sábado, 24 de octubre de 2009

El poderoso caballero en la vida de Agustín Parra

Lo cierto es que el panorama había cambiado: el padre murió, la madre se quedó sin empleo, los abuelos sobrevivían a las justas, y a él, bueno le correspondía menos mensualidad de la madre. Lo poco que le daba apenas le alcanzaba para los gastos de la universidad; se había privado de comprar libros (tanto de derecho y de literatura, que eran los que más le gustaban), sería autodidacta. ¿Quién necesita lo que dice en los libros? Sólo repiten lo que uno ya sabe. Mentía, lo sabía. Los libros fueron todo en su vida; le hicieron ser lo que es ahora.

Cuando estaba solo, esto es que no tenía pareja, podía estar sin gastar un centavo por mucho tiempo, incluso perdía la cuenta de las semanas o meses. Esto le encantaba, creía que la felicidad, el edén, estaban en no utilizar el dinero para nada. Era una especie de liberación espiritual. Se sentía más libre, más humano, más hombre, cuando no gastaba nada da plata. Encontraba bonito caminar en vez de tomar el colectivo a donde tuviera que ir. A veces cruzaba la ciudad ida y vuelta y llegaba fatigado a casa, pero feliz. Cada centavo no gastado le hacía sentir realizado.

El amor, ese de pareja, de noviazgo, es caro. Aunque uno se tiente a especular, se satisfaga (o consuele) de algún modo, pensando (y diciéndoselo uno mismo, una y otra vez para autoconvencerse) que es desinteresado, innecesario de dinero, “desmaterializado”, en el fondo está la vocecita ésa, que casi todos ignoramos, recordándonos que nada de lo que queremos creer es cierto. No sé si se dan cuenta que cuando hay problemas de dinero las parejas siempre pelean. ¿Casualidad? No, el dinero funciona como un “aceite” que hace que todo fluya con normalidad, que los engranajes del amor se deslicen, grasosos, suavemente.

Desenlace: véase el último párrafo.

Inexplicablemente nublada, pues nunca fue así, la tarde del día siguiente se le presentaba a través del balcón del estudio donde trabajaba ya casi un año. Ese sábado entró por la puerta angosta que conduce a unas escaleras en caracol hasta esa oficina melancólica decidido a no hablar ni una sola palabra. Sólo se limitaría a poner música y contestar las llamadas de la gente que pide sus canciones. Sólo eso, un trabajo relativamente fácil; claro, sin considerar que el teléfono está casi malogrado y tiene que adivinar el nombre de la canción que le gritan cuando pide que repitan “fuerte y claro”, o esperar a que el interlocutor cante una parte de la melodía porque no recuerda el nombre.

Ser locutor de radio no es precisamente una forma de ganarse la vida, pero ¿qué vocación la es? No se gana bien, vamos, no se gana nada; es algo sacrificado, se tiene que estar de buen humor aunque se esté de un humor de perros; es estresante; un poco monótono, bastante monótono; pero, al final, vale la pena. Tú decides, imperativamente, de manera despótica, que quizá sea lo único imperativo o despótico que hagas en tu vida, qué van a escuchar las personas que tienen una radio. De alguna forma estarás mandando en su vida, tendrás el control, aunque pasajero, de sus oídos, de un pedazo de su existencia, habrás dominado un poco de su tiempo de vida; aunque esto signifique que cambien de dial.

Aparte de todos esos “ajes de oficio”, no había nada más que lo perturbara en su decidido intento de psicoanálisis esa tarde. Estaba solo en ese piso antiguo cerca al centro de la ciudad con una cajetilla de cigarrillos en su mano izquierda y un balcón colonial apócrifo al frente. Se paró y avanzó para ver el cielo gris que sería su conversador esta vez.

La sensación que le causa tener los bolsillos vacíos y pasarlo bien es fabulosa. Esas canciones se ponían cada vez mejor; al parecer había muchos melancólicos en esa ciudad, y la gente que llamaba pedía cosas suaves, enamoradas, declarativas, fumables. “Le pedí que se quedara pero ella no escuchó./ Se fue antes que tuviera la oportunidad de decir/ las palabras que enmendarían las cosas que se rompieron./ Pero ahora es demasiado tarde, se ha ido.” Maroon 5 estaba sin duda entre sus grupos favoritos ahora. Qué bueno que alguien más se tome el trabajo de decir las palabras que nos da flojera ingeniar, aunque estén en inglés.

Último párrafo: la enamorada lo dejó. Esto le dolió particularmente porque había pensado, tonto él, que todo lo que gastaba en ella era desinteresado y era así como lo asimilaba ella. Que si no gastaba era igual a si gastaba, que esto era secundario, que ella lo pasaba bien con él porque estaba con él. No, lo pasaba bien porque estaba de por medio el dinero de él. ¿Se imaginan el tremendo cambio de atmósfera que vivió este tipo? De la soledad espiritual, misia, encantadoramente austera, a la angustiante compañía con el trajín de hacer algo diferente cada día para que la “rutina” no acabe con la relación.

jueves, 8 de octubre de 2009

Souvenir

Érase una vez un niño en una ciudad llamada Penny Lane (no tiene nada que ver el nombre con el país donde vivía, pero… así son las cosas del amor). De visita y sin más conocidos que sus primos y tíos, llegó a pasar las vacaciones de verano en esa extraña, insospechadamente grande y bonita ciudad del sur. Su mejor amigo en la familia y él pasaron buenos momentos en su pueblo-ciudad de origen y era muy buena idea juntarse en ese verano.

Érase una niña mimada, engreída, renegona, posesiva, tacaña e insoportablemente (y conmovedoramente) dulce y bella. Tenía un hermano menor, una sonrisa linda y una habitación amansionada e incógnita al conocimiento humano (aunque no tenga sentido). Vivía en el segundo piso de la casa en la que vivían los primos del niño visitante.

Érase un encuentro nervioso, lento, infartante y colapsador en la sala del primer piso (todos los pisos tenían una) una mañana soleada, como siempre. Existían dos pares de ojos en aquella habitación; unos café claros y otros café oscuros, que se entrelazaban y acercaban cada vez más a sus sorprendidos poseyentes.

Érase una mejilla tan suave como un worlúnneo (animal rarísimo, casi mítico, que habitaba en Penny Lane y tenía la piel más suave que se pueda imaginar; de donde se dice que dios hace las alas de sus ángeles; pero que nadie nunca lo vio): era la de esa niña. Fueron minutos inacabables y gloriosos. Pero ninguno de los dos sabía de esta gloria; así que se separaron y cada uno se fue a un lado opuesto.

