzo algo en ella, cuando logro mirarla a los ojos y sentir que la quiero, cuando escucho un suspiro suyo, de ésos que me atan más (si acaso) a ella, y me siento entendido, cuando me dice que me quiere, y siento un avance, un paso más en lo nuestro; cuando pasa todo eso, me estrello con una verdad hiriente e inventada por ella al día siguiente cuando la veo tan lejos, tan ausente. Me cansé de despedirme de ella cada noche con un beso largo, con un abrazo, con miradas enamoradas y saludarla cada mañana como dos personas desconocidas, como extraños que recién se ven. Ya me cansé de hablarle a sus dos personalidades. Ella me abraza y me besa y me dice que me quiere. Su álter ego me quiere conocer pero me evita, me busca pero se aleja, me habla pero se calla. Me canso pero siento que la quiero.

Quizá no deba publicar esto, ella sabe la dirección de mi blog. Creo que ya no me importa que sepa qué siento, creo que ya no me importa que la gente lo sepa, que piensen lo que quieran de mí. He perdido totalmente el interés de agradarle a la gente, de que tengan un buen concepto de mí (que no sería más que fingir algo que no soy). Ahora escucho música melancólica y sé que me hace mal, que me hará pensar cosas que no quiero pensar. Pero creo que si aumento esta agonía, se acabará más pronto. Aunque lo que siento por ella no se acabará, ahora he perdido las riendas de mi corazón: voy sin frenos hacia un incógnito desenlace. Ya no puedo controlar esto, es muy tarde, pero sí puedo no involucrarla. Puedo seguir con esto yo solo, y si tengo que morir, moriré solo. Y si a alguien haré daño, será a mí mismo. Sé que tengo que irme pero la quiero cada vez más y, siendo un egoísta yo, me costará mucho alejarme de ella. Me iré que, como dice la canción, he quedado con mi alma para pensar en ella. No sé si pueda hacerlo, porque cada vez que la veo se hace cada vez más parte mía. Es muy probable que la vea y olvide lo que escribo ahora, que olvide todo, que la abrace y que siga muriendo (literalmente) por ella: que me olvida y me recuerda.

martes, 9 de diciembre de 2008

No hablo cuando como

Mi abuelo me mira del otro extremo de la mesa como preguntándose si es que me robaron la lengua o si no quiero hablar con él. “Éste no va a decir nada” se dice, “mejor le pregunto algo para ver si rompe este silencio sepulcral”. “¿Cómo te fue en la universidad?” me pregunta. “Bien”, le respondo. Me mira y se lleva a la boca un tenedor henchido de arroz. “¿Están avanzando normal?, las universidades públicas pierden mucho tiempo en huelgas y esas cosas” me pregunta (y se responde solo) de nuevo. “Sí, todo normal” le digo. Se rinde, “éste no tiene cura” piensa. Continuamos sentados en la mesa, almorzando, por unos minutos inacabables más. Termina de comer, se levanta y me dice “provecho doctor”, como suele decirme no sé si por aprecio, respeto, augurio o sarcasmo. “Provecho papapa” le respondo (me he quedado con la forma de Jaime Bayly de llamar a su abuelo desde que leí una hoja perdida de uno de sus libro en mi niñez). “Lo siento, no hablo cuando como” murmuro para mis adentros, no se lo digo por que no lo entendería, pensaría que es una excusa tonta. Pero es verdad, es una manía, o más bien una no-manía; creo que lo anormal es hablar cuando comes. Pero díselo a la gente; me pensarían un loco, un excéntrico, un desadaptado.

Llego de la universidad a la una de la tarde, como siempre. Todos están en la mesa almorzando. Saludo, voy a lavarme las manos y me siento. Mamá me mira y no deja de hacerlo. Me incomoda. “Tienes que cortarte el pelo” me dice. “No”, le digo, “Así está bien” (aunque sé que no es cierto. No me llevo bien con mi cabello, está muy grande pero no me lo corto, es un acto de sublevación, además no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Hago lo que pienso aunque al final casi siempre me equivoque). Hojeo el periódico y molesto sigo creyendo que ese diario va de mal en peor, no debieron descentralizar las ediciones. Ella sigue viendo su novela en la televisión que tampoco me agrada. Las telenovelas brasileñas deberían prohibirse, retardan la mente de las personas, todas las telenovelas lo hacen, pero pienso que las brasileñas lo hacen más. “Mi hijo no habla” piensa, “es un mudo incurable”. “No hablo cuando como” pienso y respondo su abstracción. No se lo digo porque no lo entendería, nadie lo haría.

Mi hermana llega de visita con su novio para una fiesta de no sé qué. Hoy no tuve clases en la universidad, así que estoy sentenciado a poner la mesa y a pasar los platos y a ser el anfitrión en el comedor porque todos están el la cocina y no sé qué hacen, pero hacen algo. Me siento, él, que vino con su hermano, también lo hace, ambos se sientan. “¿Estudias en la universidad? Me pregunta. “Sí” le digo, “Derecho”, haciendo algo no común en mí: tratando de extender mi respuesta. “Hay muchos abogados ahora” me dice y repite lo que casi todos me responden cuando les digo lo que estudio (los que no lo hacen lo piensan, pero no lo dicen por comedimiento, yo diría que hasta por pena). “Sí pues, hay muchos” digo y mi hermana y mi madre dicen: “Christian no habla” al unísono. “Es que no hablo cuando como” respondo. Lo dije ahora, seguramente para no quedar mal. Todos me miran, se hace un silencio lastimoso, compasivo. Sus miradas conmiseradas me hunden. Se vuelven a sus platos y siguen comiendo. No lo entienden, nadie lo hace.

He faltado a mis clases por acompañar a mamá a que se haga unos análisis y vea un médico porque la noche anterior se sintió mala. En realidad no he faltado a nada porque los profesores están en huelga y nadie hace clases. Pero me gusta que mi mamá piense que sí, que he faltado por ella. Llegamos a casa y encontramos a mi abuelo en la sala hablando con dos sujetos extraños, con voces chillonas y modales exóticos. Me resultan familiares, se me hacen conocidos. “¿Es Christian?” gritan. “¡Cómo ha crecido! Ya es un caballero” (no sé por qué usan esa palabra, y me quedo pensando en lo que significa). “Son tus tíos” me dice mi abuelo. Los saludo prudentemente, por si se les ocurre pellizcarme las mejillas o algo peor: uno nunca sabe. De nuevo, como ya es costumbre cuando hay visitas en la casa, todos entran a la cocina y se vive adentro una parafernalia culinaria en la que todos sienten que colaboran. Aunque uno nunca sabe lo que hacen, pero ellos piensan que hacen algo, que son útiles existiendo en la cocina. Yo, resignado, me siento en la sala y converso con mis tíos desconocidos y sus voces arequipeñas retumban en las paredes y opacan la música. Apago el radio. Hablamos de política y digo lo que se me viene a la mente, que es lo que hacen generalmente los políticos, y la tertulia es fluida. Mi abuela nos llama a la mesa y, previsiblemente, sus sobrinos se hacen de rogar un rato arguyendo que ya comieron y que no quieren molestar. Pero no se van, y luego se sientan a la mesa y quieren seguir la conversación. “¿Qué estudias Christian?” me preguntan. “Derecho” les digo. “Hay muchos abogados” me dicen, “Las carreras técnicas son las más rentables en estos tiempos”. “Me gusta Derecho” les respondo. Se me quedan mirando, como queriendo curarme de una enfermedad que ellos inventan que tengo. Sigo comiendo. “Se ha molestado” piensan. Pero es sólo que no hablo mientras como y no lo entenderían.

Hoy en la noche se casa mi tía. Han llegado mis tíos (ahora sí conocidos), mis primos y mi hermana y su novio. Me ayudan a poner la mesa, faltan sillas, armamos una mesa de campo en el centro de la sala. Nos sentamos a comer y empieza la conversación entre todos. Me limito a escuchar. Mi tío, cargante como siempre, lanza ironías por mi mudez permanente. Es que casi sólo convivimos en el almuerzo y no me ven hablar. Creo que ya no me importa que piensen que soy como piensan que soy. “Habla algo pues christianito” me dice mi tía recordándome mi apodo arequipeño de verano en mi niñez. “Es que no hablo cuando como” le digo, “es una manía, perdón”. Me miran igual que todos los que pasaron por esa mesa y escucharon lo que han escuchado. “Lo siento, no puedo evitarlo, es algo con lo que naces” aumento y escucho una risa ligera de mi primo. “Creo que ya lo solucioné” pienso. “Este christianito no habla” dice. “Déjalo, así es” dicen mi hermana y mi mamá, defendiéndome tan bien que no se nota. Estoy resignado, no creo que lleguen a entenderlo. Extrañamente no me miran con la compasión con la que todos lo hacen cuando saben de mi “defecto reservado”. Pero sí lo hacen cuando, para mala suerte mía, suelto una risa cuando mi prima dice que es domingo y hay que ir a misa. En serio pensé que era de broma, todos me miraron incisivamente. Me había olvidado que son muy católicos. Mi madre desvela mi posición frente a la religión (en realidad ella tampoco lo entiende y me piensa ateo, lo que no es completamente cierto: sólo me considero no-católico, por ahora). “No quiero hablar de eso” digo, “no hablo cuando como".

domingo, 23 de noviembre de 2008

Sometido por dos sentimientos

De un lado está ella: Grecia. La conozco de vista desde hace como un año, antes no me gustaba, no tanto. Comenzó como un juego; yo estaba decidido a buscar y encontrar alguien que me diera cierta seguridad, constancia, estabilidad emocional; ésa que ya hacía falta en la vida tan desordenada e impredecible que llevo. En la búsqueda la empecé a ver de una forma que no lo había hecho: no había notado esa ternura en su rostro. Estaba ahí, y yo, como un tonto, me pasaba de largo. Ahora lo lamento. Pasa que me canso de ser un inconstante, un vivalavida, hago el repaso de mis relaciones y, haciendo las cuentas, caigo en que en ningún caso duré más de tres meses (fueron raras las veces). Ya no quiero esta vida, ya no es para mí, al menos por un tiempo. Grecia es el tipo de mujer que le gustaría a cualquiera, o al menos cualquiera como yo: algo pasible, loco irracional, intelectual huachafo, idiota ególatra, ermitaño resignado, dependiente de amigos, alegre, triste… Ella encaja en todo, con todos. No es como yo, que me siento extraño a donde vaya, con quien esté. Me gusta su forma de ser, su mirada, su voz, su sonrisa; tanto cuando me mira, me habla o me sonríe como cuando no, cuando sus ojos me esquivan, cuando simulan no verme. No sé explicar qué me atrae de ella, tiene un no sé qué que me llena de ganas de mirarla por horas, de dibujarla con una rosa, de buscar la explicación de su rostro con las manos, de retratarla y guardarla, como a una escultura hecha de una sustancia inventada sólo para ella, en una vitrina por si se me deshace.

