Voy a mi casa, estoy algo aturdido; no, más bien intrigado. Cosas como la que viví hace un momento no suceden a diario. Es una emoción bastante halagadora, sin duda eso me alimenta el ego tan maltratado y a la vez triunfante que tengo. Es de cambios repentinos pero sin llegar a maníaco-depresivo como mi amigo “don diablo” que seguramente, ojalá, no leerá esto, como mucha gente de la que escribo (aunque no doy sus nombres).
Tengo las dos entradas a la fiesta en el bolsillo. Algo, extrañamente, me dice que no vaya; las ganas se me van pero regresan cuando mi lado espontáneo (mismo comercial de Barena) me dice que vaya. Estoy en un pleito intenso con mi álter ego:
-¡vamos!-
-¿pero sólo nosotros?-
-¡¿solo nosotros?!- dándome de cachetadas y todo.
Ya son las diez de la noche, el “webo” debe estar esperándome en la plaza. La noche se ve como cómplice de la mala suerte; la luna llena y crecida se asoma a la ventana de mi habitación lúgubre, una rama antropomorfa golpea una y otra vez contra el vidrio brilloso y pálido, tan impredecible pero a la vez con ritmo y un cuervo de ojos bermejos me mira sin verme, como esperando algo extraordinario… (Más exagerado). Sólo estaba oscuro: un poste de luz se malogró allá afuera.
Ya en la puerta de la fiesta nos animamos a vender los boletos. Veinte soles más para el trago. ¿Quiénes son esos?; la acera estaba llena de revendedores y una de ellos se nos acercó.
-amigos, ¿no quieren entradas?-
-no sé… ¿cuanto están?- tanteando el precio para ver por cuánto venderíamos las nuestras.
-cinco soles; están a diez pero yo ya me quiero ir a mi casa-
-¿podemos entrar así?, ¿no es con terno?-
-¡no mi amoooor! ¡Así están bien!- recordándome a la “choco”; una amiga “bartolezca” de mi promoción del colegio.
-gracias, así somos desde pequeños- y percibí un aire de burla en su mirada.
-ya, en serio pues amigos, cómprenlas, miren que está haciendo friíto (sabe que el diminutivo siempre ablanda) y quiero irme a mi casita…-
Luego de su tan tenaz intento de persuasión, le ofrecimos que compre también nuestras entradas y las revenda. Ella se fue maldiciendo no sé con qué palabras porque le hicimos perder su tiempo.
Ya adentro (no nos quedó de otra), nos tomamos tres cervezas mientras esperábamos el inicio de la fiesta. Nos encontramos con dos amigos más de nuestra promoción. Compramos otras tres cervezas y la última botella la usamos como “matrícula” para estar en un grupo que tenía una caja en el piso (más conchudos…) y nuestros dos amigos se fueron a bailar… qué gais, ¿los dos? No, con sus parejas… ¡mujeres! Todo suena gay en estos días.
Hubo un pequeño pleito; uno de la nueva “mancha” nos quiso echar del grupo porque, según él, estábamos tomando gratis. ¡Qué tal concha!, ¿nosotros?, ¿es eso posible? ¡Para nada! Pero nada que no se pueda arreglar con un buen chamullo. Luego el sublevado se marchó con una botella en su brazo, que era lo máximo que su equilibrio afectado por el alcohol podía aguantar. Y así vinieron más y más cervezas y la gente estaba extasiada, subsumida en un ambiente bacanal que cada quien armaba en su imaginación.
Voy al baño, quizá más por eludir la “chancha” para comprar más “chelas” que por necesidad fisiológica, y el “webo” en un arranque de exaltación repentina da un golpe a la puerta de uno de los retretes con la intención de romperla, pero la dejó rajada, y me reta a hacerlo. No lo pensé mucho y lo hice, o como él me sugirió que escriba (literalmente): “yo acepté gustoso la sugerencia de mi pata evo; sólo pude pestañear y estaba con mi mano dañada por tan grande conflicto que tuve con una puerta”… Traspasé el madero y me sentí bien, como satisfecho.
-Nah!… tenemos que estar en iguales condiciones; probemos con otras dos-
Aún me pregunto por qué lo hice, ¡en qué pensaba! Pero estas cosas no las vives todos los días. Fue comiquísimo, claro, cuando lo recuerdo.