Érase una sensación inexplicable, nunca vivida, del niño que recién conocía Penny Lane: quería quedarse para siempre en ese lugar, con esa sensación.

Érase un beso apasionado, nunca se supo si enamorado, en la cama de los tíos de Penélope y Ulises. Ulises nuca supo si tendría una “odisea” y Penélope nunca supo si tenía un “Ulises”. Ninguno sabía nada, pero se besaban; se besaban y no importaba nada más. Se besaban en el pasillo, en el segundo piso, en el cuarto insospechado, en la terraza, en la cama. Éranse varios besos, muchos besos. Sangró una nariz.

No se besaron mucho (los besos son relativos).

Érase una despedida. Ninguno supo que se despedían. Fue una mañana, muy temprano, con maletas en la sala. No estaba Penélope; nunca comenzó una odisea. Pero Ulises se marchó con esas ganas de niño, que unas veces son y otras no son. Hubo una opresión en el pecho y un adiós a Penny Lane desde la ventana de un bus interprovincial.

Érase un final que no se acaba. Y un Ulises (que se cambió de nombre, por si acaso… uno nunca sabe) que escribe en un blog que Penélope nunca leerá.

lunes, 29 de junio de 2009

I

Habían pasado ya varios meses, casi un año. Pero la pesadumbre aún le duraba, aunque eran esporádicas las veces que recordaba ese episodio duro en su vida, le parecía seguir sintiendo exactamente igual que aquella vez. No sabe explicar cómo siente, nunca en este tiempo supo hacerlo; una mezcla de decepción y temor, bochorno, vergüenza, dolor, tristeza y frío… sí, mucho frío. Esa corriente maligna le recorría todo el cuerpo. A pesar de que ya llevaba medio año en esta ciudad, Alonso seguía sintiendo el frío de su natal Puno, pero sólo cuando la recordaba: cuando se ponía a pensar en lo que había venido a olvidar. Ella, la causa de su éxodo, de nombre incierto, de edad desconocida, de todo dato que permita identificarla precario, al parecer, fue alguien muy importante y a la vez dañina en la vida del taciturno Alonso. Dañina en todo el sentido de la palabra, porque, además de ese tratamiento que se automedicó de alejarse de ella para olvidar todo, no muy tarde supo que tenía que ir también al médico por unos dolores extraños que a veces le venían.

Luego de que llegó, al poco tiempo, todos lo notaron por su particular forma de ser. Aunque él tenía la impresión de pasar desapercibido, por su parquedad en demostrar afecto, por sus pocas palabras, por sus muy de vez en cuando salidas y por su enclaustramiento que le hacían parecer un loco ermitaño, la verdad es que muchas de las chicas que vivían por allí –que son casi todas porque este pueblo no es que sea grande tampoco- se pasaban las tardes hablando entre sí y tratando de descifrarlo, de, como decían muy graciosamente, “resolverlo”. Tenían muchas teorías sobre el tema, desde una enfermedad incurable hasta pura “petulantada”, como bien lo definió Carla, una de las chicas que, aunque no quiera admitirlo, se moría por él. Así conocimos al Vallejo del barrio, todo un antisocial, eso sí, medio intelectualón, algo que las chicas de por acá encontraban “sexy”.

Lo cierto es que Alonso no quería nada con nadie, nada de nada, ni “eso”, nada. ¡Cómo que nada!, decían ellas. Vamos a ver si es capaz de rechazar este cuerpito dijo hace tiempo Brenda, una chica algo mayor que todos y que tenía la fama de andar con varios chicos a la vez, algo que a nadie le disgustaba (excepto a las enamoradas de algunos de ellos cuando se enteraban… el lío que se armaba). La sorpresa que me llevé y que se llevaron todos, y seguramente la que se llevó ella en especial, fue cuando salió del departamento del casi recién llegado a los pocos minutos echando chispas y tirándonos el pelo cuando le preguntamos que fue lo que pasó. Ya todos sabíamos qué había pasado. Aunque él mismo me dijo, con una cara muy seria y algo abatida por “los golpes de la vida”, que no tenía ganas de hacer nada, yo, que también soy hombre, no le creí mucho pero entendí que, de enamorarse, nada de nada el flaco.

Nunca le entendí si le había sacado la vuelta, lo había abandonado porque sí, o no lo perdonó por algo que él hizo, o todas las cosas a la vez. Poco a poco iba hablando unos detalles más de lo que le duraba tanto tiempo. Flaquito, ya fue, ¡ya va ser un año! No te puedes pasar toda tu vida como estás ahora, le decía yo con ganas de animarlo. Sí, gordo, ya sé, me decía, quizá ya no es eso sino la nostalgia o la enfermedad, la familia se extraña y lo otro… debe ser brujería hermano. Al decir eso dibujó una especie de sonrisa sarcástica que hace tiempo no le veía. Estaba igualito que en el colegio, pero me preocupaba lo viejo que se había puesto por dentro.

Si yo no les contaba a los demás cómo era Alonso en nuestros tiempos de chiquillos, en el colegio, y ya al final, dejando la adolescencia, lo hubieran creído un magdalena incurable de la vida. Los chicos del pueblo son todos muy buena gente, por eso me quedé a vivir yo aquí hace mucho tiempo. Y no sé si él haría lo mismo y se quedaría a vivir acá como se lo propuse. Siempre se negó. Ya caerá. Aquí puede rehacer su vida, si eso es lo que quiere. En eso sigue siendo igual de terco, nunca admite una derrota, pero hasta que se le pase la dichosa “fase fénix de renacimiento”, seguro se muere de viejo y sin aceptar que esta vez su orgullo le salía sobrando y que era mejor comenzar de nuevo, perdonando, si era necesario. Es un cabeza dura que hace renegar. Yo también me pondré viejo si sigue así.

Las clases de francés que le voy dando ya casi un mes le han servido mucho por el interés que le despierta ese idioma. Me contó que quiso estudiarlo con ella allá en Puno, cosa a la que no accedió la chica porque estaba en el inglés y sus papás quizá no querrían y además no le gustaba el francés, y prefería el italiano, que se entiende más.

-Ya no hablemos de eso si no quieres –le dije intentando evadir otra posible crisis de melancolía, echando a perder lo ganado en la semana.

-No, está bien gordo –me dijo- no me hace mal eso. Ella era dulce en esos aspectos, me gustaba verla imaginar cosas con los ojos brillosos, como en los animes que daban en la tele. –Y a él también le brillaron los ojos como en esos dibujos que daban en la tele- Eso me gustaba de ella, parecía un dibujito…

-Ya, bueno, no te me salgas del tema que hoy no sales si no me dices los pronombres completos. –Le dije, viendo que se le venía la noche al recordarla como la recordaba.