De otro lado está Ana Claudia; es un poco menor que yo, un poco más de lo normal, es muy linda y no sé por qué parece que le intereso. La conozco de vista también desde hace un año, siempre me llamó la atención, siempre me interesó y soñé una vez con ella. Era una ilusión, un platonismo; de ésos de colegio. Era mi salida ideal a la monotonía que llevaba, al aburrido fin de semana acostumbrado, al poco tino de encontrar alguien con quien pasarlo bien, a la mira fallada y poco efectiva que tenía y que se desgastaba, la que en mejores tiempos me dio esa vida promiscua que todos buscan y que los que la tienen se cansan. Ella es del tipo de chica que algunos dirían que no tienes que pensarlo tanto e ir y seguirla. Es todo lo anterior y un poco más. Pero hay algo que siento dentro que no es solamente lo anterior, hay algo más; creo que también me gusta mucho, no sólo físicamente, sino también espiritualmente; ella me da una paz y a la vez un nerviosismo que no creo haber sentido antes. Ella es ella y un poco más. Ana Claudia me mira cada vez que nos cruzamos por la calle y sus ojos me derriten y me llenan de ganas de ir corriendo a su encuentro y abrazarla y besarla hasta el hastío. Aunque sé que nunca pasará, nunca me cansaré ni de verla ni de besarla. Es un amor prohibido y quizá es eso lo que más lo alimenta. Estar con Ana Claudia sería grandioso, pero, a la vez, una gran congoja por no estar con Grecia: por tener que elegir entre una de las dos.

Grecia y yo salimos ya una vez. Fue una noche inolvidable. Las primeras citas normales están llenas de preguntas, de información intercambiada sobre la vida de cada uno. La mía con ella fue un poco más simple: fuimos a una tocada con unos amigos y amigas más. Recuerdo que ese día estaba resignado a no verla, la había esperado por casi una hora en la puerta por donde sabía que pasaría. El cielo nublado, y la atmósfera gris que propiciaba en las calles, y el horizonte perdido y nostálgico que se vislumbraba como receloso ayudaban a la inminente tristeza que me llenaría al no verla llegar. Esa tarde le diría por primera vez un hola pausado, mirándola a los ojos y esperando una conversación improvisada. Le diría que me interesa mucho pero con la mirada solamente; no quiero que piense que muero por ella, no aún. Sería el primer gran paso; de saludarla apenas al cruzarnos en algún lugar insospechado a darle un beso en la mejilla y oler su perfume a diario. Una gran empresa, una que debe ser bien planeada, que tiene que salir bien.

La tarde se entraba e intuía una tormenta aproximarse. Soplaba mucho el viento y hacía insoportable la armonía que conseguí con mi pelo al menos por cinco minutos. El intento de peinado que me hago todas las mañanas se pierde de inmediato al salir de mi casa con el inhóspito e intolerable viento que hace en esta ciudad. Ya empezaba a ponerme de mal humor. De pronto, la veo llegar, pero no está sola, un tipo no tan alto, de aspecto bobalicón y múltiples agujeros en el rostro que revelan una muy grasosa adolescencia, la acompaña. No pude contener mi desagrado, mi ofuscación. ¿Qué hacía Grecia acompañada por un tipejo que, a leguas, se nota que busca más que una simple amistad? Me sorprendió más al verla irse con él no sé a dónde. Luego de unos minutos yo también me fui por el camino donde los vi perderse, aunque estaba convencido de las pocas probabilidades que tenía de encontrarlos.

Jugaba en mi mente con las formas en que podría deshacerme de él: llegar y darle un mochilazo en la cabeza y desmayarlo o decirle que su casa se está incendiando o escupirle hasta que se vaya o decirle a la gordita desesperada de la esquina que él está enamorado de ella y que, como es tímido, quiere que ella se le acerque o contratar una chica para que le haga un escándalo en la calle simulando ser su novia o decirle al policía gorilón que vi caminando que este esperpento dijo que era gay porque su pantalón militar le ajustaba la entrepierna. Todas son tontas, irreales. Me pregunto si podré madurar. De pronto, al llegar a una esquina, la veo conversando con aquel adefesio. Mis amigas me instigan a acercármele pero mi lado cobarde es más fuerte. Ellos rodean la vereda, nosotros los seguimos, ya estaba resuelto: nos encontraríamos del otro lado y le diríamos si quiere ir al concierto de la noche con nosotros. No creo que acepte. La vemos, Romina se acerca, no logro escuchar la conversación, ¿Qué hago aquí, no soy yo el interesado? Me acerco, la saludo. “¿Tienes planes para la noche?” le pregunto. “No, nada” dice. “¿Quieres ir al concierto con nosotros?”, no era precisamente lo que tenía en mente decirle, fue algo apresurado. Contuve el aliento, cuando dijo que sí lo solté. No pude creerlo, aceptó así de sencillo.

En la noche llegamos al lugar, encontramos un sitio cerca al escenario y, en menos de una hora, estaba repleto de gente. Estábamos muy cerca por el poco espacio que había (las personas en los conciertos suelen convertirse en salvajes bríos de reducir a empujones a los que puedan, es un deporte). Así pasamos horas: pegados, hablándonos al oído (por la bulla que había), y me puse a pensar en ambos, en si estaba bien. La noche despejada y sin luna era mi cómplice en esto. Y sentí que la conocía mejor, que ella era a la que andaba buscando y que podría ser mi complemento perfecto. Hace tiempo que no sentía eso.

Ana Claudia y yo también hablamos una vez. Ella se me acercó en el lugar más insospechado que puede haber, pero, extrañamente, en el que sabía, certeramente, que hablaríamos por primera vez. Fue en los videojuegos de la esquina de la calle Lima. Yo estaba jugando, como acostumbro cuando no tengo nada que hacer, en una máquina del fondo. Había otras libres pero me gustaba ésa en particular, por la soledad que brinda. Había visto pasar a Ana Claudia con su hermana un par de veces por aquella calle y estaba ordenando mis ideas y pensando en ella en voz alta. De pronto, alguien salta de la oscuridad detrás de mí e irrumpe aquella tranquilidad y se instala a mi izquierda. Era ella, y casi me da un paro cardíaco, ¿cómo llegó y cuándo? Estaba con su hermana. La miré nervioso y me sonrió alegre, radiante. En ese instante me quedé callado y no supe qué hacer, mi cerebro se retorcía y convulsionaba en mi cabeza. Volví la mirada a la pantalla y me enteré de algo que no debía haber pasado, algo que me pondría en ridículo y que me obligaría a irme: la máquina me había ganado y estaba proyectando en la pantalla un “game over” gigantesco y lleno de mofa. El aparato inmutable se burlaba de mí repitiendo una y otra vez los últimos instantes que me costaron diez centavos y una retirada resignada de aquel lugar.

Fui a comprar otra ficha para seguir jugando, no perdería aquella oportunidad, no de nuevo. Regreso y tengo que esperar un minuto, está jugando con su hermana. Pierde, me mira de nuevo, meto la ficha y juego con su hermana, me habla y me pongo más nervioso. Estuvimos conversando un rato y me dijo: “¿Tú pasas siempre por esta calle y entras aquí verdad?”. “Ehmm… s-sí” le respondí, preguntándome qué le pasaba a mi lengua que se trababa. “Siempre te veo pasar, te miro” me dijo, y yo no supe qué responder, pero hablamos de más, sin saber qué hablar. Luego se me acercaba más y más, probablemente por el poco espacio que había o porque quería ver cómo jugaba. Yo sudaba más y más, probablemente por sentir su cuerpo o por el exceso de camisetas que me puse pensando en burlar el frío de la noche. Se fue a las ocho, la hora límite que le dan sus padres, seguramente, para llegar a casa. Nos despedimos, su hermana la llamaba de la puerta, me hizo un cariño a la altura de mi cintura y me estremeció hasta los dedos. Le dije adiós y se marchó. Lo había logrado (y sin hacer nada); ahora la conocía.

Llegó el lunes y no me la encontré, tampoco el martes ni el miércoles ni el jueves. Estaba rendido, no la volvería a ver. Quizá huyó de la ciudad para ya no cruzarse conmigo y no tener que saludarme ni hablarme. “Es un aburrido” piensa, “no me preguntó ni mi nombre, perdí mi tiempo”. Pequeño detalle que no percibí. Como en las cartas: P. S.: se me olvidaba, no me presenté. El viernes salí a caminar y pensar, como acostumbro, y pasé por esa calle, tal vez con la esperanza inconsciente de encontrarla y ver qué pasaba. Y así fue, estaba allí, con su hermana, y me vio. Agitó su mano y me sonrió inclinando la cabeza, me mató. Yo también la saludé pero no me atreví a más. Su mirada me derrite, casi tanto como su sonrisa.

Un amigo me dio su correo electrónico. Estuve deliberando todo el día si la agregaba a mi lista de contactos o no; hablarle por el Messenger o no. Lo hice, ella se conectó en la noche, esperé unos minutos para ver si se daba cuenta que tenía alguien que no conocía y que estaba conectado en su lista de contactos. No pasó nada. Le hablé. Le dije que un amigo me había dado su correo y me describí, esperando que me recordara. Me costó un poco, no soy bueno para describirme. Hablamos no mucho pero sí con nervios, yo los tenía y noté que ella también en su forma de hablar. Le pregunté si salía a fiestas o discotecas. “Ay, obvio que sí” me dijo con el acento adolescente que se apodera de su edad. “Bueno, pero es que no te veo nunca… vas a Domino’s supongo ¿no? (que es casi como si fuera la única discoteca decente de esta ciudad)” le dije, y me respondió ya bajando el tono: “Es que no salgo mucho y no conozco todas las discotecas, pero si tú me llevas…”. Sé que no es verdad lo que me dijo, que su pubertad la hace decir cosas para parecer mayor. Yo le sigo el juego fingiendo creerle, me gusta verla feliz. “Yo sé que sales, sales todos los fines de semana. Eres juerguista” le digo.

Ahora pienso en las dos, en si mi destino está condicionado por un karma maligno que tengo que pagar por sabe dios qué cosas en una supuesta vida anterior. Si existe eso, que no lo creo tanto. Ellas dos son la mayor indecisión que he tenido en mi vida, son mi suplicio. Sé que tengo que escoger una de ellas, sé que me puedo equivocar, que si elijo una y no le intereso, perderé también a la otra. Que la vida da pruebas, pero a mí me da multas, castigos. La vida se venga de mí quizá por vivirla mal, por ir en su contra y por no importarme sus dizque reglas de conducta. Después de un tiempo de haber escrito esto, y ahora que puedo publicarlo, creo que he resuelto mi duda, creo que tengo la respuesta pero ahora es mucho más complicado. Cuando creo estar seguro de la decisión, pasa algo que me vuelve a cero, que me retrocede y me confunde, si acaso, aún más. Como dice Román, un amigo que lo sabe todo, “Tú harías eyacular a una estudiante de psicoanálisis. ¡Decídete hombre!, que ya tienes la respuesta”.

martes, 11 de noviembre de 2008

Corazón relator

Hoy de nuevo pasé por la calle en pendiente, miré hacia abajo como buscándola con la luna llena en mi frente y sangré. Y se me vino la insoportable tristeza de saberla perdida, que reprocha mi soledad y que me hiere y aun en el suelo me hiere. Estoy de acuerdo con el teorema que dice que el sufrimiento te mata, pero si yo muero, sé que mi pena aún vivirá y que seguirá dolorida por ella; es que la quiero tanto, pero sé que no la quiero. A veces la miro y me hundo en sus ojos, a veces la extraño y quisiera besarla. La siento ausente en mis tardes pensativas: ésas que con el sol muriendo me hacen llorar y me hablan de congoja y de soledad. A veces me gusta y otras no. Como dice Neruda: el fuego tiene una mitad de frío. Pero mi vida tiene dos vidas para amarla; por eso no la amo todavía. No la amo para comenzar a amarla; para comenzar el infinito.

