miércoles, 27 de agosto de 2008

Divagación sobre la esencia del amor

A veces las cosas pasan tan deprisa… Y no sé si esto sea bueno o malo; depende de cómo las mires y qué sea lo que pase. A este sinfín de momentos y situaciones (porque, pienso, son todas las cosas que vivimos) no escapa el amor, que lo considero situación. Para mí, todo se reduce a esos dos aspectos: momentos y situaciones, y no sé si mi teoría es producto de un análisis y síntesis concienzudos de estudios, que es -a mi parecer- la manera correcta de lanzar una, o de un simple arranque repentino de decir algo para tener en qué sostener una propuesta impensada; quizá por una genialidad oculta en el sabio potencial que duerme en mi ello o por una casualidad lapicero-mano ayudada y condicionada por una hoja de estilo antiguo que me regaló mi abuelo y el lapicero del “Sheraton Lima” que apareció de pronto en mi escritorio. Pero a veces lo impensado resulta ser tan cuerdo…

Pienso al amor, a diferencia de muchas otras personas (que son casi todas las que conozco), como una situación que puede durar mucho o poco, y en el fondo eso no importa; que puede ser intensa o vana; que puede ser espontánea o nacida de asiduas repeticiones de pensar en la otra persona no gustándote al principio; que puede ser sana o morbosa; en fin, que puede ser buena o mala, o ¿mala o buena?; depende si el morbo es del agrado del señor lector. Depende, en suma, exclusivamente de la subjetividad cuál de las dos sea. Sí, pienso al amor como algo nunca íntegramente bueno; que, como casi todas las cosas de la vida (digo casi porque no las conozco todas, y ante la duda es bueno el indeterminado), esconde un lado oscuro o en algunos casos un lado bueno; en el supuesto de que se manifieste penumbroso, que es como lo hacen las obsesiones extremas, fanáticas. El amor es una suerte de Míster Hyde impersonal (el primer nombre lo escribo en español, siendo la frase susceptible de pronunciarse “míster jide”; que no es correcto, pero muy pocas veces escribo en inglés), porque nunca sabrás cuándo estallará ese lado perjudicial que quieres esconder; que intentas ignorar, y cuando aflore, controlará todo; sea para bien o para mal. Y en ambos casos da miedo; nuestro desasosiego ante el cambio es innato.

El amor es, también, todo lo que pienses que es. Así, si piensas que es una porquería, lo es. Y si piensas, como yo, que es esa relación pasajera que viviste hace sólo unos días y que no la considerabas tal, también lo es. Según lo dicho anteriormente, las pasiones, aventuras, agarres, maní-fugas (que deriva del choque-fuga; teoría inspirada en joder a un amigo de la promoción: “Maní”), trampas y demás peruanismos, serían amor. Y es que yo ya no sé lo que significan las palabras, de las innumerables formas en que puedes emplearlas, de lo difícil que es seleccionar cuál usar en qué casos. Prometo algún día explicar lo anterior con más tiempo, porque a pesar de que parezca que la razón de esa incertidumbre es la falta de un diccionario, aseguro que no la es.

Retomando el tema principal; ¿qué es el amor?, y trataré de no irme por otros lados, es que es una debilidad; hablo, leo o escribo acerca de alguna cosa y termino por otra, quizá por una curiosidad extralimitada sobre todo lo que existe (relativamente hablando) o por una manía aún no descubierta… ¡carajo!, lo estoy haciendo de nuevo. Ya, ahora sí; decía que a pesar de mi incertidumbre léxica, sigo creyendo con firmeza que el amor es cualquier ínfima relación (de pareja, de acercamiento, sexual o como quieras llamarla), estrictamente voluntaria, claro está, que tengamos con otras personas; preferentemente con el sexo opuesto, a no ser que tengas gustos homosexuales, lo cual tampoco es malo, pero no es mi caso (obviamente me estoy refiriendo al amor de pareja, no al amor en su totalidad; no te preocupes si amas a tu papá o tu mamá, este es otro tipo de amor, no hablo de ése).

Yo he tenido, por decirlo así, varias experiencias con el amor; claro que no muchas son triunfantes. Y puedo decir que cada vez que comienzo una nueva, pareciese que la anterior no era amor, que sólo esperaba ésta, la actual, y que sería la última (bueno, no todas las veces fue así; sólo en las más o menos serias). Pero también puedo decir que el amor es diferente en cada situación; ojo, no en cada momento. El momento es (lo entiendo) sincrónico; mientras que la situación es diacrónica. Digo que el amor puede ser diferente en cada relación y que esto no significa que en la anterior no lo hubo; es sólo que existen, ahora, diferentes factores que alteran el producto. De las dos posibilidades anteriores, me quedo con la segunda, quiero creer que es la segunda, porque no puedo pensar en que todas las relaciones que he tenido fueron un engaño, una mentira. Me resisto a pensar que mis recuerdos, muchos de ellos los mejores de mi vida, no sean de verdad, que son una ilusión.

Aunque cualquier persona pensaría que el tener numerosos enamoramientos o amoríos es muy bueno porque te dan experiencia, no es del todo cierto; lo que te dan es mayor fluctuación. Claro que no en todo sentido, el tener experiencia en el amor está bien, lo malo es tomártelo muy en serio y creer que lo sabes todo; que todas(os) son iguales y que puedes manejar a tu pareja actual como lo hiciste con la anterior y que todo irá bien, que no tienes por qué preocuparte porque, al fin y al cabo, sabes los trucos necesarios. Al final te das cuenta que esos tus trucos no sirven, caducaron, finito, chao. Cada persona es un mundo.

En el amor no hay formas, y todos tus conocimientos se ven preocupantemente limitados y te encuentras, como decía Heidegger, “yecto”; arrojado a una realidad que no conoces ni manejas. Es una atmósfera penumbrosa, engañosa. Yo, ciertamente, he vivido cosas así. Mis relaciones sentimentales, en las que están incluidos los peruanismos que mencioné, han sido, de una u otra forma, tortuosas. Desde mi primera enamorada en un verano de mi niñez hasta mi último acercamiento con una chica que no conocía mucho, el que parecía andar mal pero ahora que converso con ella me doy cuenta que no, he conocido numerosas personalidades, formas de pensar, de vestir, de hablar, de besar, de todo. Pero hay algo siempre presente; no se qué es. Será lo que dice una canción algo conocida (o ya no mucho): “…y la encontraré de nuevo; pero con otro rostro y otro nombre diferente y otro cuerpo, pero sigue siendo ella…”

Yo creo que para todos nosotros siempre hay y habrá esa “ella”, que, como a mí, nos perseguirá toda la vida, que estará presente donde menos nos la esperemos, y aunque nos pasemos de largo y no la tomemos en cuenta, regresará a torturarnos con recuerdos que no tenemos, con nostalgia inexistente. Esa “ella” es la esencia de nuestras relaciones, un flogisto amatorio del que no podemos escapar, a no ser que yo sea un Becher y algún Lamonosov o Lavoisier me desmienta y haga entender que estoy errado. Lo que consideraría muy provechoso para mi salud mental, para ponerle fin a esta quimera que me mata. Y si alguien piensa o sabe que ese amor fantástico, perfecto, que aparece en las películas, cuentos, fábulas y demás mentiras, existe, que me diga cómo encontrarlo; que, al parecer (utilizando una frase Bayliana con un pequeño cambio) renegó de mí por dudar de su dudosa existencia. En todo caso, agradezco cualquier ayuda.