-Ya, ya… que jodido, -la sonrisa que le vi esta vez no era sincera, pero ya volvía de su recuerdo- je, tu, il, elle…

sábado, 23 de mayo de 2009

22 de mayo, 7:02 pm.

Permaneció sentado en el mismo lugar donde habían conversado esos temas tan difíciles que nadie se atreve a hablar por casi una hora. Aún recordaba sus ojos al despedirse, esos dos munditos inquietos y vivarachos pero que ahora se inundaban de tristeza, ¿o sería rabia?, por cosas que a veces uno inventa. Alonso no se explicaba por qué las cosas tienen que ser tan difíciles, por qué uno no puede hacer lo que quiere sin consecuencias, sin tener que medir una posible respuesta de algún karma ensañoso que seguramente lo sigue desde toda su vida. Gabryela (sí, así se escribe) a veces dice cosas sin sentido y se contradice otras no pocas. Él siempre fue tolerante, mucho, demasiado, y quizá por eso se aprovechaban algunas personas que le conocían ese defecto.

Como estudiante de leyes, y ahora sí le gustaba que se lo recordasen, le importaban más otros asuntos que estar prestando atención a las cosas que hace la gente, a esas intrascendencias que le gustaba ignorar. Una de ellas era que se burlen de su nariz; "cosas de chiquillos", decía. Él siempre dijo que estaba por encima de todas esas inmadureces, incluida alguna que era marca en su vida y que su familia no le recordaba, hasta que, ebria, una de sus tías le entró, valiente, al tema. Alonso respondió lo que pensaba: "Yo soy más que la suma de mi pasado y mi futuro. A estas alturas de mi vida me importan otras cosas que considero importantes: una es mi carrera y la otra es ir al baño."

La respuesta del "montoncito", ahora un "montón", ya crecido, le dejó un reconocimiento nunca antes escuchado y una admiración apologética, de su tía, llena de palabreos y redundancias. Celia no podía creer que ese tema le importara tan poco a su sobrino sufrido y medio huérfano. Primero sorprendida, y luego conmovida, se soltó a llorar y a decirle, inentendiblemente, quizá por el alcohol, quizá por el llanto, que su forma de pensar la vida y esos golpes que a uno le cuesta franquear (ya no a él) la llenaba de orgullo y le propuso que hablara con su hijo en unos años para que le cuente cómo superó eso que a ella se le hacía tan difícil. Diego, el primo de Alonso, viviría lo mismo en poco (si no lo había hecho ya) pues le empezaba a preguntar por su papá. El futuro abogado le dijo que encantado (por dentro también se sorprendía de lo fácil que le parecía no importarle su padre, que no lo vio crecer ni estuvo en sus momentos difíciles, ni lo llevó de vacaciones a la playa, ni fue a su graduación; momentos que sí había sufrido un poco en su momento; inexplicablemente no en su adolescencia), y se preguntó, abstraído, si no se había convertido en un insensible.

Este capítulo, memorable, se le vino a la mente un poco antes de pararse y marcharse de aquel lugar, al frente de una iglesia híbrida (por lo que representaba y por lo que la gente que habitaba ese pueblo mítico creía que representaba), y caminar como le gustaba hacerlo: meditabundo. Sólo se le vino a la mente una canción de Alejandro Sanz, nada más, ninguna solución a su problema, y reconoció que en efecto es difícil sentir y vivir. ¿Por qué llegaban esas semi-peleas con Gabryela? ¿Acaso luchaba contra la corriente y era mejor dejarse de ver? Ella se lo había propuesto un par de veces, aunque de inmediato sus comportamientos hacían entrever que no hablaba en serio, que no lo quería así y que lo amaba como antes; como él la amaba a ella aunque no podía demostrarlo ¿o no estaba seguro si sentía eso en verdad? Creyó que nunca lo supo, que nadie lo sabe, que el amor es un invento, como dios.

Era de locos el sólo hecho de pensar que algún día podría abandonar a Gabryela, la chica que le despertó tantas emociones, sentimientos, reacciones, sensaciones, y demás cursilerías que estaba encantado de sentir porque le demostraban que era humano, como los demás, y no un mueble que creyó ser toda su vida. Nunca la abandonaría; era como dejar de ser quien era, ¿qué sería después?, sólo vacío, espacio, un miedo infinito y angustia inexistente. Alonso no quería ser ni vacio ni espacio ni miedo ni angustia ni nada; sólo seguir siendo él y seguir, por lo tanto, estando con ella. Él casi nuca dice mentiras, mucho menos a ella; es por eso que cuando fluctúa no le afirma ni niega algo. No todo el mundo entiende que a veces no se tiene ganas de hablar, no se le puede reclamar eso a todos; el egoísta (así se llamaba Alonso) tenía que aprender de una vez a exigir a cada uno lo que puede dar, como el rey que habitaba uno de los planteas que visitó "el Principito": el primer libro que leyó.

Sólo necesitaba un tiempo, no mucho, para pensar en si lo que hacía estaba bien, sintió miedo. Se le vino el recuerdo de esas tantas ocasiones que le pareció sentir lo mismo. No podía ser, no con Gabryela. No había razón para que pasara, no le cabía en la cabeza esa posibilidad, estaba claro que sería una estupidez dejarla. Se sintió enfermo y sospechó que no tenía cura, el tiempo que se pensó sano había sido una ilusión, un espejismo que algunos llaman amor. Se odió y se insultó. Ese Mr. Hyde que tanto quiso ocultar, eliminar, desaparecer de su vida, amenazaba con aflorar, con destruir eso que había construido con ella. No era divertido tener dos personalidades, ser tan inconstante. "No creo que lo entienda", se dijo, la comprendería si no. Ni él mismo comprendía lo que le pasaba en la cabeza… ¿la amaba y también no?, necesitaba un psiquiatra. Pero la amaba, más que nunca.


 


 


 


 

sábado, 9 de mayo de 2009

Un quiste necesario

En la mesa de mi casa generalmente no se habla mucho a la hora del almuerzo, sólo a veces cuando hay visitas. Ayer vino a almorzar mi tío que trabaja en la Dirección Regional de Salud, y comentó algo que alteró los ánimos de afecto a mi perro, pero no los míos, yo nunca lo dejaré de querer. Se trataba de la hija del amigo de la vecina de un tío lejano del cuñado de la enamorada del hermano del amigo de mi primo; ¡conocidísima! No me cupieron dudas sobre su existencia, casi un familiar. En fin, dijo que la habían internado en el hospital porque le encontraron un quiste en no sé dónde (no sé mucho de anatomía) a causa de un cúmulo de pelos de perro, de sus perros, dentro suyo. No sé si esto sea posible, ¿pelos de tu perro dentro de tu cuerpo? Dijo que los tragó o los aspiró por pasar mucho tiempo con ellos o dormir con ellos, no me quedó claro. Todos lo pensaron dos veces al mirar a Xavier, mi perro. Ya se sentía un ambiente tenso y poco afectivo hacia él.