Luego de romper aquellas portezuelas, sin que nos dieran tiempo siquiera para saber qué pasaba, entró el equipo de seguridad y violentamente nos arrinconaron de cara contra la pared y con las manos atrás. Fue impresionante; nos esposaron, algunos hablaban por sus radios, otros apuntaban con sus armas, revisaban cada rincón, se escuchaban las sirenas de los patrulleros afuera, un helicóptero nos cegaba con una luz iridiscente desde arriba, agentes especiales bajaban por una cuerda de no sé qué lugares y había un ruido aturdidor… Tal vez esté exagerando un poco, pero sí nos detuvieron… de película.
Con la cabeza gacha y las manos sujetadas, nos miramos como preguntándonos qué íbamos a hacer. Sólo atiné a decirle: -webo, hazte el borracho; quizá nos dejen ir- deseándolo aunque era poco probable. Luego sucedió lo inesperado; extrañamente ya no nos sujetaban y caminamos tambaleándonos, intencionalmente, hasta los urinarios. Nadie nos vigilaba, sólo uno en la puerta. Salimos para perdernos en la multitud, sentí que lo interceptaron afuera, yo seguí andando.
No sé cómo zafó pero ya en la pista de baile me miró y dijo: -vayámonos; antes que nos encuentren-. Miramos al mismo tiempo la salida, la única, y estaba extraordinariamente repleta de guardianes mirando hacia todos lados. Sería imposible escapar.
-¡mierda! Nos cagamos…- me intimidó el tono.
-quizá se vayan… se aburrirán-
-que no nos vean-
Pasó poco más de una hora. Nuestros centinelas no se marcharán. Pensemos en algo. De pronto, un chico racionalmente sano (a comparación de los demás) me grita un nombre que no era el mío. Miro a mis costados y sólo estaba yo, se dirige a mí…
-¡Bryan!- me abraza.
Confuso moví la cabeza como saludándolo y no al mismo tiempo.
-ahora vengo- me dijo el “webo” y se marchó.
-¡Bryan!, ¡primo!, ¿ya no te acuerdas de mí? Soy ‘F’ tu mamá me operó ¿ves?- mostrándome un corte en la parte baja del abdomen.
-¡claro!- respondí no sé por qué -¿Cómo has estado?- fingiendo recordarlo.
-¡bien! ¿Cuándo llegaste? ¿Viniste solo?-
-ehmm… vine con un pata, está por allá- quizá conversar un poco con él me salve de ser arrestado por los guardias.
-tómate unas “chelas” con nosotros- me señaló su grupo (al que supuestamente yo conocía).
-bu-bueno… sólo unas…- no tardaré mucho tiempo, pensé.
-¡oigan es Bryan!- eufórico -¿te acuerdas de tus primos no?- me preguntó.
-S-sí- ojalá todos me confundan con el que me confunde este.
-¿Bryan? ¿Eres tú? (se me acercó uno)- ¡no hue…! ¡Soy Timoteo!
-sí, qué ¿ya no te acuerdas de tus primos? Ja, ja, ja-
Después de un buen rato de preguntas extrañas e inquisidoras, escapé de nuevo al baño, lo había hecho un par de veces para evitar responder cosas que, obviamente, no sabía. Cada vez que corría el riesgo de ser descubierto fingía ganas de vomitar y me iba corriendo al baño (sí, ya sé; medio baboso, pero ¿qué más podía hacer?).
-¡nos están buscando!- el “webo” sonaba exaltado -están preguntando a todos por nosotros-
-tenemos que buscar otra salida- pensé en las ventanas, pero estaban enrejadas. Luego recordé que hay una puerta que va de la calle al segundo piso.
Fuimos a las gradas que van al segundo piso. Como siempre, están bloqueadas a medio camino por una reja. Era nuestra única esperanza. Traté de abrir la puerta de rejas de todas las formas que se me ocurrieron. Resignado a quedar atrapado, bajé y le dije al “webo” que no se podía, era imposible. La gente iba saliendo y el local poco a poco estaba quedando vacío. Era cuestión de tiempo que los de seguridad nos encontraran.
