miércoles, 3 de septiembre de 2008

Mi amiga irreversible

A veces la inocencia se acaba. Y es inevitable… inminente; todas las cosas que creemos que son como las pensamos terminan siendo total y asombrosamente distintas. Hace poco menos de una hora, vi a una de mis más caras amigas saliendo de un hostal, bueno, hospedería, ya que en un hostal también te dan comida (le diría hotel, pero no sé si sus habitaciones son cómodas, no lo creo; pero...). Fue una sensación extraña, incómoda y… extraña. Iba caminado meditabundo, como acostumbro (por eso si me conoces y no te saludo en la calle, aunque estés a dos centímetros de mí, no es porque no quiera; sino porque mi enajenamiento es tal, que no me percataría si estoy mal arreglado, desnudo o con la ropa puesta al revés… ayudan también mis ojos cada vez más miopes), cuando de pronto la vi bajar los escalones que daban a la calle, lo cual no es muy conveniente si decides entrar a uno de esos lugares. Yo, indudablemente, preferiría uno más o menos discreto. He ahí el problema al momento de elegir un hostal inocuo para la imagen que la gente tiene de ti (más aun si vives, como yo, en una ciudad pequeña), claro que uno diría: ¿qué le importa a la gente lo que haga o deje de hacer? Efectivamente, y ahí está lo malo, le importa, y mucho. Es irremediable; la gente (y estamos incluidos todos) tiene una frenética pasión por saber la vida (y obra) de la mayor cantidad de personas que conozcan, y de las que no también.

La imagen que proyectas a veces lo es todo. Y no lo digo por narcisismo, sino porque si he aprendido algo en mi vida tan despreocupada, insensata y, a veces, egoísta, es que el prejuicio público es más fuerte y hasta más verídico, creíble que la propia verdad; tu verdad, la que sabes que es y no la que ellos piensan. Pero ese no es el punto, que al fin y al cabo no sé si alguien más la vio. El meollo acá es que yo, precisamente yo, la advertí. ¿Por qué?, no lo sé, y es, estoy exagerando, la marca de un antes y un después. A. v. s. H. (antes de verla saliendo del hotel) y D. v. s. H. Estoy escribiendo esto no por criticarla ni porque reproche lo que hizo; al contrario, soy la persona que está más fanáticamente de acuerdo con el sexo casual, prematrimonial (para las mujeres aún conservadoras), y hasta amical, que me parece uno de los mejores; sino porque no pensé que llegara el momento de descubrir que ella hacía esas “cositas”. Es como cuando (felizmente no me pasó) te dicen cuando niño que Papá Noel no existe, o el ratón de los dientes, o tu hada madrina o el amigo imaginario que te acompañó tanto tiempo. Supongo que se debe sentir así.

Sin duda me he quedado imbécil del impacto psicológico que me causó el imaginármela en la habitación del hotel con algún sujeto que espero no conocer porque mi idiocia sería mayor; un trastorno irreversible (obviamente estoy exagerando, y demasiado. A veces me critican por hacerlo tanto, pero así soy ¿qué puedo hacer?, la hipérbole es parte de mi vida). Lo embarazoso y penoso vendrá luego; no sé cómo hablarle la próxima vez que la vea, porque, al salir, ella también me vio y supongo que debe estar más enredada que yo. ¿Fingiremos que no pasó ni vimos nada?, ¿le diré que no sé de qué me habla si me pregunta si vi algo?, ¿hará lo mismo si yo se lo pregunto? No sé qué sucederá, pero me quedaré con este trauma, al parecer, toda la vida.