¿Qué culpa tiene? ¿Nosotros nos descamamos (porque eso hacemos) voluntariamente acaso? Digamos que yo soy quien mejor trata a Xavi en la casa. Lo digo sobre todo por mi abuela, quien tiene una especial enemistad con él porque le deja sus faldas (que son todas negras y de un material que atrae naturalmente los pelos) llenas de una capa filamentosa de pelusa clara. Ella le dice: "¡Anda a un rincón!" y yo pienso: "¿Por qué no se compra un florero y lo pone en un rincón?" ¿Para qué es un perro?, yo considero que para acompañarme, para que me lama la cara cuando llego a casa, para que muerda mi mano si me duermo colgado de la cama, para que se orine en el centro de la sala de vez en cuando sólo por molestar, para que traiga la pelota cuando no se la pido y la lleve lejos cuando lo hago. Para eso es un perro, al menos yo pienso así, no para que esté en un rincón como una maceta, de adorno.

Ahora todos, inconscientemente, se alejan de él por las dudas. "Uno nunca sabe cuándo termine con un quiste como esa pobre chica que tuvo que ser operada." Yo no, yo sigo jugando con él como siempre y revolcándonos en el piso y rascándole, cuando me lo pide (porque lo hace), sus orejas. "¡Deja al perro! Te llena de pelos" me dicen. "Quiero tener pelos de perro" les digo, "me queda bien". Xavi y yo hemos pasado muchas cosas, nos conocemos desde que tenía un par de meses o menos. Fue mi compañía cuando me quedé varado casi tres meses en la selva, cuando fui a visitar a mi hermana. Salíamos cada tarde y hacíamos un dúo muy útil: Caminaba en las noches por la ciudad con él en mis brazos (aún era muy chico) y conocíamos chicas muy bonitas. Pasear solo con un cachorro en tus brazos parece que es atractivo. Me decían que era idéntico al del comercial de un papel higiénico (Xavi, no yo, obviamente); era de la misma raza: Golden Retriever. Conseguí algunos números telefónicos (y otras cosas más) y aún los conservo.

Una vez se enfermó gravemente a causa de un posible envenenamiento. Era en enero, regresábamos de un viaje corto a Brasil y, en la noche, caminando de regreso a casa, tambaleó, vomitó un líquido blanquecino y se desmayó. Lo cargué en mis brazos lo más rápido que pude, era grande, ya había crecido, pesaba un poco. Tomé una moto (en la selva los taxis son así) y fui camino a la veterinaria. No me importaba que se manchara mi camiseta nueva, mis jeans nuevos, tal vez irremediablemente. Corrí al cruzar la avenida para llegar más rápido y no me importó morir atropellado, Xavi ya había perdido el conocimiento varios minutos y no controlaba su esfínter anal, me embarró todo, no me importaba. Sólo quería que él esté bien. Llegamos a tiempo, él agonizando y yo vomitado. Lo salvaron. Estuve a su cuidado toda la noche, tenía conectada una especie de algalia por donde le suministraban no sé qué para limpiarle la sangre. Él me miraba y volvía a dormirse, fue la noche más larga que tuve. En el período de su recuperación, sólo podía comer una dieta especial que me dio el veterinario.

Le cocinaba todos los días. Cocinaba desnudo por el calor que hacía allá, la vecina del piso de abajo me sorprendió un par de veces cuando subía a la azotea porque la ventana de mi cocina daba a las escaleras comunes. Se recuperó satisfactoriamente, estábamos juntos todo el día, nos llevábamos bien, aún lo hacemos. Se comprenderá, entonces, que mi perro no es cualquier perro para mí, no es una mascota más. Está sobre todos los prejuicios, mitos, recomendaciones y quistes que pueda haber en el mundo. Y si querer a mi mascota, que es mi amigo, produce quistes, está bien. Prefiero tener miles a no disfrutar mi tiempo con él; a no verlo dormido, como ahora, sobre su almohada en forma de hueso que recién le compraron; a que no salte y me derribe cuando llego de la universidad. A mí no me importa tener un millón de esos tumores dentro y morirme mañana si estoy con él, de algo tenemos que hacerlo algún día ¿no?

viernes, 27 de marzo de 2009

Óscar y la gitana

Óscar andaba pensativo por el jirón Lima, por donde aún olía a colegiales jugando y corriendo, impertinentes, a la salida de sus mini-cárceles, felices. Miraba las extrañas figuras intercaladas en el piso que le daban un extraño aspecto, que nadie notaba, a esa calle. “Quizá ya no vaya a la Facultad” se dijo, “seguramente están en clases. No tendría qué hacer.” Se sentía algo frustrado; habían cerrado un solo curso en toda la carrera para el período vacacional y era justo el que él quería llevar. El único que quería, y podía, llevar. Como todas esas tardes semanales, acaso mensuales, en las que iba a retirar algo de dinero del mismo banco que había visitado desde hace ya un par de años, veía cómo se ocultaba el sol detrás del cerrito “testigo de amores”. No era nostalgia lo que sentía, sino cansancio, sí, era eso, no podía ser otra cosa. Después de todo, le habían pasado muchas cosas para sentirse feliz ¿no? Su hija pequeña le había dicho “papá” hace sólo un par de días. Qué felicidad.

Al fin llegó. No había mucha gente. Mejor, para llegar temprano a casa. La puerta del cajero tenía un nuevo mecanismo; se abría sólo con la tarjeta electrónica que tenían los que ahorraban ahí. Mejor, así no le roban el dinero que lleva a casa. Después de recibir esos billetes de veinte soles que olían a nuevo, se le ocurrió una nueva ruta; esta vez bajará por la calle pequeñita, que tampoco le llama mucho la atención a nadie, en la que se apostan jipis, artesanos, tejedores y gitanas. ¿Gitanas? No recordaba haber visto gitanas en aquella calle. No recordaba haberlo hecho en toda la ciudad. Se preguntaba cómo serían. De chico quería que alguna le leyera la mano, por curiosidad. Caminó sereno, pero algo nervioso por dentro, “sólo hay que pasar sin que lo noten a uno y ya.” Pensó, o recordó, no sabía bien, pero lo repetía.

-Hola, guapo… -ese acento de española perulera le conmocionó el cuerpo. De pronto, se había quedado quieto y no lo había notado-. ¡No te asustes chaval! Que sólo quiero que me hagas un favor. ¿Puedes?