Hoy en la tarde la he buscado y vagueante exploré por todos lados; ella me hablaba de cosas, cosas buenas que, al fin, no son tales porque hieren. He aprendido esta tarde a dejar de averiguar muchas cosas, a conformarme con lo que me dicen y a no investigar por mi parte si es cierto o no. ¿Qué vale más? ¿Vivir sufriendo o morir sabiendo?, ¿vivir ingenuo pero feliz o estar triste por saber la verdad? En el amor todos buscan la felicidad, ¿qué vale más? ¿el amor o la mentira?, ¿la felicidad o la verdad?

Yo propongo una teoría, aunque casi obvia; que el corazón herido es el mejor poeta. Y ya pienso que el mío, más que latir, sirve para eso: para herirlo y hacerlo escribir. A veces lo simple y de apariencia inofensiva resulta ser, inexplicablemente, lo más dañoso, resulta que las cosas pequeñas son las que hacen más daño. Ella me rompió el corazón antes de moldármelo; es esa sensación que debe sentir quien dice que enviudó antes de casarse o de saberse perdido antes de enrumbar: es un exofrasis.

Lo mío también es un exofrasis; es que los hay buenos como los hay hirientes, los que te destrozan, que martirizan y que matan. Estos últimos son los que te acaban, los que te envenenan. El resultado es desastroso, pues me siento insanable; a no ser que la vea de nuevo, que me hable de nuevo y que me sonría como sólo ella sabe hacerlo. Es que es mi verduga y mi salvación; y no es que yo sea una especie de masoquista, yo sostengo que cuando uno ama, odia y ama. Y que del odio nace más amor, y que si odias es porque amas. Ella es, en efecto, eso; mi odio y mi amor, que me busca y que me olvida. Aunque aún no estemos juntos y aunque no sepa si alguna vez lo estemos.

sábado, 18 de octubre de 2008

Encuentros de biblioteca

Debo aclarar, antes de empezara a narrar esta historia, que lo que voy a contar es una etapa de mi vida perdida en el tiempo, no le pongo ni le invento alguna fecha por razones personales, porque me gusta recordarla así: difusa. No se podrá, entonces, saber ni sospechar que fue ayer, la semana pasada, hace un mes o años atrás. Es más, ni siquiera puedo asegurar que es mi historia, que la he vivido, ya no lo sé. Y no tiene, como muchas cosas en mi vida (como todas), ningún inicio específico, así que trataré de darle un aspecto, en la medida de mis posibilidades, crónico: de hechos sucesivos.

Ella no vendrá hoy, en la mañana tampoco la vi; desde hace un par de semanas que no lo hago, excepto ayer, que la encontré fugazmente (de ordinario acostumbramos permanecer mucho tiempo aquí) y nos quedamos viendo unos largos, intensos, aparatosos y nerviosos tres segundos; llenos de preguntas, llenos de nostalgia; la nostalgia inexistente de la que hablé en mi “divagación sobre la esencia del amor”. Pero en verdad no sé si nos miramos como dije, en verdad no sé si me miró. Sólo sé que su sonrisa de asentimiento me duró tanto tiempo como cuando miras una estrella fugaz: lo suficiente. Estuve todo lo que duró la “convivencia” detrás de ella; dándole la espalda como ella a mí. A ratos volteaba para ver lo que hacía, a ratos lo hacía ella no sé por qué. Todo ese tiempo fue, en verdad, tortuoso; me arrepentí de no cargar la carta que tantas veces quise darle, que hablaba de ella y de mí; que quise darle a otra chica, que se la daría a esa “ella” que nos persigue incansable. La misma carta pero con diferentes palabras, la que debería estar poniendo en su bolso que ahora está en el espaldar de su silla y que me es fácil de alcanzar. Una oportunidad perfecta para entregársela y largarme; y quizá algún día encontrarla de nuevo y mirarla a los ojos con las preguntas de siempre, con la nostalgia de siempre; sólo que esta vez ella lo entenderá, sabrá cómo la miro.

Pero ahora no, ahora me quedo con mis preguntas y con mi nostalgia; esta vez no pude prever lo que sucedería, no se me pasó por la mente encontrarla. Es extraño, mucho en mí, yo que pienso todo, que planeo todo, que casi escribo un guión para hablarle, que busqué palabras y técnicas para enamorarla. Pero la oportunidad está perdida. Sobre todo por cómo le cerré la puerta de mi casa aquella vez, por cómo me comporté, en realidad por cómo no me comporté, por lo que dejé de hacer, por no hablarle, por no mirarla siquiera (sin preguntas, sin nostalgia). La conocí una tarde de otoño, una de ésas que no se olvidan; fue un encuentro casual, sin importancia, al menos yo lo sentí así. Katy es de esas chicas que ves por la calle y te preguntas ¿tendrá enamorado? Y seguramente, y es lo más lógico, la respuesta es un contundente “ojalá que no”; aunque por dentro sabes que es mentira, que te ilusiona pensar que no: que es Blanca Nieves y que vive en un mundo de fantasía e ilusión. Que en su mente no entran esas cosas ¡ni hablar!, juegas con pensar que serás el primero en su vida; qué ingenua forma de mantener tu ilusión.

Antes de pensar tanto en ella la vi un par de veces; las veces que iba al trabajo de mi mamá y ella también lo hacía. No la hubiera conocido más que de vista si no ocurría ese penoso y comprometedor suceso que no quiero recordar pero me obligo a hacerlo. Esa ocasión en la que estuvimos uno al lado del otro por más de tres horas… ¡demasiado! Aunque hubiera querido conversar con ella, aunque hubiera tenido algo de qué hablar, yo sé que no lo hubiéramos hecho por tres horas ¿quién habla tres horas? Por eso fue penoso, incómodo, silente. Recuerdo que yo no quería ir; mi hermana y mi mamá me obligaron, aún no sé cómo lograron convencerme; supongo que lo hice por comedimiento. No, creo que fue por débil, ese defecto que no me deja en paz ante la insistencia. Tal vez también porque mamá me dijo que Katy ya estaba lista, que ya había conseguido su traje, que estaba entusiasmada. – ¡Pero no la conozco! –la conocerás­­­… Fue su respuesta, y la de mi hermana, y la de los ojos incisivos de todos los que estaban en aquella habitación. Por eso esa vez fue comprometedora, recluyente*.

Recuerdo que no hablamos mucho, casi nada. Yo estaba más ocupado en tratar de que no me viera nadie conocido, en pasar desapercibido. A ella se le notaba el ánimo de conversar, yo fui total y pedantemente apático. Me comporté como un tonto, como un chiquillo mimado; fui mala compañía. Aun así ella se preocupó por mí cuando me corté un dedo con una hoja de lata que quise mover; me atendió y puso una banda improvisada de papel alrededor de la herida. Fue sumamente tierno de su parte, pero no recuerdo si me sonrojé, seguramente ahora lo haría si vuelve a hacerlo. Mi pantalón blanco se tiñó de sangre, ella lo cubrió con su faldón, y me dio una sensación de confianza, y lo hizo todo el tiempo que duró el martirio. Ahora es cuando quisiera darle las gracias por todo, por todo lo que me aguantó, por estar conmigo tres horas sin salir corriendo espantada por mi inmodesta forma de ser, por quererme. Aunque no sé si lo hizo en verdad, no sé si mi imaginación me engaña, si estoy inventando cosas sólo por querer recordarla amable, por avivar alguna esperanza dentro de mí; alguna que quizá no exista.

Luego de eso no la vi por mucho, mucho tiempo. Eran esporádicas las veces que la veía pasar por la calle, a lo lejos, intentando que ella no me viera. Yo pienso, no sé por qué, que ella también actuaba igual; intentábamos no vernos pero no por que nos caigamos mal (por lo menos no de mi parte), sino porque llenaríamos de nerviosismo y silencio nuestro saludo. Yo, por lo menos, no sabría qué decir. Lo único que sabía de ella era en qué colegio estudiaba, calculaba más o menos en qué año, su nombre (aunque tenía dudas) y su casa. A menudo, cuando ya estaba obsesionado y sobreinteresado en ella, que no sé cómo ni cuándo pasó, encontraba alguna excusa para pasar por su puerta: con la esperanza de encontrarla “de causalidad” y hablarle de algo y conocerla mejor. Quería borrar la mala imagen que se llevó de mí y empezar a agradarle. Luego me di cuenta que ella estaba estudiando por las noches en la misma academia de inglés a la que yo iba. Averigüé en qué horario y me cambié a ése. Y ahora que lo escribo me resulta un tanto tenebroso, era como perseguir enfermamente a alguien; propio de una desviación patológica de la personalidad. Pero mis intenciones eran buenas; sólo quería conocerla mejor y no sabía cómo acercármele, y como no había otras excusas, la “casualidad” se me mostró como mi mejor aliada.

Fue un mes de incertidumbres, ¿tendría enamorado?, ¿esas miradas fugaces a las salidas eran de interés o sólo de cortesía?, ¿cómo acercármele? Había avanzado algo: nos saludábamos, ahora sí, cuando nos veíamos en la calle; ya no huíamos cuando nos percatamos que el otro venía por la misma vereda hacia uno. Hasta había sonrisas cómplices, volvíamos la cabeza instintivamente y con curiosa sincronía cuando nos quedábamos detrás al caminar. Una vez me armé de valor (no el que te da el licor, sino el que te da la adrenalina, los nervios de mirarla a los ojos, la angustia de quedar en ridículo) y me acerqué ya ni me acuerdo para qué, pero fue otro gran paso. Es importante que haga todo esto antes de que la chica que me guste me interese más porque luego es mucho, en extremo, más difícil comenzar a hablarle e invitarla a salir. Esa vez caminé estratégicamente por la calle por donde sabía que pasaría; a la hora que sabía, también, que pasaría. Todo formaba parte de un plan tan bien estructurado como una emboscada en tiempos de guerra; un plan napoleónico. Esperé el tiempo justo que demoraría en pasar todo el jirón Lima hacia la plaza de armas, ella voltearía por la esquina del Club Kuntur hacia abajo y luego hacia la derecha; ahí es donde me debía aparecer yo, fingiendo salir de los videojuegos. El tiempo estaba calculado, yo esperé nervioso gastando mi reloj de tanto mirarlo. Pasó por esa esquina con unos minutos de retraso, no muchos, y yo, que ya no podía echar marcha atrás, contuve el aliento y enrumbé hacia ella con todo lo planeado en mente. La acompañé hacia su casa, hablamos de todo un poco, aunque mi pretexto era poco creíble y tonto, ella fingió creerlo y caminamos juntos unas cuadras. En todo ese tiempo no pude recordar la conversación planeada (ahora me parece contraproducente hacerlo tan exageradamente como lo hacía) pero creo que me fue bien en la improvisación. No llegamos hasta su casa porque tuvo que quedarse en la de su amiga por un trabajo de su colegio.