-¡ya está!- miré hacia las escaleras, pudo abrir un espacio suficiente para pasar a gatas.
Subimos rápidamente y nos encontramos en un laberinto de habitaciones, subidas y bajadas totalmente a oscuras. Tratamos de hallar las gradas que daban a la otra puerta que salía a la calle, siempre corriendo. Ya bastante golpeados por los obstáculos que habían en el segundo piso (paredes, puertas y… paredes) vimos la luz. Bajamos emocionados y… estaba cerrada.
-¡carajo!- y escuché ruidos del otro lado del pasillo.
-¡regresa!, ¡nos encontraron!- el “webo” ya estaba arriba. -¡espérame conch…!-
Emprendimos una carrera desesperada. Me sentí el personaje de algún videojuego adictivo, manejado por un adolescente asiático drogado; corriendo hacia todas las direcciones, sin saber a dónde iba. Al fin, llegamos de nuevo a la fiesta, la gente que andaba por ahí nos miraban confusos.
-dame tu casaca- el “webo” sonaba convencido. Tiene un plan.
-¿para qué?-
-intercambiemos nuestra ropa, así no nos reconocerán. Sal tú primero y luego yo-
-no, primero tú- quitándome la casaca y una bufanda que tenía puesta.
Lo vi acercarse a la puerta… ¿saldrá?, no, lo reconocieron. Le están doblando el brazo (chistosísimo, bueno, para él no), seguro le están preguntando por mí. No hablará. Voy donde un amigo, le cuento todo, se ríe, le pido ayuda, acepta. Voy con él a la puerta, no esta el “webo” (y ya me cansé de escribir su nombre y seguro ustedes también de leerlo). Dejan salir a mi amigo, a mí no. Se repite la escena; me preguntan con violencia por mi ‘cómplice’, no digo nada, el “webo” me mira del otro extremo, se ríe.
Luego de un rato me dejan ir. Yo, como al comienzo, me dirijo a la fiesta zigzagueando como emborrachado. El “webo” lo intentará de nuevo, esta vez con una casaca de cuero y unos lentes que se prestó de no sé quien. No lo creo, lo dejaron salir. ¡Maricón! Haré lo mismo. Cambio mi apariencia (según yo) y voy descaradamente hacia la puerta. Como es de suponer, me reconocieron. Esta vez no me dejaron ir, llamaron al ‘jefe’; el encargado de la fiesta. Supongo que es el director de la carrera.
Cambio de personalidad, como el antiguo comercial de Brahma: ¡sale! actitud: “soy un borrachín sinvergüenza que ha roto las puertas de los baños y quiere escapar haciéndose el loco”, ¡entra! actitud: “¡pero que está pasando aquí!, me están confundiendo… ¡¡¿que los baños qué?!! Oiga, no sé de que habla…”
Converso con el director, los de seguridad me miran asombrados. -¡¿No estaba borracho éste?!- utilizo todas las armas léxicas que poseo, intento convencerlo de que su seguridad está equivocada.
-¡qué barbaridad!, ¿como pueden confundir a la gente así? Y luego los verdaderos culpables caminan por ahí como si nada…-.
-¿pero tú no rompiste los baños?- dijo baños, yo no rompí los baños, sólo las puertas.
-¡¿baños?! ¿Cómo una persona normal puede romper los baños?, necesitaría una herramienta o algo… y aun así tomaría un buen tiempo, ¿sólo con mis manos?, es absurdo- creo que tomaré clases de actuación, podría graduarme muy pronto.
-sí, es verdad. ¿Pero entonces tú no fuiste? Me dijeron que estabas con un amigo tuyo, que fueron los dos-
-mis amigos están en la fiesta y estuvimos ahí todo el tiempo, tengo testigos…-
Y luego de eso me dejó ir. Debo agradecer enormemente al “bombero”, un compañero de mi facultad, que sin importar el pleito en el que estábamos, fingió ser el amigo que estuvo conmigo todo el tiempo. Le di las gracias, pero seguimos peleados, algún día arreglaremos.
