Mi abuelo me mira del otro extremo de la mesa como preguntándose si es que me robaron la lengua o si no quiero hablar con él. “Éste no va a decir nada” se dice, “mejor le pregunto algo para ver si rompe este silencio sepulcral”. “¿Cómo te fue en la universidad?” me pregunta. “Bien”, le respondo. Me mira y se lleva a la boca un tenedor henchido de arroz. “¿Están avanzando normal?, las universidades públicas pierden mucho tiempo en huelgas y esas cosas” me pregunta (y se responde solo) de nuevo. “Sí, todo normal” le digo. Se rinde, “éste no tiene cura” piensa. Continuamos sentados en la mesa, almorzando, por unos minutos inacabables más. Termina de comer, se levanta y me dice “provecho doctor”, como suele decirme no sé si por aprecio, respeto, augurio o sarcasmo. “Provecho papapa” le respondo (me he quedado con la forma de Jaime Bayly de llamar a su abuelo desde que leí una hoja perdida de uno de sus libro en mi niñez). “Lo siento, no hablo cuando como” murmuro para mis adentros, no se lo digo por que no lo entendería, pensaría que es una excusa tonta. Pero es verdad, es una manía, o más bien una no-manía; creo que lo anormal es hablar cuando comes. Pero díselo a la gente; me pensarían un loco, un excéntrico, un desadaptado.
Llego de la universidad a la una de la tarde, como siempre. Todos están en la mesa almorzando. Saludo, voy a lavarme las manos y me siento. Mamá me mira y no deja de hacerlo. Me incomoda. “Tienes que cortarte el pelo” me dice. “No”, le digo, “Así está bien” (aunque sé que no es cierto. No me llevo bien con mi cabello, está muy grande pero no me lo corto, es un acto de sublevación, además no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Hago lo que pienso aunque al final casi siempre me equivoque). Hojeo el periódico y molesto sigo creyendo que ese diario va de mal en peor, no debieron descentralizar las ediciones. Ella sigue viendo su novela en la televisión que tampoco me agrada. Las telenovelas brasileñas deberían prohibirse, retardan la mente de las personas, todas las telenovelas lo hacen, pero pienso que las brasileñas lo hacen más. “Mi hijo no habla” piensa, “es un mudo incurable”. “No hablo cuando como” pienso y respondo su abstracción. No se lo digo porque no lo entendería, nadie lo haría.
Mi hermana llega de visita con su novio para una fiesta de no sé qué. Hoy no tuve clases en la universidad, así que estoy sentenciado a poner la mesa y a pasar los platos y a ser el anfitrión en el comedor porque todos están el la cocina y no sé qué hacen, pero hacen algo. Me siento, él, que vino con su hermano, también lo hace, ambos se sientan. “¿Estudias en la universidad? Me pregunta. “Sí” le digo, “Derecho”, haciendo algo no común en mí: tratando de extender mi respuesta. “Hay muchos abogados ahora” me dice y repite lo que casi todos me responden cuando les digo lo que estudio (los que no lo hacen lo piensan, pero no lo dicen por comedimiento, yo diría que hasta por pena). “Sí pues, hay muchos” digo y mi hermana y mi madre dicen: “Christian no habla” al unísono. “Es que no hablo cuando como” respondo. Lo dije ahora, seguramente para no quedar mal. Todos me miran, se hace un silencio lastimoso, compasivo. Sus miradas conmiseradas me hunden. Se vuelven a sus platos y siguen comiendo. No lo entienden, nadie lo hace.
He faltado a mis clases por acompañar a mamá a que se haga unos análisis y vea un médico porque la noche anterior se sintió mala. En realidad no he faltado a nada porque los profesores están en huelga y nadie hace clases. Pero me gusta que mi mamá piense que sí, que he faltado por ella. Llegamos a casa y encontramos a mi abuelo en la sala hablando con dos sujetos extraños, con voces chillonas y modales exóticos. Me resultan familiares, se me hacen conocidos. “¿Es Christian?” gritan. “¡Cómo ha crecido! Ya es un caballero” (no sé por qué usan esa palabra, y me quedo pensando en lo que significa). “Son tus tíos” me dice mi abuelo. Los saludo prudentemente, por si se les ocurre pellizcarme las mejillas o algo peor: uno nunca sabe. De nuevo, como ya es costumbre cuando hay visitas en la casa, todos entran a la cocina y se vive adentro una parafernalia culinaria en la que todos sienten que colaboran. Aunque uno nunca sabe lo que hacen, pero ellos piensan que hacen algo, que son útiles existiendo en la cocina. Yo, resignado, me siento en la sala y converso con mis tíos desconocidos y sus voces arequipeñas retumban en las paredes y opacan la música. Apago el radio. Hablamos de política y digo lo que se me viene a la mente, que es lo que hacen generalmente los políticos, y la tertulia es fluida. Mi abuela nos llama a la mesa y, previsiblemente, sus sobrinos se hacen de rogar un rato arguyendo que ya comieron y que no quieren molestar. Pero no se van, y luego se sientan a la mesa y quieren seguir la conversación. “¿Qué estudias Christian?” me preguntan. “Derecho” les digo. “Hay muchos abogados” me dicen, “Las carreras técnicas son las más rentables en estos tiempos”. “Me gusta Derecho” les respondo. Se me quedan mirando, como queriendo curarme de una enfermedad que ellos inventan que tengo. Sigo comiendo. “Se ha molestado” piensan. Pero es sólo que no hablo mientras como y no lo entenderían.
Hoy en la noche se casa mi tía. Han llegado mis tíos (ahora sí conocidos), mis primos y mi hermana y su novio. Me ayudan a poner la mesa, faltan sillas, armamos una mesa de campo en el centro de la sala. Nos sentamos a comer y empieza la conversación entre todos. Me limito a escuchar. Mi tío, cargante como siempre, lanza ironías por mi mudez permanente. Es que casi sólo convivimos en el almuerzo y no me ven hablar. Creo que ya no me importa que piensen que soy como piensan que soy. “Habla algo pues christianito” me dice mi tía recordándome mi apodo arequipeño de verano en mi niñez. “Es que no hablo cuando como” le digo, “es una manía, perdón”. Me miran igual que todos los que pasaron por esa mesa y escucharon lo que han escuchado. “Lo siento, no puedo evitarlo, es algo con lo que naces” aumento y escucho una risa ligera de mi primo. “Creo que ya lo solucioné” pienso. “Este christianito no habla” dice. “Déjalo, así es” dicen mi hermana y mi mamá, defendiéndome tan bien que no se nota. Estoy resignado, no creo que lleguen a entenderlo. Extrañamente no me miran con la compasión con la que todos lo hacen cuando saben de mi “defecto reservado”. Pero sí lo hacen cuando, para mala suerte mía, suelto una risa cuando mi prima dice que es domingo y hay que ir a misa. En serio pensé que era de broma, todos me miraron incisivamente. Me había olvidado que son muy católicos. Mi madre desvela mi posición frente a la religión (en realidad ella tampoco lo entiende y me piensa ateo, lo que no es completamente cierto: sólo me considero no-católico, por ahora). “No quiero hablar de eso” digo, “no hablo cuando como".
martes, 9 de diciembre de 2008
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