***********************************Falta algún texto**********************************

No pasó mucho después de eso. Paradójicamente sentí más nervios de hablarle; una incomprensible inseguridad. Al poco tiempo viajé lejos por unos meses y creo que me olvidé de ella al volver a ver a alguien que marcó, también, fugazmente mi vida en la niñez. Aquel viaje que me movió los aún endebles cimientos sentimentales que había logrado, la poca seguridad que había alcanzado luego de tanto tiempo, justo cuando creía que mi vida se arreglaba. Luego, cuando regresé, ya había perdido su rastro y creo que no me afectaba. La vi una vez y nos saludamos como antes, desde lejos; sin duda había retrocedido y perdido lo poco que logré con ella. Pero mi mente estaba en otro lado, estaba confundido. Ésa fue la última vez que la vi, la última antes de escribir esto, antes de que me viera interesado peligrosamente de nuevo en ella, antes de que me vuelva a gustar con exageración.

Pero ¿por qué esta historia se titula “encuentros de biblioteca”? al pensar en qué nombre ponerle y al no ocurrírseme ninguno, decidí hacerlo considerando cómo lo escribí y en dónde. La escribí en la biblioteca municipal; nunca antes había ido tan constantemente, al principio fue porque necesitaba un ambiente pacífico para leer un libro que nos dejó un profesor de la universidad para un examen y tan sólo tenía un par de semanas. Y en esos días, de casualidad, la encontré luego de tanto tiempo; Katy estaba sentada al lado de una ventana, el sol debilitado le proporcionaba una atmósfera de un color cálido y extraordinario, que jugaba con su pelo y hacía de ese rincón un paisaje espléndido, protagonizado por tan fabulosa criatura. Me quedé contemplando ese milagro unos segundos incansables, hasta que, o era mi imaginación o mis oídos no mentían y ella me decía algo en un idioma extraño, en el que deben hablar los ángeles. –hola… Sonaba algo así. En el lenguaje común es un saludo, pero en el de ella significa mucho más, significa un montón de preguntas y de nostalgia, una vida resumida en cuatro letras. También la saludé; cuando la ilusión es tan espectacular uno no se atreve a desobedecer. Fue en ese entonces que, como dije, me volvió a gustar con exageración, que regresó esa obsesión, esa incertidumbre.

Katy iba a la biblioteca todos los días, se sentaba en el mismo lugar, y el sol cumplía también con la cita sin falta. Yo también iba sin falta, como quien no se atreve a perderse un solo capítulo de tan fantasioso fenómeno. Al terminar de leer el libro para mi examen, seguí yendo pero esta vez para escribir todo esto. ¿Quién mejor que ella para hacerme recordar toda esta historia perdida en mi memoria? Fue una terapia interesante, llena de enseñanzas y de preguntas; más preguntas. Cada día escribía una parte. Digo “escribía” porque ella ya no va a la biblioteca todos los días; ya ni sé cuándo va. Yo también he dejado de ir porque creo que ya no tengo nada que hacer ahí. Estoy seguro de que si aún nos encontráramos, este cuento se extendería mucho más, por eso se nota algo resumido, por eso se corta tan repentinamente. Deberían ir las otras cosas que pasamos en el lugar que dice: "falta algún texo"; que es una manera fría de dejar constado que esto está inconcluso, pero siento que si no la tengo enfrente no podré continuar en la forma que quiero (aunque también es por galbana). De todos modos, si algún día la vuelvo a ver, seguiré escribiendo, lo dejo así para recordar que hay aún un capítulo de mi vida que no se ha cerrado. Ahora lo termino en mi casa, aunque con la misma puesta de sol que me recuerda a ella, pero ya no como antes, creo que me ha dejado de gustar de nuevo. Esto confirma la teoría de Jimena: soy un inconstante. ¿Es un defecto? De todas maneras es parte de mi vida y, mientras no se maximice, conviviremos como con otros tantos que tengo y que me acompañan.
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*Metaplasmo claro; de los que uso cuando quiero decir algo y no sé cómo. Se refiere a que la situación fue de carácter obligatorio (hablando con hipérbole).

jueves, 25 de septiembre de 2008

La mochila de mi compañera

Hace un tiempo ya, vi algo extrañamente cómico, que merece (y no la encuentro) una explicación. Tengo una compañera de mi facultad que una vez fue a clases con una mochila insólita; más que la mochila, era la marca: “Piel”. Para el común de las gentes, y hay que tomar en cuenta que hay más mujeres que hombres, esto no significa nada ¿verdad? Pero para el enterado, eso en la espalda de una chica caminando ahí por la calle, es graciosísimo (e intrigante). Aunque creo que ya no lo tengo que explicar tanto; todos los que leen esto o lo leerán, si alguna vez alguien lo hace (no porque sea desastroso, sino porque… ¿cómo se hace para que tu blog se pueda ver o sea de fácil acceso para la gente?, aunque todavía no lo deseo, algún día querré que alguien lea las sandeces que escribo -una manifestación del ego-), tienen una mente enferma, con el debido respeto, alterada, malsana, próxima a la desviación sexual. Todos tienen (¿o tenemos?) una parafilia escondida, estrujada, que queremos ocultar. Y seguro, si ya entendiste la causa de mi mofa, también estás incluido(a). Pero el conocer una marca de preservativos no lo considero una perversión, ni mucho menos, ¿hay algo de malo?, al contrario; es parte de la educación sexual que tanto ayuda a la planificación familiar y otras vainas que son relevantes. Como ven, la contradicción es parte de mi personalidad. Entonces, lo medular de esto es; sí, que mi compañera tiene una mochila de la marca de un condón.

No sé cómo llegó ella a tener una mochila de ésas, creo que ni al usuario más regular de ese preservativo le dan una mochila ¡una mochila Piel!, piensa… ¿cuántos condones tienes que comprar para que te regalen una de ésas?, ¿habrá otros regalos como cartucheras, globos, polos o gorros con esa marca?, ¿acaso fue un pedido grandioso el que ella hizo? Es probable que pidiera una o varias cajas por si acaso, quién sabe. Ya sabemos, gracias al comercial de Movistar, que todo al por mayor sale más barato, y, claro, resulta provechoso cuando vas a consumir un producto en cantidad; tú solo o entre varias personas al mismo tiempo. Lo que me hace pensar es que si pasa lo mismo con los condones, si una persona, sólo una, puede usar toda la caja antes de que se venza, si una chica puede hacerlo… ¿alguien puede? ¿Cuántos profilácticos vienen en una caja?, muchas relaciones al día ¿verdad? A no ser que haya entrado en combina con otras u otros, pero eso implicaría una fiesta bacanal, una orgía manifiesta, la que, conociéndola, no creo que haya organizado ni participado. Es una chica tranquila, ¿inocente?, bueno, al menos lo parece. Tan impensable como ampayar a María Pía en escenas eróticas con Tongo. No sé, pero me divierte pensarlo.

Esta situación, como muchas otras, abre una gran cuestión que ya tiene un lugar en mi mural de preguntas junto con otras: ¿Existe vida en otros planetas? ¿El hombre en verdad desciende íntegramente del mono? ¿Qué piensan las mujeres? ¿En verdad existe un dios? ¿Qué quiere decir el Dr. Mariscal en su clase sobre acto jurídico y negocio jurídico? ¿De dónde sacó Domitila una mochila marca de un condón? Mi espíritu investigador y mi afán de llegar siempre a una verdad, aunque no absoluta, me joderán durante un buen tiempo. La manera más fácil de descubrirla (preguntarle de dónde la sacó) es muy simple y falto de emoción para mí… bueno, la verdad es que no me atrevo. Tampoco preguntar como loco en todas las farmacias si regalan mochilas Piel si compro varios condones. Creo que me quedaré un buen tiempo intentando averiguarlo, ojalá pueda hacerlo, para avanzar en mi búsqueda de la verdad, en mi camino hacia la luz (tranquilo pues intelectual huachafo).

sábado, 6 de septiembre de 2008

Crónica de una muerte enunciada

“El acelerador de partículas LHC entrará en funcionamiento el 10 de septiembre”… reza un titular en la página web de ADN, un diario español que no sé si sea de renombre, pero por lo menos así hace parecer su portal e información. Visité ese sitio de casualidad: una antigua “amiga” me pidió que le buscara noticias sobre ciencia y en el omnipotente google salió primera en la lista ADN.es. Debajo del título, la información dice más o menos así: “El Gran Colisionador de Hadrones (LHC, en sus siglas inglesas), el proyecto de investigación en física cuántica más ambicioso de la historia, ya tiene fecha de arranque: el 10 de septiembre de 2008. Ese día, el laboratorio en el que el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN) ha invertido unos 5.000 millones de euros, recibirá su primer rayo de protones y empezará a funcionar”.

A primera vista dije: ehmm qué tal coincidencia… bueno, es algo bueno. Recuerdo que leí algo del CERN en el libro pseudorealista (o al menos así lo intentó el autor) “Ángeles y demonios” que, pienso, casi todos han leído, o por lo menos así lo delatan los perfiles de casi cualquier persona que veo en el hi5 y tiene más de 400 visitas (todos “admiran” la literatura de, o han leído a, o su autor favorito es Dan Brown, J. K. Rowlling o, en un asomo de buena lectura, Cuauhtémoc Sánchez -todos ellos con algún best seller, ¿curioso no?-). En ese libro de ficción disimulada, el mencionado laboratorio europeo intentaba recrear “La Gran Explosión” que dio, según muchos, origen al universo. También se creó, en la novela, la antimateria, que es la contraparte de la materia y que ambas se destruyen si tienen contacto; la que usarían los Illiminati, una sociedad secreta revivida por el autor, para destruir el Vaticano y, con esto, la religión católica.

Todo ello, sacado de una historia dantesca y bárbara (no por los vati-curas, sino por el impacto social), pareciese que fuere improbable de suceder. O al menos así lo pensaba hasta ahora, ya que rápidamente vaciló en mi cabeza luego de reparar en otro titular: “El laboratorio LHC tiene un 75% de probabilidad de extinguir la Tierra: dos científicos denunciaron ante un tribunal de Hawai las actividades del mega acelerador de partículas Large Hadron Collider porque dicen que puede acabar con la humanidad.” La razón de su afirmación, señala el español Luis Sancho, un estudioso, dice, del universo, es que “el CERN busca crear materia de máxima masa para estudiar los tres horizontes evolutivos de masa en el universo: nuestra masa, la masa extraña (más pesada y componente de las estrellas de neutrones) y la masa tau (probable componente de los agujeros negros). El problema es que la masa extraña y la masa tau se alimentan de la materia radiante de nuestro universo, convirtiéndola en materia oscura: en unos segundos la tierra se convertirá en una nova.”