Bueno, fue una noche cansada y difícil. Ya es muy tarde y voy a casa. Mamá se sorprenderá al verme llegar de madrugada, sano y con otra ropa…
-¡no mamá! Au, me duele…no te estoy mintiendo, pregúntale al “webo” au…
jueves, 26 de junio de 2008
lunes, 2 de junio de 2008
Fue ayer y sí me acuerdo
Bueno, de vuelta a escribir después de un tiempo abrumador de exámenes y trabajos inacabables. Últimamente me han pasado cosas dignas de un programa de Laura Bozo, esas historias que sólo se veía en el remedo de talk-show (porque de hablar, sólo el nombre) que tenía. La mía es como ésas, sólo que sin golpes ni gritos ni carritos sangucheros, lo de amantes… ahora les cuento. ¡Que pase la…!
En la anterior entrada ya hablé sobre mi enamorada (si es que se la podía llamar así, que es lo que dije) y de cómo tuve un pleito con ella y que quizá ni la consideraba mi verdadera pareja. Lo de nosotros es un juego mutuo; hablamos las pocas veces que nos vemos, juega mucho con su lengua cuando está conmigo y practica sus tocamientos indebidos, que a mí me parecen bien debidos, si nos encontramos en uno de esos huecos que dicen que hasta la luz se traga (muy a lo Sanz).
A mí me parece que ella también lo tomaba así, y que en el fondo quería pensar que era algo más o menos serio. Este tiempo no me impedía, en lo absoluto, mirar a otras chicas, hablarles o tocarlas (aunque esto último no es posible si quieres conservar tus mejillas del mismo color e indoloras). Las últimas llamadas para vernos me insinuaban que este juego se acababa; al hecho de que soy un chico muy ocupado, aunque no lo parezca (no creo que lo sea, no en serio), se sumaban sus “hoy no puedo” cada vez más seguidos.
Ayer tenía que llamarla pero no lo hice, quizá por pereza o simplemente porque no quería. La salida frustrada con unos amigos de mi clase me tenía colgado un viernes sin saber qué hacer. Supongo que daré mi examen de inglés y me iré a casa. Dormir bien un viernes no está de más. Mientras esperaba que llegue mi profesora se me acerca una chica, literalmente (lo de chica), para venderme los pases que tenía para su fiesta de cachimbos, que era esa noche.
-amigo, colabórame con estos pases pes-. Me recordó al loco jeringa y no pude contener la sonrisa.
-ehmm… no sé… ¿de qué es?, ¿cuánto está?, ¿quieres pan?
-mi fiesta de cachimbo. Diez soles. No.
-¡diez! (con tono sarcástico). Si quieres te doy tres lucas.
-bueno… pero me compras tres.
Tan simple como eso, la conversación siguió en torno al mismo tema. Cuando empezaba a perder el control de la situación; estaba a punto de convencerme de comprarle las entradas (no sé por qué cedo muy fácilmente ante la insistencia, es un defecto), me refugié en una amiga que pasó por ahí en ese momento. Le pedí por favor que fingiera hablar de algo importante conmigo. La chica extraña y persuasiva me gritó, desde las escaleras, que me esperaría. Yo, aunque le había dicho eso para sacármela de encima, no le creí y asentí con la cabeza deseando que se fuera.
Sorpresivamente, la encontré al salir de mi examen, en el mismo lugar y no creí que estuvo esperando una hora y media. Eso es considerable para mí, yo normalmente espero unos minutos y me voy. No pude evitar sentirme mal conmigo mismo.
-¿ya vendiste tus entradas?- le grité algo esperanzado de que fuera así.
-¡no! Te estuve esperando- no me quedó otra que acercarme a ver qué hacía.
-ahora estoy yendo a mi facultad, si quieres me esperas en la puerta de tu fiesta y yo convenzo a mis amigos para ir y comprarte las entradas- era poco probable que pase, pero no sabía qué más decirle luego de que me esperara tanto tiempo.
-mejor te acompaño, ¿qué dices? ¿Puedo?
-(piensa algo para evitarla, ¡dile que no!) S-si… vamos (D’oh!)- tengo un claro conflicto con mi subconsciente.