-S-sí… -estaba nervioso, no lo podía disimular- ¿Qué desea? –"siempre tan educado Oscarín", se decía sonriendo disimuladamente, esta vez sí.

-Sólo una cosa, y no te va a costar, no te preocupes y ¡cambia esa cara pálida por dios! –le dijo, sonriendo, ella sí, descaradamente, tanto que él notó un diente de oro en el rincón de lo que mostraba la abertura de su bocaza-. Dime ¿dónde encuentro un internet aquí cerca?

-Eso –dijo al fin, con un aliento- hay uno aquí cerca, bajando por esta calle y doblando a la derecha.

-Gracias guapo –decía el adjetivo como de obligación, como una regla o muletilla que "segurito le enseñaban a las gitanas para dirigirse a la gente", pensó Óscar, mientras se disponía a marcharse-. Saca una carta, la que tú quieras –le mostró un trío boca abajo-. Sin compromiso, anda.

Aquella invitación lo dejó más intrigado aún. ¿Sería que la gitana le leyó la mente? De pronto notó que su corazón le daba más latidos de lo normal. ¿Sería una magia de aquella calé? Qué tonterías dices Oscarín, sólo estás nervioso, relájate. Vaciló en hacerle caso a la mirada profunda e incisiva que se le clavaba en el entrecejo. Al fin, con un respingo, tomó la del centro. La baraja era más vieja de lo que se veía. Se la mostró sin verla, por las dudas, "no sería que apareciera la muerte o algo así". La gitana hizo una mueca, lo miró con extrañeza y él supo que sería algo malo lo que vio la mujer. El pecho se le oprimió y ella se dirigió a él muy resuelta:

-Vaya… -movía la cabeza de un lado a otro, como queriendo ver mejor la figura que aparecía frente a ella, probando ángulos distintos- Sí que eres raro eh… Saca tu billetera.

-¿Qué?

-Saca tu billetera. ¿No oyes bien? –eso sí lo tomó por sorpresa, ¿para qué quería su billetera? Es un asalto, eso debe ser, “¡eres un tonto Oscar!” se recriminó a sí mismo-. ¡Apúrate!, que no tengo todo el día.

Al ver la negativa, por su modo de actuar –de no actuar, más bien-, la mujer le suavizó el pensamiento diciéndole que no se preocupara, que no era lo que parecía. Él le tenía que dar su billetera para bendecirla: “tú necesitas mucha bendición” le dijo, esta vez, con un aire maternal; ése del que uno no puede dudar. “Y yo tengo el deber de ayudarte, porque tú me has ayudado”. Si aquella hubiera sido otra situación, si hubiera sido otra mujer, si fuese otro chico que acababa de sacar dinero del banco, se decía Óscar, hubiera desconfiado desde el principio. Pero no podía, las palabras de aquella señora regordeta parecían tan sinceras que... Pero, por las dudas, examinó la situación: había mucha gente, así que no podía huir rápido sin que él la alcanzara; además, algunas personas se habían detenido a ver aquella pintoresca plática y advertirían, sin duda, algún intento de robo; también miró qué calzaba y notó que ese par de sandalias gastadas no le servirían de mucho en su intento de fuga, ni el faldón tan incómodo que le llegaba hasta los tobillos.

-No traigo billetera –se animó a decirle-. Nuca cargo una.

-¡No me vengas con eso pues! No tienes por qué dudar, me estás ofendiendo, yo sólo quiero ayudarte. -Y, de pronto, inquietando aun más el temor que se había enquistado en la médula espinal de Óscar, la gitana le dijo-: ¿Quieres orinar gusanos? ¡¿Eso quieres?!

Tragó abundante saliva de golpe y no pudo evitar estrechar los ojos por el dolor que le causó al pasar por su garganta. “¡Una amenaza!”, se le erizaron todos los vellos de su cuerpo entumecido, “y de una gitana por Diosito que me pasa lo que ella dice”; sabía que tenía que hacerle caso, ni loco se atrevía a jugar con esas cosas, a desobedecer.

-Señora gitana –dijo con voz temblorosa, y pensó si era bueno decirle así. ¿A ellas les gusta que las llamen así? "Ya no cometas ningún error", se mordió la lengua-, no tengo billetera, se lo juro.

-¿Y qué es ese bulto que tienes en el bolsillo de tu casaca? –le agarró la chaqueta jean que tenía puesta.

-Son mis documentos y algunos billetes que saqué del banco –no mintió.

-Ya pues, saca esos billetes.

-Son veinte soles nomás –dijo, tanteando el fondillo con la mano e intentando sacar un solo billete y confundir los demás con los papeles que había-. Aquí está, mire.

-No mientas, saca lo demás. Tú me dijiste que tenías billetes y solo me has dado uno.

Óscar supo que no tenía sentido ocultarlo más, había sido descubierto. Resignado, metió de nuevo la mano al bolsillo de su casaca y sacó un billete más de veinte soles. El otro lo dejó ahí, esperanzado de que la mujer no se lo quitara también. Tal vez no haya que desconfiar, quizá sólo quiera bendecirlos como dice. “Tal vez, quizá… son palabras vagas, ya no es tiempo de hacerse ilusiones, de imaginar cosas, hay que ser realistas; la gitana te está timando y tú caes como un tonto.” Óscar se reprendía tan duramente como podía.

-Ya, tome. Es todo lo que tengo.

-No te preocupes, no es para mí –dijo la gitana sobándolos uno contra otro.

Ella los examinó como viendo que no fueran falsos. Los olió. Sacó una botella plástica que contenía un raro líquido amarillento. La destapó, echó un chorro pequeño en su mano y con la otra apretó fuertemente un billete a la vez, haciéndolos bolas de papel.

-¡No! –gritó Óscar al ver que esa mujer juntó los billetes, uno sobre otro, y los estrujó contra el líquido que llevaba en la otra mano-. Por favor…

-No es para mí, es para ti, no es para mí… -repetía una y otra vez la calé con los ojos entrecerrados y conversando con algún ser imaginario-. ¡Calla chico! Me distraes –y siguió con esa parafernalia desconocida ante los ojos de Óscar, conjurando algunas palabras desconocidas en otro idioma. "Latín", llegó a pensar él en un momento, pero luego desistió; era otra lengua.