Bueno, desde aquí quiero expresarles a los señores científicos que trabajan en el proyecto: gracias por lo que me toca. ¿Era necesario que, de los 366 días del 2008, tuvieran que elegir justamente el 10 de septiembre? ¿Alguna vez dejará de suceder algo el día de mi cumpleaños o en sus flancos? Si no es la destrucción de las Torres Gemelas el 11/09/01, el anuncio de Schumacher de retirarse como piloto el 10/09/06 o la muerte del físico Felix Bloch, Premio Nobel de Física por "el desarrollo de nuevos métodos en la medición precisa de efectos nucleares magnéticos" (que, oscuramente, está muy relacionado con lo del experimento en mención) el 10/09/83; son cosas que tienen relación con algo malo como el Muro de Berlín, que si bien su caída entre el 9 y 10 de septiembre de 1989 fue algo bueno, representó algo en esencia desastroso para Alemania y las familias de los que murieron intentando franquearla. O también está presente (ese día) en la vida de personas como Luis IV, rey de Francia, que nació y murió el mismo 10 de septiembre a los 34 años (que fue, al parecer, la edad en que murió Jesús de Nazaret; ya que está casi claro que el conteo a partir de su nacimiento -calendario gregoriano- está retrasado en tres o cuatro años). ¿Coincidencia? No es tan asombroso; tuve que buscar durante un buen rato qué cosas pasaron los 10 de septiembre en la historia, “que no panda el cúnico”.

Entonces, ¿será el día de mi cumpleaños el Apocalipsis? Sin bien los muchos científicos del centro europeo están de acuerdo en que tal experimento no representa, casi, ningún riesgo para la humanidad ni parte del universo como lo afirma el español Sancho, está, aunque pequeña, la contingencia. Como lo dice el científico Juan José Gómez Cadenas: “la posibilidad de que esto pase es menor que la de que un meteorito termine con nuestra especie”, pero, ¿no lo hizo uno con los dinosaurios? Sólo me queda, o mejor dicho nos queda esperar ese día; porque este evento es de especial importancia, algo que no se da cualquier día del año, algo que es de implicancias universales, en fin, algo que nos atañe a todos… estoy hablando de mi cumpleaños. ¡Dos décadas! Es un tiempo de vida considerable… y ¿qué he hecho hasta ahora? Bueno, tengo muchas cosa que no hice ¿no basta? Sería una coincidencia desfavorable que llegue el fin del mundo el día de mi cumpleaños, ¿estará mi muerte (y la de toda la humanidad) pactada para ese día?, siendo así, me tocará la suerte de Luis IV; pero nadie lo recordará porque ya no vivirá nadie quien lo haga. Al menos si pasa eso, todos morirán junto conmigo; como un extraño emperador cuasidivino que se lleva consigo a todo su pueblo. A todos alguna vez nos ha pasado (porque somos egoístas) que queremos que los demás vivan nuestras desgracias... bueno, esta vez será literalmente así.

La probabilidad es muy pequeña, es cierto. ¿Pero no la fue también de que Lex Luthor, amigo de Clark, se convierta en su archienemigo?, ¿que Dos Caras, que también era amigo de Bruno Díaz, se volviera su enemigo al desfigurarle el rostro un ácido?, ¿que el Hombre de Arena y el Dr. Octopus se volvieran villanos? Estos ejemplos infantiles y sin ningún apoyo científico, que son, al extremo, tontos y susceptibles de insultos y chifles, maltratos y linchamientos como el del alcalde de Ilave (que es probable que diera también algunos de ésos para explicar algo y que fue el porqué del enojo de la gente, como el del que lea esto), tienen un asidero no más bobo: que la gente sigue viviendo lo suyo, pensando en sus “cosas importantes”, yendo de prisa por la ciudad, desando morir si sus parejas los dejan, mortificándose al pensar en qué ropa ponerse, etcétera; y no saben del peligro de destrucción de la Tierra. No saben que en cuatro días ocurrirá este grandioso evento, que se hará, posiblemente, uno de los mayores descubrimientos de la física, que si no sale bien se destruirá el planeta, que será mi cumpleaños. Pero ¿habrá ahora un superhéroe que lo impida? Superman, Batman ni el Hombre Araña existen. Entonces, como dije, sólo nos queda hacer tiempo y las cosas que no hicimos pero siempre quisimos hacer… empezar a respondernos qué haríamos si mañana se acaba el mundo. Como dijo Horacio: carpe diem quam minimum credula postero (aprovecha el día, no confíes en el mañana).

PS. También el miércoles 10 Perú juega contra Argentina; no vi el partido de este último contra Paraguay pero sí la expulsión de Tévez (¡bien carajo!). Entonces, como ya vimos que lo impensado puede pasar, ¿se logrará ganarle a Argentina? Si los planetas se alinean… puede ser un empate. Y si no, ¿se cumplirá la máxima popular que dice que el día que Perú le gane a Argentina (luego de un montón de años) será el fin del mundo? Uno nunca sabe.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Mi amiga irreversible

A veces la inocencia se acaba. Y es inevitable… inminente; todas las cosas que creemos que son como las pensamos terminan siendo total y asombrosamente distintas. Hace poco menos de una hora, vi a una de mis más caras amigas saliendo de un hostal, bueno, hospedería, ya que en un hostal también te dan comida (le diría hotel, pero no sé si sus habitaciones son cómodas, no lo creo; pero...). Fue una sensación extraña, incómoda y… extraña. Iba caminado meditabundo, como acostumbro (por eso si me conoces y no te saludo en la calle, aunque estés a dos centímetros de mí, no es porque no quiera; sino porque mi enajenamiento es tal, que no me percataría si estoy mal arreglado, desnudo o con la ropa puesta al revés… ayudan también mis ojos cada vez más miopes), cuando de pronto la vi bajar los escalones que daban a la calle, lo cual no es muy conveniente si decides entrar a uno de esos lugares. Yo, indudablemente, preferiría uno más o menos discreto. He ahí el problema al momento de elegir un hostal inocuo para la imagen que la gente tiene de ti (más aun si vives, como yo, en una ciudad pequeña), claro que uno diría: ¿qué le importa a la gente lo que haga o deje de hacer? Efectivamente, y ahí está lo malo, le importa, y mucho. Es irremediable; la gente (y estamos incluidos todos) tiene una frenética pasión por saber la vida (y obra) de la mayor cantidad de personas que conozcan, y de las que no también.

La imagen que proyectas a veces lo es todo. Y no lo digo por narcisismo, sino porque si he aprendido algo en mi vida tan despreocupada, insensata y, a veces, egoísta, es que el prejuicio público es más fuerte y hasta más verídico, creíble que la propia verdad; tu verdad, la que sabes que es y no la que ellos piensan. Pero ese no es el punto, que al fin y al cabo no sé si alguien más la vio. El meollo acá es que yo, precisamente yo, la advertí. ¿Por qué?, no lo sé, y es, estoy exagerando, la marca de un antes y un después. A. v. s. H. (antes de verla saliendo del hotel) y D. v. s. H. Estoy escribiendo esto no por criticarla ni porque reproche lo que hizo; al contrario, soy la persona que está más fanáticamente de acuerdo con el sexo casual, prematrimonial (para las mujeres aún conservadoras), y hasta amical, que me parece uno de los mejores; sino porque no pensé que llegara el momento de descubrir que ella hacía esas “cositas”. Es como cuando (felizmente no me pasó) te dicen cuando niño que Papá Noel no existe, o el ratón de los dientes, o tu hada madrina o el amigo imaginario que te acompañó tanto tiempo. Supongo que se debe sentir así.

Sin duda me he quedado imbécil del impacto psicológico que me causó el imaginármela en la habitación del hotel con algún sujeto que espero no conocer porque mi idiocia sería mayor; un trastorno irreversible (obviamente estoy exagerando, y demasiado. A veces me critican por hacerlo tanto, pero así soy ¿qué puedo hacer?, la hipérbole es parte de mi vida). Lo embarazoso y penoso vendrá luego; no sé cómo hablarle la próxima vez que la vea, porque, al salir, ella también me vio y supongo que debe estar más enredada que yo. ¿Fingiremos que no pasó ni vimos nada?, ¿le diré que no sé de qué me habla si me pregunta si vi algo?, ¿hará lo mismo si yo se lo pregunto? No sé qué sucederá, pero me quedaré con este trauma, al parecer, toda la vida.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Divagación sobre la esencia del amor

A veces las cosas pasan tan deprisa… Y no sé si esto sea bueno o malo; depende de cómo las mires y qué sea lo que pase. A este sinfín de momentos y situaciones (porque, pienso, son todas las cosas que vivimos) no escapa el amor, que lo considero situación. Para mí, todo se reduce a esos dos aspectos: momentos y situaciones, y no sé si mi teoría es producto de un análisis y síntesis concienzudos de estudios, que es -a mi parecer- la manera correcta de lanzar una, o de un simple arranque repentino de decir algo para tener en qué sostener una propuesta impensada; quizá por una genialidad oculta en el sabio potencial que duerme en mi ello o por una casualidad lapicero-mano ayudada y condicionada por una hoja de estilo antiguo que me regaló mi abuelo y el lapicero del “Sheraton Lima” que apareció de pronto en mi escritorio. Pero a veces lo impensado resulta ser tan cuerdo…

Pienso al amor, a diferencia de muchas otras personas (que son casi todas las que conozco), como una situación que puede durar mucho o poco, y en el fondo eso no importa; que puede ser intensa o vana; que puede ser espontánea o nacida de asiduas repeticiones de pensar en la otra persona no gustándote al principio; que puede ser sana o morbosa; en fin, que puede ser buena o mala, o ¿mala o buena?; depende si el morbo es del agrado del señor lector. Depende, en suma, exclusivamente de la subjetividad cuál de las dos sea. Sí, pienso al amor como algo nunca íntegramente bueno; que, como casi todas las cosas de la vida (digo casi porque no las conozco todas, y ante la duda es bueno el indeterminado), esconde un lado oscuro o en algunos casos un lado bueno; en el supuesto de que se manifieste penumbroso, que es como lo hacen las obsesiones extremas, fanáticas. El amor es una suerte de Míster Hyde impersonal (el primer nombre lo escribo en español, siendo la frase susceptible de pronunciarse “míster jide”; que no es correcto, pero muy pocas veces escribo en inglés), porque nunca sabrás cuándo estallará ese lado perjudicial que quieres esconder; que intentas ignorar, y cuando aflore, controlará todo; sea para bien o para mal. Y en ambos casos da miedo; nuestro desasosiego ante el cambio es innato.