No encontré a nadie en mi facultad. Todos se habían ido. Y, ¿qué hago con ella? Quise llamar a alguno de mis amigos pero ella no me lo permitió y me preguntó si quería ir con ella y ser su pareja. La cosa se puso peor, quizá mi más grande defecto es que no sé cómo decirle no a una mujer. Esto me trae muchos problemas. Le hablé de mi conflicto con los ternos y trajes de gala, que no me gusta usarlos y menos para una fiesta. Al parecer lo entendió y me tomó del brazo preguntándome si me molestaba. Le dije que no.
Esa chica extraña, de quien no recordaba el nombre, ni ella el mío, empezaba a acercárseme, peligrosamente, cada vez más. Me preguntó si tenía enamorada. No supe qué responderle; la verdad es que yo no me puse a pensar seriamente en eso. ¿Tenía enamorada? Aunque no la consideraba así, estaba saliendo con alguien. Resolví que no. A punto de decirle eso, veo pasar a mi enamorada apócrifa con un tipo alto de aspecto desaliñado y agarrados de la mano. No supe qué sentir y descubrí que no tienes que saber qué sentir sino sentir lo que sientes. Y no sentí nada. Nos miramos, yo con una mirada sarcástica y ella con una risa nerviosa. Pasamos uno al lado del otro sin volver la cabeza, al menos yo no.
-No. Estoy libre, no tengo enamorada-
-Ah que bueno. ¿Estás libre mañana en la tarde? ¿Tienes clases?
-No, sólo en la mañana, ¿Por qué?
-yo también estoy libre mañana en la tarde- Supe que ella quería que la invitara a salir (a veces soy tan poco perceptivo).
-Ya pues hacemos algo. ¿A qué hora tienes tiempo?
-Qué tal a las tres y media… te doy mi número, 951…
Ya en la puerta de su casa me abrazó y rodeó su cintura, y algo más, con mis manos. No es precisamente mi tipo, pero tampoco la rechacé, no sé por qué.
De camino a casa me di cuenta que se olvidó sus entradas en mi mochila. Bueno, veinte soles no se pueden desperdiciar así. Llamé al "webo" para ir a la fiesta esa. La pasamos bien con dos amigos más, un primo falso y diez tíos de seguridad que nos buscaban ferozmente por problemas que pasan cuando le haces caso a las "webadas" sin sentido que te invita a hacer el "webo". Aunque esto es parte de otra historia.
Son las tres de la tarde, iré a buscar a esa chica misteriosa para ver qué pasa, me mata la curiosidad. Extrañamente no tengo resaca; todo pasa por algo, me lo dijo mamá.
En la anterior entrada ya hablé sobre mi enamorada (si es que se la podía llamar así, que es lo que dije) y de cómo tuve un pleito con ella y que quizá ni la consideraba mi verdadera pareja. Lo de nosotros es un juego mutuo; hablamos las pocas veces que nos vemos, juega mucho con su lengua cuando está conmigo y practica sus tocamientos indebidos, que a mí me parecen bien debidos, si nos encontramos en uno de esos huecos que dicen que hasta la luz se traga (muy a lo Sanz).
A mí me parece que ella también lo tomaba así, y que en el fondo quería pensar que era algo más o menos serio. Este tiempo no me impedía, en lo absoluto, mirar a otras chicas, hablarles o tocarlas (aunque esto último no es posible si quieres conservar tus mejillas del mismo color e indoloras). Las últimas llamadas para vernos me insinuaban que este juego se acababa; al hecho de que soy un chico muy ocupado, aunque no lo parezca (no creo que lo sea, no en serio), se sumaban sus “hoy no puedo” cada vez más seguidos.
Ayer tenía que llamarla pero no lo hice, quizá por pereza o simplemente porque no quería. La salida frustrada con unos amigos de mi clase me tenía colgado un viernes sin saber qué hacer. Supongo que daré mi examen de inglés y me iré a casa. Dormir bien un viernes no está de más. Mientras esperaba que llegue mi profesora se me acerca una chica, literalmente (lo de chica), para venderme los pases que tenía para su fiesta de cachimbos, que era esa noche.
-amigo, colabórame con estos pases pes-. Me recordó al loco jeringa y no pude contener la sonrisa.
-ehmm… no sé… ¿de qué es?, ¿cuánto está?, ¿quieres pan?
-mi fiesta de cachimbo. Diez soles. No.
