Hoy de nuevo pasé por la calle en pendiente, miré hacia abajo como buscándola con la luna llena en mi frente y sangré. Y se me vino la insoportable tristeza de saberla perdida, que reprocha mi soledad y que me hiere y aun en el suelo me hiere. Estoy de acuerdo con el teorema que dice que el sufrimiento te mata, pero si yo muero, sé que mi pena aún vivirá y que seguirá dolorida por ella; es que la quiero tanto, pero sé que no la quiero. A veces la miro y me hundo en sus ojos, a veces la extraño y quisiera besarla. La siento ausente en mis tardes pensativas: ésas que con el sol muriendo me hacen llorar y me hablan de congoja y de soledad. A veces me gusta y otras no. Como dice Neruda: el fuego tiene una mitad de frío. Pero mi vida tiene dos vidas para amarla; por eso no la amo todavía. No la amo para comenzar a amarla; para comenzar el infinito.
Hoy en la tarde la he buscado y vagueante exploré por todos lados; ella me hablaba de cosas, cosas buenas que, al fin, no son tales porque hieren. He aprendido esta tarde a dejar de averiguar muchas cosas, a conformarme con lo que me dicen y a no investigar por mi parte si es cierto o no. ¿Qué vale más? ¿Vivir sufriendo o morir sabiendo?, ¿vivir ingenuo pero feliz o estar triste por saber la verdad? En el amor todos buscan la felicidad, ¿qué vale más? ¿el amor o la mentira?, ¿la felicidad o la verdad?
Yo propongo una teoría, aunque casi obvia; que el corazón herido es el mejor poeta. Y ya pienso que el mío, más que latir, sirve para eso: para herirlo y hacerlo escribir. A veces lo simple y de apariencia inofensiva resulta ser, inexplicablemente, lo más dañoso, resulta que las cosas pequeñas son las que hacen más daño. Ella me rompió el corazón antes de moldármelo; es esa sensación que debe sentir quien dice que enviudó antes de casarse o de saberse perdido antes de enrumbar: es un exofrasis.
Lo mío también es un exofrasis; es que los hay buenos como los hay hirientes, los que te destrozan, que martirizan y que matan. Estos últimos son los que te acaban, los que te envenenan. El resultado es desastroso, pues me siento insanable; a no ser que la vea de nuevo, que me hable de nuevo y que me sonría como sólo ella sabe hacerlo. Es que es mi verduga y mi salvación; y no es que yo sea una especie de masoquista, yo sostengo que cuando uno ama, odia y ama. Y que del odio nace más amor, y que si odias es porque amas. Ella es, en efecto, eso; mi odio y mi amor, que me busca y que me olvida. Aunque aún no estemos juntos y aunque no sepa si alguna vez lo estemos.
martes, 11 de noviembre de 2008
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