El amor es, también, todo lo que pienses que es. Así, si piensas que es una porquería, lo es. Y si piensas, como yo, que es esa relación pasajera que viviste hace sólo unos días y que no la considerabas tal, también lo es. Según lo dicho anteriormente, las pasiones, aventuras, agarres, maní-fugas (que deriva del choque-fuga; teoría inspirada en joder a un amigo de la promoción: “Maní”), trampas y demás peruanismos, serían amor. Y es que yo ya no sé lo que significan las palabras, de las innumerables formas en que puedes emplearlas, de lo difícil que es seleccionar cuál usar en qué casos. Prometo algún día explicar lo anterior con más tiempo, porque a pesar de que parezca que la razón de esa incertidumbre es la falta de un diccionario, aseguro que no la es.

Retomando el tema principal; ¿qué es el amor?, y trataré de no irme por otros lados, es que es una debilidad; hablo, leo o escribo acerca de alguna cosa y termino por otra, quizá por una curiosidad extralimitada sobre todo lo que existe (relativamente hablando) o por una manía aún no descubierta… ¡carajo!, lo estoy haciendo de nuevo. Ya, ahora sí; decía que a pesar de mi incertidumbre léxica, sigo creyendo con firmeza que el amor es cualquier ínfima relación (de pareja, de acercamiento, sexual o como quieras llamarla), estrictamente voluntaria, claro está, que tengamos con otras personas; preferentemente con el sexo opuesto, a no ser que tengas gustos homosexuales, lo cual tampoco es malo, pero no es mi caso (obviamente me estoy refiriendo al amor de pareja, no al amor en su totalidad; no te preocupes si amas a tu papá o tu mamá, este es otro tipo de amor, no hablo de ése).

Yo he tenido, por decirlo así, varias experiencias con el amor; claro que no muchas son triunfantes. Y puedo decir que cada vez que comienzo una nueva, pareciese que la anterior no era amor, que sólo esperaba ésta, la actual, y que sería la última (bueno, no todas las veces fue así; sólo en las más o menos serias). Pero también puedo decir que el amor es diferente en cada situación; ojo, no en cada momento. El momento es (lo entiendo) sincrónico; mientras que la situación es diacrónica. Digo que el amor puede ser diferente en cada relación y que esto no significa que en la anterior no lo hubo; es sólo que existen, ahora, diferentes factores que alteran el producto. De las dos posibilidades anteriores, me quedo con la segunda, quiero creer que es la segunda, porque no puedo pensar en que todas las relaciones que he tenido fueron un engaño, una mentira. Me resisto a pensar que mis recuerdos, muchos de ellos los mejores de mi vida, no sean de verdad, que son una ilusión.

Aunque cualquier persona pensaría que el tener numerosos enamoramientos o amoríos es muy bueno porque te dan experiencia, no es del todo cierto; lo que te dan es mayor fluctuación. Claro que no en todo sentido, el tener experiencia en el amor está bien, lo malo es tomártelo muy en serio y creer que lo sabes todo; que todas(os) son iguales y que puedes manejar a tu pareja actual como lo hiciste con la anterior y que todo irá bien, que no tienes por qué preocuparte porque, al fin y al cabo, sabes los trucos necesarios. Al final te das cuenta que esos tus trucos no sirven, caducaron, finito, chao. Cada persona es un mundo.

En el amor no hay formas, y todos tus conocimientos se ven preocupantemente limitados y te encuentras, como decía Heidegger, “yecto”; arrojado a una realidad que no conoces ni manejas. Es una atmósfera penumbrosa, engañosa. Yo, ciertamente, he vivido cosas así. Mis relaciones sentimentales, en las que están incluidos los peruanismos que mencioné, han sido, de una u otra forma, tortuosas. Desde mi primera enamorada en un verano de mi niñez hasta mi último acercamiento con una chica que no conocía mucho, el que parecía andar mal pero ahora que converso con ella me doy cuenta que no, he conocido numerosas personalidades, formas de pensar, de vestir, de hablar, de besar, de todo. Pero hay algo siempre presente; no se qué es. Será lo que dice una canción algo conocida (o ya no mucho): “…y la encontraré de nuevo; pero con otro rostro y otro nombre diferente y otro cuerpo, pero sigue siendo ella…”

Yo creo que para todos nosotros siempre hay y habrá esa “ella”, que, como a mí, nos perseguirá toda la vida, que estará presente donde menos nos la esperemos, y aunque nos pasemos de largo y no la tomemos en cuenta, regresará a torturarnos con recuerdos que no tenemos, con nostalgia inexistente. Esa “ella” es la esencia de nuestras relaciones, un flogisto amatorio del que no podemos escapar, a no ser que yo sea un Becher y algún Lamonosov o Lavoisier me desmienta y haga entender que estoy errado. Lo que consideraría muy provechoso para mi salud mental, para ponerle fin a esta quimera que me mata. Y si alguien piensa o sabe que ese amor fantástico, perfecto, que aparece en las películas, cuentos, fábulas y demás mentiras, existe, que me diga cómo encontrarlo; que, al parecer (utilizando una frase Bayliana con un pequeño cambio) renegó de mí por dudar de su dudosa existencia. En todo caso, agradezco cualquier ayuda.

jueves, 26 de junio de 2008

Pregúntale al "webo"

Voy a mi casa, estoy algo aturdido; no, más bien intrigado. Cosas como la que viví hace un momento no suceden a diario. Es una emoción bastante halagadora, sin duda eso me alimenta el ego tan maltratado y a la vez triunfante que tengo. Es de cambios repentinos pero sin llegar a maníaco-depresivo como mi amigo “don diablo” que seguramente, ojalá, no leerá esto, como mucha gente de la que escribo (aunque no doy sus nombres).

Tengo las dos entradas a la fiesta en el bolsillo. Algo, extrañamente, me dice que no vaya; las ganas se me van pero regresan cuando mi lado espontáneo (mismo comercial de Barena) me dice que vaya. Estoy en un pleito intenso con mi álter ego:
-¡vamos!-
-¿pero sólo nosotros?-
-¡¿solo nosotros?!- dándome de cachetadas y todo.

Ya son las diez de la noche, el “webo” debe estar esperándome en la plaza. La noche se ve como cómplice de la mala suerte; la luna llena y crecida se asoma a la ventana de mi habitación lúgubre, una rama antropomorfa golpea una y otra vez contra el vidrio brilloso y pálido, tan impredecible pero a la vez con ritmo y un cuervo de ojos bermejos me mira sin verme, como esperando algo extraordinario… (Más exagerado). Sólo estaba oscuro: un poste de luz se malogró allá afuera.

Ya en la puerta de la fiesta nos animamos a vender los boletos. Veinte soles más para el trago. ¿Quiénes son esos?; la acera estaba llena de revendedores y una de ellos se nos acercó.
-amigos, ¿no quieren entradas?-
-no sé… ¿cuanto están?- tanteando el precio para ver por cuánto venderíamos las nuestras.
-cinco soles; están a diez pero yo ya me quiero ir a mi casa-
-¿podemos entrar así?, ¿no es con terno?-
-¡no mi amoooor! ¡Así están bien!- recordándome a la “choco”; una amiga “bartolezca” de mi promoción del colegio.
-gracias, así somos desde pequeños- y percibí un aire de burla en su mirada.
-ya, en serio pues amigos, cómprenlas, miren que está haciendo friíto (sabe que el diminutivo siempre ablanda) y quiero irme a mi casita…-

Luego de su tan tenaz intento de persuasión, le ofrecimos que compre también nuestras entradas y las revenda. Ella se fue maldiciendo no sé con qué palabras porque le hicimos perder su tiempo.

Ya adentro (no nos quedó de otra), nos tomamos tres cervezas mientras esperábamos el inicio de la fiesta. Nos encontramos con dos amigos más de nuestra promoción. Compramos otras tres cervezas y la última botella la usamos como “matrícula” para estar en un grupo que tenía una caja en el piso (más conchudos…) y nuestros dos amigos se fueron a bailar… qué gais, ¿los dos? No, con sus parejas… ¡mujeres! Todo suena gay en estos días.

Hubo un pequeño pleito; uno de la nueva “mancha” nos quiso echar del grupo porque, según él, estábamos tomando gratis. ¡Qué tal concha!, ¿nosotros?, ¿es eso posible? ¡Para nada! Pero nada que no se pueda arreglar con un buen chamullo. Luego el sublevado se marchó con una botella en su brazo, que era lo máximo que su equilibrio afectado por el alcohol podía aguantar. Y así vinieron más y más cervezas y la gente estaba extasiada, subsumida en un ambiente bacanal que cada quien armaba en su imaginación.

Voy al baño, quizá más por eludir la “chancha” para comprar más “chelas” que por necesidad fisiológica, y el “webo” en un arranque de exaltación repentina da un golpe a la puerta de uno de los retretes con la intención de romperla, pero la dejó rajada, y me reta a hacerlo. No lo pensé mucho y lo hice, o como él me sugirió que escriba (literalmente): “yo acepté gustoso la sugerencia de mi pata evo; sólo pude pestañear y estaba con mi mano dañada por tan grande conflicto que tuve con una puerta”… Traspasé el madero y me sentí bien, como satisfecho.
-Nah!… tenemos que estar en iguales condiciones; probemos con otras dos-

Aún me pregunto por qué lo hice, ¡en qué pensaba! Pero estas cosas no las vives todos los días. Fue comiquísimo, claro, cuando lo recuerdo.

Luego de romper aquellas portezuelas, sin que nos dieran tiempo siquiera para saber qué pasaba, entró el equipo de seguridad y violentamente nos arrinconaron de cara contra la pared y con las manos atrás. Fue impresionante; nos esposaron, algunos hablaban por sus radios, otros apuntaban con sus armas, revisaban cada rincón, se escuchaban las sirenas de los patrulleros afuera, un helicóptero nos cegaba con una luz iridiscente desde arriba, agentes especiales bajaban por una cuerda de no sé qué lugares y había un ruido aturdidor… Tal vez esté exagerando un poco, pero sí nos detuvieron… de película.

Con la cabeza gacha y las manos sujetadas, nos miramos como preguntándonos qué íbamos a hacer. Sólo atiné a decirle: -webo, hazte el borracho; quizá nos dejen ir- deseándolo aunque era poco probable. Luego sucedió lo inesperado; extrañamente ya no nos sujetaban y caminamos tambaleándonos, intencionalmente, hasta los urinarios. Nadie nos vigilaba, sólo uno en la puerta. Salimos para perdernos en la multitud, sentí que lo interceptaron afuera, yo seguí andando.