En un momento, ella despegó las manos y le mostró las dos bolas de engrudo que se formaron luego de la operación. Su mirada era como de satisfacción, de quien ha hecho un buen trabajo. Uno estaba irreconocible: una especie de goma blanca y naranja que se deshacía con la gravedad. El otro estaba menos dañado; se distinguía que era dinero porque el líquido no había actuado directamente sobre él, era una bola algo consistente que tenía dibujado el número veinte en un par de lados. Óscar sintió que le brotaron un par de lágrimas, de rabia, resignación, ira. La mujer le entregó el menos dañado con una risita burlona. “No cuentes tu suerte a nadie” le dijo, “es sólo para ti”. Él se puso el billete remojado en el bolsillo de su pantalón y se fue lo más rápido que pudo.

-¡No cuentes tu suerte! –gritó la gitana-. ¿No quieres orinar gusanos, verdad?

-¡Maldita bruja! –dijo él, pero bajito, no vaya a ser que lo oyeran.

sábado, 7 de marzo de 2009

A day in the life

La habitación esta vez le parecía infinita, agotadora, impasible… no encontraba el adjetivo correcto, no sabía decir cómo se sentía. Tal vez esta vez era mejor no hacerlo, no había necesidad de explicar lo que le pasaba en su cabeza: estaba sola. Y le entró un temor que nunca antes había sentido. Esa canción sonaba en el megáfono una y otra vez, ¿o era que le parecía inacabable por lo repetitivo de los sonidos?, ésos que le arañaban el alma y sentía que roían sus huesos. De pronto, se le vino a la mente esa ocasión en la que quiso salir disparada de esa clase, cuando niña. Quiso correr a toda prisa por ese corredor por el que no quería pasar, pero era necesario. Quería salir cuanto antes de ese colegio estatal de pabellones con aulas destartaladas que se asemejaba a una cárcel, aunque nunca había estado en ninguna, pero sabía que serían así: aterradoras.

La canción no había dejado de sonar. Ese fonógrafo le recordaba a la casa del abuelo, pero esta vez no era un lugar cálido en donde se encontraba. No era lo mismo. Le parecían inapropiados los discos de vinilo, no le gustaban, le traían un miedo inexplicable: como si algo malo fuese a suceder. Era del tono de esas melodías que deben sonar cuando la muerte se acerca demasiado, cuando una fuerza macabra prepara el escenario frívolamente en un ambiente adecuado para el terror que se debe sentir en el infierno. La angustia le sonaba en la cabeza como unas garras rechinando al arañar una pizarra. No lo soportaba, quería salir huyendo como aquella vez. Quería detener esa canción. Quería apagar ese gramófono. Mejor aún, quería destruir el disco y el tocadiscos, la habitación, la casa entera para que no pudiera recordarla.

Pero no podía, sabía que aunque lo quisiera con todas sus ganas no lograría hacerlo. El que había preparado todo aquello sabía muy bien lo que hacía. Esa mente siniestra sabía, por ejemplo, que le aterraban los vinilos, sobre todo las canciones con melodías sugestivas. Las que causan esa sensación de pensamientos absurdos, como los cuadros surrealistas que evitaba cuando recorría esa pinacoteca que tanto visitaba. Todo era obscuramente apropiado, como si estuviera construido sólo para ella.

domingo, 15 de febrero de 2009

Te amo

Me pregunto si el Messenger le hace bien a una relación sentimental. Antes de que hubiera chat, de que se pudiera uno comunicar instantáneamente con otras personas, o con varias al mismo tiempo, de que hubiera mensajes de texto por celular, de que fuera tan fácil encontrarse con alguien en una ciudad no importa cuán grande sea, las personas tenían que conocerse lo suficiente como para estar seguros de entablar una relación seria con alguien, u algunos más (como suele suceder a menudo en esta época). Con Gabriela converso todos los días, como mínimo algo más o menos de dos horas, si acaso, porque también cuenta el celular -y eso es todo el día-. Me pregunto cuánto se conocían las personas antes. ¿Dos horas diarias estaba bien? Yo creo que era un poco mucho. Siendo realistas, casi nadie, por esos días, se hablaba con alguien por más de dos horas diarias, incluso ahora es poco probable. Yo hablo con Gabriela más que con cualquier familiar mío, creo que no conozco a nadie mejor que (o no hablo con nadie más tiempo que con) ella.

Luego me pregunto si es suficiente dos horas diarias de hablar para estar lo suficientemente seguro de querer pasar más tiempo con esa persona. Ella me dijo que me quiere mucho, pero que para amarme necesita estar más tiempo conmigo, “no sólo esos segundos cada día.” Para mí, el amor es una metáfora o una escusa para diferenciar el cariño que se tiene hacia tu chica, o chico, del que se tiene por las demás personas a las que se quiere también, como la familia o los amigos. Creo que me queda claro, y si me equivoco no importa, que puedo decir a la persona con la que salga, no importa si por sólo un par de días, que la amo. Claro, uno no lo hace porque es así, porque es la costumbre. No se le puede decir a alguien que se le ama de buenas a primeras, pensarían que estás loco, o peor aún, que mientes descaradamente, y esa persona se asustaría y huiría de ti. Y me pregunto si yo huiría también, y no sé si lo hice un par de veces.

Una generación atrás, cuanto menos, a lo mucho que aspiraban las parejas era confiar y dar confianza al otro. Hablando claro, nuestros abuelos no conversaban dos horas diarias por el Messenger y de ahí recién decidían si se casaban. Pero mi relación con Gabriela está, si se le puede llamar así, y si cabe decirlo, y si ella piensa así (porque yo ya dije cómo pienso), en un período de prueba; estamos algo más que “saliendo”. Y, entonces, puedo llegar a la conclusión virtual de que no importa cuánto uno hable al día (y de ahí que pienso que nunca existe ese estado de: “conocerse lo suficiente”), y, por ende, entenderse, sino si es que aguantas a esa persona viéndola todos los días, despertarte con ella, ir de compras juntos, vivir juntos. Lo que llevaría a pensar que o el hablar con alguien no sirve para conocerse (que me parece falso), o que eso de conocerse para amar a alguien es un invento (que se nota más cuerdo).

Concluyendo, o no sé lo que es el amor (que creo posible), o la costumbre se equivoca y es la religión, y mucho más específicamente los religiosos, la o los que compele o compelen a toda la gente -a la que consideran, sin importar lo que piensan, sus “fieles”- a negarse a su naturaleza erótica, amatoria, ésa que, pienso yo, sirve mejor de fuente de felicidad que esos rituales histriónicos que viven todos los domingos, si no es diariamente, en los templos que llaman iglesias (lo que creo no tan improbable). Entonces, y a pesar de saber que ella leerá esto, o precisamente por eso, si no lo ha hecho aún, y sabiendo también que casi nadie lo leerá, o también precisamente por ello, diré lo que pienso: que esa idea de que una relación pasa por pasos (que no digo que sea una mentira absoluta) es algo tonta en algunos, sólo algunos, de sus aspectos. Por ejemplo, las categorías que supuestamente uno surca, cual explorador brioso, hasta llegar a la cima, que es el casamiento.

