miércoles, 17 de diciembre de 2008

Historia destitulada (parte I)

Es lunes y amanece nublado. Voy en busca de algo para tomar, abro la nevera y recuerdo, insomne, que olvidé ir de compras. No me perturbo, no quiero que nada en el día lo haga, mi cordura va a estar presente siempre. Hay café preparado, aunque no es lo que quiero, no hay otra cosa. Al menos podré, imaginándome un escritor constante, sentarme en la terraza con la taza en una mano y un lápiz en la otra y una hoja en la mesa. Así los que pasen por la calle me verán y pensarán que escribo, aunque no tenga nada de qué escribir. Recuerdo la noche anterior y me lleno de satisfacción. Sé, para buena suerte de mi ego, que todavía no he perdido el “toque” del que me jacto con las chicas. Normalmente cuando salimos de fiesta en las noches buscamos algunas incautas que seducir. No me puedo quejar, me fue bien.

Desde este balcón, que convenientemente es un poco más salido que otros, se puede ver casi todas las casas de la calle. Sentado aquí, me doy cuenta de que tengo una nueva vecina. En verdad, no conozco a casi nadie de mis vecinos, soy un ermitaño antisocial, no porque quiera, sino porque me cuesta mantener el saludo con las personas por mucho tiempo. Al principio la gente se me acerca o me saludan de lejos y poco a poco, con el pasar del tiempo, se van alejando, cada vez más, hasta dejar de saludarme en la calle. Dicen que es por mi culpa, porque parezco un desinteresado en conocerlos, en saludarlos y hablar de cosas que me parecen inútiles. Es cierto, no me interesa saber si el perro del vecino del costado mató a la gata de la estudiante universitaria de enfrente. Si la señora de la casa incolora al fin pudo divorciarse de su marido mujeriego. Si los hermanos colegiales de la casa amarilla llegaron borrachos de nuevo y armaron otro escándalo. No me interesa nada de eso. Y creo que el problema no está ahí, sino en que no puedo fingir. No soy como los demás que aparentan interesarse por las historias de quien sea que se les cruce por el camino. Todos simulan, todo es una mentira, un fraude; nadie se interesa, honestamente, en los problemas de otros.

Pero aun así, sin percatarme de las cosas de los demás, conozco los rostros, al menos, de casi la mayoría. Y sé que esta chica, la que estoy viendo hacer ejercicios en su sala, no tiene más de dos semanas aquí. No me avergüenzo de verla así, en ropa ajustada haciendo esas contorciones que me parecen agotadoras, porque estoy con mi café y con mis hojas escribiendo historias irrelevantes, como todas las que tengo. Pienso: Si por alguna razón me ve desde su ventana, actuaré normal y aquí no pasó nada. A lo mucho se irá a otra parte de la habitación a continuar con su gimnasia o cerrará las cortinas. De pronto, la joven levanta su cuerpo atleta, gira su cuello para un lado y luego para el otro y me mira fijamente a través del vidrio exageradamente pulido que nos separa. La miro también y trato de sonreírle. “¿No era que simularías no verla?” Ya es muy tarde, me quedo abobado con los ojos fijos puestos en ella, en su ropa ajustada, en sus ojos gigantes. Y me recuerda la caricatura que veía sin razón en la sala de mi hermana, cuando la visitaba en Arequipa, que me miraba con los mismos ojos, y con la misma serenidad, circunspecta, que a la vez no me miraban.

Me levanté, incómodo, como disgustado, y entré a la habitación con mi café pero sin mis hojas. Es linda, tiene buen cuerpo, se le nota inteligente, hace ejercicio, debe tener novio. Resulta casi imposible, en estos días cuando percibo una sobrepoblación de hombres, encontrar alguien así y libre. Por eso prefiero estar como estoy; sin buscar nada serio, teniendo aventuras, las veces que se presenten, con toda mujer que esté dispuesta a amarme 15 minutos. Hace tanto tiempo que no me enamoro que casi no recuerdo lo que se siente. Incluso no sé si fue amor la vez que me pareció sentirlo, hace tiempo ya, por una chica que conocí en la casa de mis tíos. Me cuesta recordar su rostro, sus gestos, su risa, las cosas importantes que se deben recordar, creo yo, por toda la vida. Por el simple hecho de haber compartido momentos juntos, por haber caminado muchas veces tomados de la mano, algunas bajo la lluvia, y de haber jurado cariño por siempre. Creo que soy un insensible, o más bien un insensibilizado.

Caigo en que ya es tarde para ir a la universidad, así que tomo un pan y me lo llevo a la boca mientras me visto y alisto mis cosas. En el camino me pongo a pensar en la chica de enfrente que conocí de vista hace unos minutos. Es algo mayor que yo, seguramente trabaja. El intolerable celular que me encadena al mundo socializado suena en mi bolsillo y sé que tengo que contestar, que si no lo hago, sonará una y otra vez hasta que lo haga. Es Jimena, con el argumento de siempre, que no sé por qué no me aburre ni me molesta (sólo algunas veces cuando tengo conversaciones más importantes, más espontáneas), diciéndome que se arrepiente de que ya no estemos juntos y que si me molestaría si salimos un día de estos para conversar de nosotros. Le respondo con frases algo frías que acostumbro mandarle, pero al final siempre pongo un: “si tú quieres” o “me parece genial” o “a mí también me gustaría”, que me hace parecer no tan descortés.

De nuevo el mismo sonido me hace saber que recibí otro mensaje. No puedo creer la rapidez con que me respondió, esta vez debe estar realmente desesperada. Abro el mensaje y un texto parecido pero con otras frases me hace recordar que tengo una especie de enamorada por correspondencia, y me reprocha no haberle escrito desde hace días. No me gusta hablar con ella (ya no) porque sus preguntas y respuestas (que no son más que otras preguntas disimuladas) son demasiado melosas, empalagosas y, en algunos casos, insoportables. La he ignorado, como a sus preguntas, hace un par de semanas. Me he sentido vil, despreciable, descomedido. Pero creo que es la única forma de quitármela de encima, de que se aburra de mí y sea ella la que termine conmigo, que yo no tengo el valor ni la osadía de hacerlo. Nunca los tuve.