No sé cómo zafó pero ya en la pista de baile me miró y dijo: -vayámonos; antes que nos encuentren-. Miramos al mismo tiempo la salida, la única, y estaba extraordinariamente repleta de guardianes mirando hacia todos lados. Sería imposible escapar.
-¡mierda! Nos cagamos…- me intimidó el tono.
-quizá se vayan… se aburrirán-
-que no nos vean-

Pasó poco más de una hora. Nuestros centinelas no se marcharán. Pensemos en algo. De pronto, un chico racionalmente sano (a comparación de los demás) me grita un nombre que no era el mío. Miro a mis costados y sólo estaba yo, se dirige a mí…
-¡Bryan!- me abraza.
Confuso moví la cabeza como saludándolo y no al mismo tiempo.
-ahora vengo- me dijo el “webo” y se marchó.
-¡Bryan!, ¡primo!, ¿ya no te acuerdas de mí? Soy ‘F’ tu mamá me operó ¿ves?- mostrándome un corte en la parte baja del abdomen.
-¡claro!- respondí no sé por qué -¿Cómo has estado?- fingiendo recordarlo.
-¡bien! ¿Cuándo llegaste? ¿Viniste solo?-
-ehmm… vine con un pata, está por allá- quizá conversar un poco con él me salve de ser arrestado por los guardias.
-tómate unas “chelas” con nosotros- me señaló su grupo (al que supuestamente yo conocía).
-bu-bueno… sólo unas…- no tardaré mucho tiempo, pensé.
-¡oigan es Bryan!- eufórico -¿te acuerdas de tus primos no?- me preguntó.
-S-sí- ojalá todos me confundan con el que me confunde este.
-¿Bryan? ¿Eres tú? (se me acercó uno)- ¡no hue…! ¡Soy Timoteo!
-sí, qué ¿ya no te acuerdas de tus primos? Ja, ja, ja-

Después de un buen rato de preguntas extrañas e inquisidoras, escapé de nuevo al baño, lo había hecho un par de veces para evitar responder cosas que, obviamente, no sabía. Cada vez que corría el riesgo de ser descubierto fingía ganas de vomitar y me iba corriendo al baño (sí, ya sé; medio baboso, pero ¿qué más podía hacer?).

-¡nos están buscando!- el “webo” sonaba exaltado -están preguntando a todos por nosotros-
-tenemos que buscar otra salida- pensé en las ventanas, pero estaban enrejadas. Luego recordé que hay una puerta que va de la calle al segundo piso.

Fuimos a las gradas que van al segundo piso. Como siempre, están bloqueadas a medio camino por una reja. Era nuestra única esperanza. Traté de abrir la puerta de rejas de todas las formas que se me ocurrieron. Resignado a quedar atrapado, bajé y le dije al “webo” que no se podía, era imposible. La gente iba saliendo y el local poco a poco estaba quedando vacío. Era cuestión de tiempo que los de seguridad nos encontraran.

-¡ya está!- miré hacia las escaleras, pudo abrir un espacio suficiente para pasar a gatas.

Subimos rápidamente y nos encontramos en un laberinto de habitaciones, subidas y bajadas totalmente a oscuras. Tratamos de hallar las gradas que daban a la otra puerta que salía a la calle, siempre corriendo. Ya bastante golpeados por los obstáculos que habían en el segundo piso (paredes, puertas y… paredes) vimos la luz. Bajamos emocionados y… estaba cerrada.

-¡carajo!- y escuché ruidos del otro lado del pasillo.
-¡regresa!, ¡nos encontraron!- el “webo” ya estaba arriba. -¡espérame conch…!-

Emprendimos una carrera desesperada. Me sentí el personaje de algún videojuego adictivo, manejado por un adolescente asiático drogado; corriendo hacia todas las direcciones, sin saber a dónde iba. Al fin, llegamos de nuevo a la fiesta, la gente que andaba por ahí nos miraban confusos.

-dame tu casaca- el “webo” sonaba convencido. Tiene un plan.
-¿para qué?-
-intercambiemos nuestra ropa, así no nos reconocerán. Sal tú primero y luego yo-
-no, primero tú- quitándome la casaca y una bufanda que tenía puesta.

Lo vi acercarse a la puerta… ¿saldrá?, no, lo reconocieron. Le están doblando el brazo (chistosísimo, bueno, para él no), seguro le están preguntando por mí. No hablará. Voy donde un amigo, le cuento todo, se ríe, le pido ayuda, acepta. Voy con él a la puerta, no esta el “webo” (y ya me cansé de escribir su nombre y seguro ustedes también de leerlo). Dejan salir a mi amigo, a mí no. Se repite la escena; me preguntan con violencia por mi ‘cómplice’, no digo nada, el “webo” me mira del otro extremo, se ríe.

Luego de un rato me dejan ir. Yo, como al comienzo, me dirijo a la fiesta zigzagueando como emborrachado. El “webo” lo intentará de nuevo, esta vez con una casaca de cuero y unos lentes que se prestó de no sé quien. No lo creo, lo dejaron salir. ¡Maricón! Haré lo mismo. Cambio mi apariencia (según yo) y voy descaradamente hacia la puerta. Como es de suponer, me reconocieron. Esta vez no me dejaron ir, llamaron al ‘jefe’; el encargado de la fiesta. Supongo que es el director de la carrera.

Cambio de personalidad, como el antiguo comercial de Brahma: ¡sale! actitud: “soy un borrachín sinvergüenza que ha roto las puertas de los baños y quiere escapar haciéndose el loco”, ¡entra! actitud: “¡pero que está pasando aquí!, me están confundiendo… ¡¡¿que los baños qué?!! Oiga, no sé de que habla…”

Converso con el director, los de seguridad me miran asombrados. -¡¿No estaba borracho éste?!- utilizo todas las armas léxicas que poseo, intento convencerlo de que su seguridad está equivocada.

-¡qué barbaridad!, ¿como pueden confundir a la gente así? Y luego los verdaderos culpables caminan por ahí como si nada…-.
-¿pero tú no rompiste los baños?- dijo baños, yo no rompí los baños, sólo las puertas.
-¡¿baños?! ¿Cómo una persona normal puede romper los baños?, necesitaría una herramienta o algo… y aun así tomaría un buen tiempo, ¿sólo con mis manos?, es absurdo- creo que tomaré clases de actuación, podría graduarme muy pronto.
-sí, es verdad. ¿Pero entonces tú no fuiste? Me dijeron que estabas con un amigo tuyo, que fueron los dos-
-mis amigos están en la fiesta y estuvimos ahí todo el tiempo, tengo testigos…-

Y luego de eso me dejó ir. Debo agradecer enormemente al “bombero”, un compañero de mi facultad, que sin importar el pleito en el que estábamos, fingió ser el amigo que estuvo conmigo todo el tiempo. Le di las gracias, pero seguimos peleados, algún día arreglaremos.

Bueno, fue una noche cansada y difícil. Ya es muy tarde y voy a casa. Mamá se sorprenderá al verme llegar de madrugada, sano y con otra ropa…

-¡no mamá! Au, me duele…no te estoy mintiendo, pregúntale al “webo” au…

lunes, 2 de junio de 2008

Fue ayer y sí me acuerdo

Bueno, de vuelta a escribir después de un tiempo abrumador de exámenes y trabajos inacabables. Últimamente me han pasado cosas dignas de un programa de Laura Bozo, esas historias que sólo se veía en el remedo de talk-show (porque de hablar, sólo el nombre) que tenía. La mía es como ésas, sólo que sin golpes ni gritos ni carritos sangucheros, lo de amantes… ahora les cuento. ¡Que pase la…!

En la anterior entrada ya hablé sobre mi enamorada (si es que se la podía llamar así, que es lo que dije) y de cómo tuve un pleito con ella y que quizá ni la consideraba mi verdadera pareja. Lo de nosotros es un juego mutuo; hablamos las pocas veces que nos vemos, juega mucho con su lengua cuando está conmigo y practica sus tocamientos indebidos, que a mí me parecen bien debidos, si nos encontramos en uno de esos huecos que dicen que hasta la luz se traga (muy a lo Sanz).

A mí me parece que ella también lo tomaba así, y que en el fondo quería pensar que era algo más o menos serio. Este tiempo no me impedía, en lo absoluto, mirar a otras chicas, hablarles o tocarlas (aunque esto último no es posible si quieres conservar tus mejillas del mismo color e indoloras). Las últimas llamadas para vernos me insinuaban que este juego se acababa; al hecho de que soy un chico muy ocupado, aunque no lo parezca (no creo que lo sea, no en serio), se sumaban sus “hoy no puedo” cada vez más seguidos.

Ayer tenía que llamarla pero no lo hice, quizá por pereza o simplemente porque no quería. La salida frustrada con unos amigos de mi clase me tenía colgado un viernes sin saber qué hacer. Supongo que daré mi examen de inglés y me iré a casa. Dormir bien un viernes no está de más. Mientras esperaba que llegue mi profesora se me acerca una chica, literalmente (lo de chica), para venderme los pases que tenía para su fiesta de cachimbos, que era esa noche.

-amigo, colabórame con estos pases pes-. Me recordó al loco jeringa y no pude contener la sonrisa.
-ehmm… no sé… ¿de qué es?, ¿cuánto está?, ¿quieres pan?
-mi fiesta de cachimbo. Diez soles. No.
-¡diez! (con tono sarcástico). Si quieres te doy tres lucas.
-bueno… pero me compras tres.

Tan simple como eso, la conversación siguió en torno al mismo tema. Cuando empezaba a perder el control de la situación; estaba a punto de convencerme de comprarle las entradas (no sé por qué cedo muy fácilmente ante la insistencia, es un defecto), me refugié en una amiga que pasó por ahí en ese momento. Le pedí por favor que fingiera hablar de algo importante conmigo. La chica extraña y persuasiva me gritó, desde las escaleras, que me esperaría. Yo, aunque le había dicho eso para sacármela de encima, no le creí y asentí con la cabeza deseando que se fuera.

Sorpresivamente, la encontré al salir de mi examen, en el mismo lugar y no creí que estuvo esperando una hora y media. Eso es considerable para mí, yo normalmente espero unos minutos y me voy. No pude evitar sentirme mal conmigo mismo.

-¿ya vendiste tus entradas?- le grité algo esperanzado de que fuera así.
-¡no! Te estuve esperando- no me quedó otra que acercarme a ver qué hacía.
-ahora estoy yendo a mi facultad, si quieres me esperas en la puerta de tu fiesta y yo convenzo a mis amigos para ir y comprarte las entradas- era poco probable que pase, pero no sabía qué más decirle luego de que me esperara tanto tiempo.
-mejor te acompaño, ¿qué dices? ¿Puedo?
-(piensa algo para evitarla, ¡dile que no!) S-si… vamos (D’oh!)- tengo un claro conflicto con mi subconsciente.

No encontré a nadie en mi facultad. Todos se habían ido. Y, ¿qué hago con ella? Quise llamar a alguno de mis amigos pero ella no me lo permitió y me preguntó si quería ir con ella y ser su pareja. La cosa se puso peor, quizá mi más grande defecto es que no sé cómo decirle no a una mujer. Esto me trae muchos problemas. Le hablé de mi conflicto con los ternos y trajes de gala, que no me gusta usarlos y menos para una fiesta. Al parecer lo entendió y me tomó del brazo preguntándome si me molestaba. Le dije que no.

Esa chica extraña, de quien no recordaba el nombre, ni ella el mío, empezaba a acercárseme, peligrosamente, cada vez más. Me preguntó si tenía enamorada. No supe qué responderle; la verdad es que yo no me puse a pensar seriamente en eso. ¿Tenía enamorada? Aunque no la consideraba así, estaba saliendo con alguien. Resolví que no. A punto de decirle eso, veo pasar a mi enamorada apócrifa con un tipo alto de aspecto desaliñado y agarrados de la mano. No supe qué sentir y descubrí que no tienes que saber qué sentir sino sentir lo que sientes. Y no sentí nada. Nos miramos, yo con una mirada sarcástica y ella con una risa nerviosa. Pasamos uno al lado del otro sin volver la cabeza, al menos yo no.