No me creo eso de pasar, como en un videojuego, por niveles como: salir, gustarse, quererse, amarse y casarse (si se puede considerar una forma más poderosa, o legal, o religiosa, de amar). Y no digo que es así como piensa Gabriela, yo estoy feliz y me parece maravilloso lo que estoy pasando con ella, y aprendí que con ella todo lleva su tiempo, está bien. Sólo que me parece una inutilidad negar lo que uno siente sólo por cumplir con esos “pasos” que están establecidos por no sé quién, pero que todos, o casi todos, respetan religiosamente. Por eso yo amo desde el comienzo, y si me equivoco, dejo de hacerlo y busco alguien más a quien amar (que quizá no suceda tan fácilmente). Y lo pienso: “Te amo”. Pero no se lo digo. Y esa persona quizá piensa: “Te amo”. Pero no me lo dice. Y así está bien, no me quejo.

viernes, 30 de enero de 2009

Un quiste necesario

En la mesa de mi casa generalmente no se habla mucho a la hora del almuerzo, sólo a veces cuando hay visitas. Ayer vino a almorzar mi tío que trabaja en la Dirección Regional de Salud, y comentó algo que alteró los ánimos de afecto a mi perro, pero no los míos, yo nunca lo dejaré de querer. Se trataba de la hija del amigo de la vecina de un tío lejano del cuñado de la enamorada del hermano del amigo de mi primo; ¡conocidísima! No me cupieron dudas sobre su existencia, casi un familiar. En fin, dijo que la habían internado en el hospital porque le encontraron un quiste en no sé dónde (no sé mucho de anatomía) a causa de un cúmulo de pelos de perro, de sus perros, dentro suyo. No sé si esto sea posible, ¿pelos de tu perro dentro de tu cuerpo? Dijo que los tragó o los aspiró por pasar mucho tiempo con ellos o dormir con ellos, no me quedó claro. Todos lo pensaron dos veces al mirar a Xavier, mi perro. Ya se sentía un ambiente tenso y poco afectivo hacia él.

¿Qué culpa tiene? ¿Nosotros nos descamamos (porque eso hacemos) voluntariamente acaso? Digamos que yo soy quien mejor trata a Xavi en la casa. Lo digo sobre todo por mi abuela, quien tiene una especial enemistad con él porque le deja sus faldas (que son todas negras y de un material que atrae naturalmente los pelos) llenas de una capa filamentosa de pelusa clara. Ella le dice: “¡Anda a un rincón!” y yo pienso: “¿Por qué no se compra un florero y lo pone en un rincón?” ¿Para qué es un perro?, yo considero que para acompañarme, para que me lama la cara cuando llego a casa, para que muerda mi mano si me duermo colgado de la cama, para que se orine en el centro de la sala de vez en cuando sólo por molestar, para que traiga la pelota cuando no se la pido y la lleve lejos cuando lo hago. Para eso es un perro, al menos yo pienso así, no para que esté en un rincón como una maceta, de adorno.

Ahora todos, inconscientemente, se alejan de él por las dudas. “Uno nunca sabe cuándo termine con un quiste como esa pobre chica que tuvo que ser operada.” Yo no, yo sigo jugando con él como siempre y revolcándonos en el piso y rascándole, cuando me lo pide (porque lo hace), sus orejas. “¡Deja al perro! Te llena de pelos” me dicen. “Quiero tener pelos de perro” les digo, “me queda bien”. Xavi y yo hemos pasado muchas cosas, nos conocemos desde que tenía un par de meses o menos. Fue mi compañía cuando me quedé varado casi tres meses en la selva, cuando fui a visitar a mi hermana. Salíamos cada tarde y hacíamos un dúo muy útil: Caminaba en las noches por la ciudad con él en mis brazos (aún era muy chico) y conocíamos chicas muy bonitas. Pasear solo con un cachorro en tus brazos parece que es atractivo. Me decían que era idéntico al del comercial de un papel higiénico (Xavi, no yo, obviamente); era de la misma raza: Golden Retriever. Conseguí algunos números telefónicos (y otras cosas más) y aún los conservo.

Una vez se enfermó gravemente a causa de un posible envenenamiento. Era en enero, regresábamos de un viaje corto a Brasil y, en la noche, caminando de regreso a casa, tambaleó, vomitó un líquido blanquecino y se desmayó. Lo cargué en mis brazos lo más rápido que pude, era grande, ya había crecido, pesaba un poco. Tomé una moto (en la selva los taxis son así) y fui camino a la veterinaria. No me importaba que se manchara mi camiseta nueva, mis jeans nuevos, tal vez irremediablemente. Corrí al cruzar la avenida para llegar más rápido y no me importó morir atropellado, Xavi ya había perdido el conocimiento varios minutos y no controlaba su esfínter anal, me embarró todo, no me importaba. Sólo quería que él esté bien. Llegamos a tiempo, él agonizando y yo vomitado. Lo salvaron. Estuve a su cuidado toda la noche, tenía conectada una especie de algalia por donde le suministraban no sé qué para limpiarle la sangre. Él me miraba y volvía a dormirse, fue la noche más larga que tuve. En el período de su recuperación, sólo podía comer una dieta especial que me dio el veterinario.

Le cocinaba todos los días. Cocinaba desnudo por el calor que hacía allá, la vecina del piso de abajo me sorprendió un par de veces cuando subía a la azotea porque la ventana de mi cocina daba a las escaleras comunes. Se recuperó satisfactoriamente, estábamos juntos todo el día, nos llevábamos bien, aún lo hacemos. Se comprenderá, entonces, que mi perro no es cualquier perro para mí, no es una mascota más. Está sobre todos los prejuicios, mitos, recomendaciones y quistes que pueda haber en el mundo. Y si querer a mi mascota, que es mi amigo, produce quistes, está bien. Prefiero tener miles a no disfrutar mi tiempo con él; a no verlo dormido, como ahora, sobre su almohada en forma de hueso que recién le compraron; a que no salte y me derribe cuando llego de la universidad. A mí no me importa tener un millón de esos tumores dentro y morirme mañana si estoy con él, de algo tenemos que hacerlo algún día ¿no?