-¡diez! (con tono sarcástico). Si quieres te doy tres lucas.
-bueno… pero me compras tres.
Tan simple como eso, la conversación siguió en torno al mismo tema. Cuando empezaba a perder el control de la situación; estaba a punto de convencerme de comprarle las entradas (no sé por qué cedo muy fácilmente ante la insistencia, es un defecto), me refugié en una amiga que pasó por ahí en ese momento. Le pedí por favor que fingiera hablar de algo importante conmigo. La chica extraña y persuasiva me gritó, desde las escaleras, que me esperaría. Yo, aunque le había dicho eso para sacármela de encima, no le creí y asentí con la cabeza deseando que se fuera.
Sorpresivamente, la encontré al salir de mi examen, en el mismo lugar y no creí que estuvo esperando una hora y media. Eso es considerable para mí, yo normalmente espero unos minutos y me voy. No pude evitar sentirme mal conmigo mismo.
-¿ya vendiste tus entradas?- le grité algo esperanzado de que fuera así.
-¡no! Te estuve esperando- no me quedó otra que acercarme a ver qué hacía.
-ahora estoy yendo a mi facultad, si quieres me esperas en la puerta de tu fiesta y yo convenzo a mis amigos para ir y comprarte las entradas- era poco probable que pase, pero no sabía qué más decirle luego de que me esperara tanto tiempo.
-mejor te acompaño, ¿qué dices? ¿Puedo?
-(piensa algo para evitarla, ¡dile que no!) S-si… vamos (D’oh!)- tengo un claro conflicto con mi subconsciente.
No encontré a nadie en mi facultad. Todos se habían ido. Y, ¿qué hago con ella? Quise llamar a alguno de mis amigos pero ella no me lo permitió y me preguntó si quería ir con ella y ser su pareja. La cosa se puso peor, quizá mi más grande defecto es que no sé cómo decirle no a una mujer. Esto me trae muchos problemas. Le hablé de mi conflicto con los ternos y trajes de gala, que no me gusta usarlos y menos para una fiesta. Al parecer lo entendió y me tomó del brazo preguntándome si me molestaba. Le dije que no.
Esa chica extraña, de quien no recordaba el nombre, ni ella el mío, empezaba a acercárseme, peligrosamente, cada vez más. Me preguntó si tenía enamorada. No supe qué responderle; la verdad es que yo no me puse a pensar seriamente en eso. ¿Tenía enamorada? Aunque no la consideraba así, estaba saliendo con alguien. Resolví que no. A punto de decirle eso, veo pasar a mi enamorada apócrifa con un tipo alto de aspecto desaliñado y agarrados de la mano. No supe qué sentir y descubrí que no tienes que saber qué sentir sino sentir lo que sientes. Y no sentí nada. Nos miramos, yo con una mirada sarcástica y ella con una risa nerviosa. Pasamos uno al lado del otro sin volver la cabeza, al menos yo no.
-No. Estoy libre, no tengo enamorada-
-Ah que bueno. ¿Estás libre mañana en la tarde? ¿Tienes clases?
-No, sólo en la mañana, ¿Por qué?
-yo también estoy libre mañana en la tarde- Supe que ella quería que la invitara a salir (a veces soy tan poco perceptivo).
-Ya pues hacemos algo. ¿A qué hora tienes tiempo?
-Qué tal a las tres y media… te doy mi número, 951…
Ya en la puerta de su casa me abrazó y rodeó su cintura, y algo más, con mis manos. No es precisamente mi tipo, pero tampoco la rechacé, no sé por qué.
De camino a casa me di cuenta que se olvidó sus entradas en mi mochila. Bueno, veinte soles no se pueden desperdiciar así. Llamé al "webo" para ir a la fiesta esa. La pasamos bien con dos amigos más, un primo falso y diez tíos de seguridad que nos buscaban ferozmente por problemas que pasan cuando le haces caso a las "webadas" sin sentido que te invita a hacer el "webo". Aunque esto es parte de otra historia.
Son las tres de la tarde, iré a buscar a esa chica misteriosa para ver qué pasa, me mata la curiosidad. Extrañamente no tengo resaca; todo pasa por algo, me lo dijo mamá.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