-No. Estoy libre, no tengo enamorada-
-Ah que bueno. ¿Estás libre mañana en la tarde? ¿Tienes clases?
-No, sólo en la mañana, ¿Por qué?
-yo también estoy libre mañana en la tarde- Supe que ella quería que la invitara a salir (a veces soy tan poco perceptivo).
-Ya pues hacemos algo. ¿A qué hora tienes tiempo?
-Qué tal a las tres y media… te doy mi número, 951…

Ya en la puerta de su casa me abrazó y rodeó su cintura, y algo más, con mis manos. No es precisamente mi tipo, pero tampoco la rechacé, no sé por qué.

De camino a casa me di cuenta que se olvidó sus entradas en mi mochila. Bueno, veinte soles no se pueden desperdiciar así. Llamé al "webo" para ir a la fiesta esa. La pasamos bien con dos amigos más, un primo falso y diez tíos de seguridad que nos buscaban ferozmente por problemas que pasan cuando le haces caso a las "webadas" sin sentido que te invita a hacer el "webo". Aunque esto es parte de otra historia.

Son las tres de la tarde, iré a buscar a esa chica misteriosa para ver qué pasa, me mata la curiosidad. Extrañamente no tengo resaca; todo pasa por algo, me lo dijo mamá.

sábado, 10 de mayo de 2008

Cuando un viernes 13 es cualquier día en tu vida.

Yo sé que todos tenemos un mal día, pero cuando todos esos malos días que tenemos se juntan en uno solo, comienzas a pensar que en tu anterior vida debiste ser algo así como Alan en su primer gobierno y que la furia de todos los peruanos de esa época, y los de ahora también, se canaliza en tu contra. La semana pasada, al despertar, vi lo que prometía ser un día bueno: el reloj marcaba las 6:00 am; todo bien, había dormido espléndido, el televisor no estaba encendido (buena señal; normalmente me olvido de algo tan sencillo como presionar el botón que dice "sleep") y el cielo estaba despejado. Desayuné tranquilo, sin apuros; hace tiempo que no lo hacía.

Y, como ya lo sospecharán, se acabó la perfección y empezaron los problemas. Algo casi sin importancia (no encontraba mi maldito Código Penal) me hizo llegar tarde otra vez, para variar, a mis clases. Bueno, que me falte una vez...

Miré por el agujero de la puerta, ¿por qué están sentados en círculo? -shit! una práctica, qué m... ¿justo hoy?-

Calma, no se cae el mundo; estudiaré algo para el siguiente curso, hoy es el segundo examen de Civil. Voy a la biblioteca... está cerrada. En ese momento empezaba a tomarme en serio eso de levantarte con el pie izquierdo.

Me siento en una de las bancas que están por mi salón, abro mi Código y...

-¡hola!- una de mis compañeras de Penal también llegó tarde. Hablamos un poco, bueno, en realidad las dos horas...

¡Dos horas! ¿y el examen? Sale mi profesor de Penal y me ve con su alumna favorita (en realidad le echó ojo, lo cual es divertido porque él tiene la edad de Matusalén y ella... bueno, quiere aprobar), eso no es bueno. Pasan los minutos, casi media hora, y el profesor de Civil no viene, eso es bueno. Al parecer no daremos el examen, sigo hablando con "la chica del profe" y veo lo que no debería estar pasando: ¿es mi profesor? y lleva consigo los exámenes...

La prueba la di más o menos bien (considerando que no había estudiado casi nada). Bueno, el día sigue, ¿qué más puede pasar? Luego comprenderé, cual caricatura americana, por qué esa pregunta está prohibida después de una serie de problemas. Funciona como un imán de desgracias.

La tarde promete, hoy tengo una cita (o algo así) a las 5:00 pm. Primero iré a una agencia de Claro para ver que me solucionen el problema de mi chip (la noche anterior se bloqueó porque alguien que no quería que viera mis mensajes estuvo tratando de dar con la calve hasta que la tarjeta fue rechazada). Me dicen que no tiene solución y que cambie de chip. ¡Maldita sea! y yo que en algún momento quise copiar los números de mis contactos y me pareció una idea ridícula.

4:00 p.m., me encuentro con "el webo" (un amigo desde el colegio), hablamos un poco de todo, me pide que lo acompañe a su universidad. Para esto, la noche anterior le había dicho a mi enamorada (que no sé si lo sea en verdad) que a esa universidad no voy ni a balas (una excusa para no recogerla cuando me lo pida, si es que me lo pide). Pienso, ¿qué puede pasar? además no creo que la vea.

Llegamos, nos encontramos con algunos compañeros del colegio, conversamos, ya son las cinco. Voy a un locutorio para llamarla y decirle dónde encontrarnos, de pronto, una puteada de las que te tambalean y dejan adormecido; me había visto en esa universidad, a la que "no entro ni a balas" conversando con unos amigos.

Cuando tienes un pleito por teléfono no piensas en lo que dices, por lo menos a mí me pasa eso, y la terminas cagando más, si es que tienes la culpa. Esta vez no fue la excepción; una largada y... el sonido del auricular golpeando el teléfono. La embarré más. Luego, la reflexión que te insulta y escupe convertida en conciencia: ¿qué fue lo que dijo? y ¿yo qué dije?, recordando:

-¡¿no era que no venías a mi universidad ni a balas?!
-luego te explico, ¿dónde nos vemos? ¡que se acaba mi luca! (qué poco tino para escoger una respuesta).
-estoy yendo a mi casa para cambiarme, llámame dentro de media hora.
-¡te he llamado cincuenta veces! OK en media hora (y sigue aflorando el inconsciente)
-¿me quieres?
-estoy enojado, no sé. Luego hablamos. (y derrumbé el poco comedimiento que me quedaba, si es que me quedaba).

Era de esperar que no quisiera hablarme después de eso, pero aun así la llamé. También era de esperar que no quisiera contestarme: lo comprobé como unas diez veces. Decido ir al inglés. Entro, como es el primer día me dirijo hacia donde están los horarios... no está mi clase. Me dicen que no se abrió por falta de alumnos; todos desaprobaron el anterior nivel, que nos cambiarán de horario. Con todas estas cosas ya es hora de pensar en ir a la cama; así evitaré que me pasen más cosas malas.

Un cigarrillo, pensar en que al día siguiente se arreglará todo, una hamburguesa con harto ají y dormir... espero no tener pesadillas.

viernes, 2 de mayo de 2008

Mal comienzo (también como bloguero, si existe esa palabra)

A veces lo que te pasa lo sientes como... normal y hasta aburrido, pero al pensarlo cuando estás solo o cuando no tienes nada más que hacer (en realidad sí, pero tu lado holgazán es más fuerte) y escribes en tu blog la primera entrada, parece que no es tanto así. Bueno, no me pasa esta vez, pero por lo menos es más interesante que hacer el trabajo de Constitucional General.

Me despierto (me despiertan), son las 6:45 y mis clases empiezan a las 7:00... no importa, es el primer día. Llego a mi clase; la leyenda viviente de la facultad, el profesor de Penal, cerró la puerta... d'oh! Comienzo el día muy a lo Homero. ¿Y ahora? a vagar dos horas en la aburrida facultad, lo más entretenido que podría hacer es ir a ver si ya funciona el ascensor que me ahorraría tantas tardanzas ¡ascensor puto!... No funciona, ya ni sé por qué lo hice; seguramente el que construyó el edificio también se lo preguntó.

Luego de unas vacaciones muy intensas (en toda la amplitud de la palabra) y, a la vez, relajantes al extremo de volverse aburridas, el comienzo de semestre me parece la mejor no-opción (no es cierto; quería seguir durmiendo hasta tarde). Pero, ¿por qué no buscar a alguien para hacerlo más llevadero? me refiero a alguna chica con quien pasarla bien si tener que hablar de los cursos. Espero que haya alguien interesante en primer semestre... no es que no la haya en los demás, es sólo que no sé si la haya. Las prefiero recién llegadas (qué atorrante).

Subo al salón de 1er semestre. Mala idea; hay que hacer cola, me había olvidado que las chicas no son precisamente lo que sobra en mi carrera (contra todo pronóstico... maldito examen de admisión) y que casi todos, y más aún los de semestres superiores -que, a mi parecer, son los más desesperados-, ponen todas sus esperanzas en que haya una chica interesante entre los cachimbos. Y ahora yo pasé a ser uno más en las filas y... me vieron -tácita e involuntariamente soy uno de ellos-. Y me pregunto si el resto de mi día será igual de desastroso.

¿Ése soy yo?

Soy megalómano y melómano. Adicto a encontrar explicaciones a todo, a hablar, a desmentir cualquier cosa que se diga o no se diga. Romántico sin tregua, melancólico, poeta fracasado y escritor frustrado. Soy un remedo de amante latino, irónico, calmado, sarcástico y serio al extremo. Solitario, amante de la noche, del cielo despejado, de las estrellas, del silencio. Idiota ególatra y egoísta protervo. Mujeriego pero fidelísimo, honesto. Soy una persona buena. Mentiroso ocasional y sincero compulsivo. No sé manejar carro y ya no uso mi bicicleta desde la vez que me atropellaron. Acrofóbico en teoría, indeciso, se me van las oportunidades buenas; sobre todo con las mujeres. Hablo en radio y no sé por qué ni de qué. Me gustan varias chicas a la vez pero no me he enamorado desde hace mucho, mucho tiempo y creo que nunca lo haré. No me gusta mi cabello pero no me lo corto y tampoco sé por qué. Soy perfeccionista y atorrante (aunque no sé exactamente lo que significa esa palabra), todos creen que leo mucho pero la verdad es que leo algo e intuyo todo lo demás relacionado al tema. Le caigo mal a la gente a primera vista porque parezco un petulante, un vanidoso. Soy introvertido, tímido, miedoso y algo impulsivo. Tengo manía de persecución y de que todos me conocen y saben mi vida, tengo la impresión de que todos conocen algo de mí; algo que quizá yo no conozca. Me gusta salir a divertirme pero casi nunca lo hago porque algo siempre sale mal. Soy extrovertido, osado, lengua larga y a veces (muchas veces) digo algo de más. Siento que no encajo en ningún sitio ni con nadie; soy un extraño a donde vaya y con quien esté. Soy una mala persona y algunos dicen que también mala influencia. Soy irreverente e intransigente pero muchas veces me vendo con facilidad. Muchas chicas piensan que me interesan pero la verdad es que no me intereso ni en mí mismo. He perdido el interés por mi apariencia, digo que no me hace falta nadie pero siempre ando en busca de alguien. Soy disconforme con todo pero complaciente hasta el filantropismo. Me cuesta decir que no, sobre todo ante la insistencia: es una debilidad. Quisiera escribir más seguido pero la pereza y la falta de tiempo (que no es otra cosa que pereza acumulada) me lo impiden. Soy de mente liberal en algunas cosas y en otras… lo intento.