sábado, 10 de enero de 2009

La gran fulla del año

Busco en internet una forma de trasplante de labios, una que no sea muy dolorosa porque ya no quiero sufrir más. Sé que suena duro, pero creo que es proporcional al daño que me causó. A situaciones drásticas, medidas drásticas. Mis labios se me hacen insoportables, ya no puedo convivir con ellos porque tocaron los suyos, porque besaron en exceso (y engañados, ingenuos) los labios de ella, porque desearon tanto el lugar de donde salían tantas mentiras. ¡Qué ingenuo! ¡Qué tarado! ¿Cómo mierda le creí todo lo que decía? No puedo creer que todo fue mentira, que todo lo que dijo era actuado, ¿por qué carajo dijo todo eso? ¿Qué ganaba engañándome? Pero ¿por qué no habría de creerle? No tenía motivos para desconfiar de ella, me vendió tanta magia…

Me dice que no mintió cuando dijo que me quería. No le creo. Me pide que la perdone por decir lo que dijo, “por haber dicho tantas estupideces.” No tengo de qué hacerlo; ¿sólo porque me dijo que no me quiere y que si lo dijo fue por que…”vamos, ¡era en las noches!”?, o que susurraba mi nombre cuando sus brazos me rodeaban y mi boca le besaba el cuello pero en realidad “sólo a veces sentía cosas cuando me abrazaba.” ¿Tengo que perdonarla por eso? Vamos, que no.

Esta vez hice del tonto del año. He sido un instrumento maleable y desechable. Yo sí sentía muchas cosas cuando la besaba, siempre. Y espero que no se le devuelva lo que está dando (que es una gran mentira, al final siempre vivimos de todo, y lo sé). Ahora no le respondo sus mensajes, violando lo que me prometí: contestarle siempre. Creo que no tengo nada que decirle. Aunque en estos casos siempre hay algo que decir y lo sabes: “Eres muy injusta, ¿por qué mierda me hiciste creer todo lo que al final me creí? ¿Qué carajo ganabas haciéndolo? ¿No se te vino una pizca de remordimiento cuando me decías que me querías mucho, que te habías enamorado de mí, que no podías esperar un poco para verme?”

Pero no lo hago, no le digo nada de eso porque creo que no serviría de nada. ¿Para qué? Decirle todo eso no me va a sanar, no me va a devolver lo que perdí. Reprocharle todo no va a hacer que me quiera. Quiero irme lejos, a algún lugar donde pueda encontrar eso tan difícil que en este mundo llaman amor. En la noche tuve un sueño, y que al final pareció ser premonitorio. Soñé con la primera mujer que me mintió casi igual que ella. Hay algo de lo que me he dado cuenta a lo largo de mi vida (que no es mucho tiempo); que en todas las relaciones siempre (y si no, es una suerte fabulosa, mítica) hay uno que entrega todo, que se enamora y que quiere más; y otro que simplemente se deja querer, y que no se entrega tanto, y que al final sufre menos. Yo he estado de ambos lados, unas veces sufrido y otras, indiferente. Esta vez me tocó estar del lado tormentoso, sin embargo comencé del otro. Pensé que esta vez sería, por fin en mi vida, algo equilibrado, una excepción a esta teoría perversa. No lo fue. Y no sé que hacer.

jueves, 8 de enero de 2009

Sigue siendo ella

Me rehúso a escribir la entrada habitual cuando cosas como las que me pasan me pasan. Debería hacer un ensayo o más bien una novela sobre todo lo que me ocurre con ella. Pero no quiero hacerlo, ya no. Creo que influye también mi decisión algo esquiva y reciente de no escribir más, de no contar nada que me traiga problemas, ¿será mejor que la gente no me conozca? Digo las personas a las que me interesa caerles bien, con las que quiero estar. Como ella, a la que no debí mostrar nunca esta página, pues me condena a serle sincero siempre, no es que no lo haya sido alguna vez, sino que hay cosas que es mejor guardarse para uno. Cosa que no hago en este blog, aunque no todas (obviamente) son ciertas. Hace tiempo que no escribo y creo que lo noto en lo complejo que se me hace hacerlo ahora ¿o será que la verdad se me hace difícil? Quiero decir todo lo que pienso sin sonar como un desadaptado, un excéntrico (no creo que lo sea) ni un sentimental (que sí lo soy).

Ahora escucho canciones que me la recuerdan, que son melancólicas y hablan de desamor, de pena. Todas se me hacen ajenas, aunque, como dice ella, probables, uno nunca sabe. Me siento un tonto, un intolerable, un idiota, un poseído y un enojón. Todas esas personalidades caben en mí. No me gusta discutir con ella, por eso cuando me irrito, cuando me da rabieta, no le hablo, porque sería peor, echaría a perder las cosas. Ella me dice que me quiere, y una vez me dijo que no pensaba dejarme (un gran logro de alguien hacia mí). Todas las personas que conozco quieren dejarme, al menos por un tiempo. Por eso me veo dos meses al año con mis amigos del colegio, por eso me alejo cada cuanto de mis amigos de ahora, por eso trato de no quedarme en casa. Yo la quiero de verdad, y creo que le creo cuando ella me dice con los ojos que también lo hace, cuando me besa (ahora lo hace más seguido, dos o tres veces cada vez es mucho) y lo repite, cuando estamos solos y no me esquiva. O cuando me dice “que la ayude con un dibujo por favor” y hace que sonría. Yo siempre le responderé, no importa cuan enojado esté, cuanta desazón guarde en mí, tal vez sin ninguna razón.

Me he dado cuenta que nunca estoy muy ocupado para ella, incluso cuando no está conmigo, todo se posterga cuando, de un momento a otro, me pongo a pensar en ella. Me he pillado más de una vez oyendo palabras incomprensibles del profesor como Tongo escuchando una obra en latín. Veo que hace mímicas, levanta los brazos, gesticula palabras improbables, y camina de un lugar a otro, y yo miro pero no comprendo, estoy ausente, pienso en ella y en lo que pasó un viernes. Lo que no pasó y no quiere que recuerde, me pidió que lo olvide pero no puedo. Sé que ella también lo recuerda, sé que lo que pasamos se apodera de su mente y no puede escapar, igual que yo. Pero luego de conversarlo convenimos en que no debemos darle mucha importancia porque sí, porque esas son las cosas que se acuerdan en conversaciones de pareja. Ella lleva las cuentas. No me quejo.

Ahora iré a dormir pensando en ella y en las cosas que vienen, aunque también quedamos en no pensar en el futuro, sino vivir el presente (que fue una proposición mía). Estoy seguro que volveré a soñar con ella y volveré también a olvidar mi sueño a los minutos en el desayuno. Conversando con ella me doy cuenta que algunas cosas no tienen mucha relevancia, y que a veces uno se hace un mundo de algo pequeño. Por eso la quiero, porque me muestra cosas que, solo, se me harían irrevelables. Y porque inventa, y me hace inventar, palabras coloquiales, frases divertidas y nuevas formas de decir las cosas, como cuando una vez le dije que ella era “inabandonable”.