viernes, 30 de enero de 2009

Un quiste necesario

En la mesa de mi casa generalmente no se habla mucho a la hora del almuerzo, sólo a veces cuando hay visitas. Ayer vino a almorzar mi tío que trabaja en la Dirección Regional de Salud, y comentó algo que alteró los ánimos de afecto a mi perro, pero no los míos, yo nunca lo dejaré de querer. Se trataba de la hija del amigo de la vecina de un tío lejano del cuñado de la enamorada del hermano del amigo de mi primo; ¡conocidísima! No me cupieron dudas sobre su existencia, casi un familiar. En fin, dijo que la habían internado en el hospital porque le encontraron un quiste en no sé dónde (no sé mucho de anatomía) a causa de un cúmulo de pelos de perro, de sus perros, dentro suyo. No sé si esto sea posible, ¿pelos de tu perro dentro de tu cuerpo? Dijo que los tragó o los aspiró por pasar mucho tiempo con ellos o dormir con ellos, no me quedó claro. Todos lo pensaron dos veces al mirar a Xavier, mi perro. Ya se sentía un ambiente tenso y poco afectivo hacia él.

¿Qué culpa tiene? ¿Nosotros nos descamamos (porque eso hacemos) voluntariamente acaso? Digamos que yo soy quien mejor trata a Xavi en la casa. Lo digo sobre todo por mi abuela, quien tiene una especial enemistad con él porque le deja sus faldas (que son todas negras y de un material que atrae naturalmente los pelos) llenas de una capa filamentosa de pelusa clara. Ella le dice: “¡Anda a un rincón!” y yo pienso: “¿Por qué no se compra un florero y lo pone en un rincón?” ¿Para qué es un perro?, yo considero que para acompañarme, para que me lama la cara cuando llego a casa, para que muerda mi mano si me duermo colgado de la cama, para que se orine en el centro de la sala de vez en cuando sólo por molestar, para que traiga la pelota cuando no se la pido y la lleve lejos cuando lo hago. Para eso es un perro, al menos yo pienso así, no para que esté en un rincón como una maceta, de adorno.

Ahora todos, inconscientemente, se alejan de él por las dudas. “Uno nunca sabe cuándo termine con un quiste como esa pobre chica que tuvo que ser operada.” Yo no, yo sigo jugando con él como siempre y revolcándonos en el piso y rascándole, cuando me lo pide (porque lo hace), sus orejas. “¡Deja al perro! Te llena de pelos” me dicen. “Quiero tener pelos de perro” les digo, “me queda bien”. Xavi y yo hemos pasado muchas cosas, nos conocemos desde que tenía un par de meses o menos. Fue mi compañía cuando me quedé varado casi tres meses en la selva, cuando fui a visitar a mi hermana. Salíamos cada tarde y hacíamos un dúo muy útil: Caminaba en las noches por la ciudad con él en mis brazos (aún era muy chico) y conocíamos chicas muy bonitas. Pasear solo con un cachorro en tus brazos parece que es atractivo. Me decían que era idéntico al del comercial de un papel higiénico (Xavi, no yo, obviamente); era de la misma raza: Golden Retriever. Conseguí algunos números telefónicos (y otras cosas más) y aún los conservo.

Una vez se enfermó gravemente a causa de un posible envenenamiento. Era en enero, regresábamos de un viaje corto a Brasil y, en la noche, caminando de regreso a casa, tambaleó, vomitó un líquido blanquecino y se desmayó. Lo cargué en mis brazos lo más rápido que pude, era grande, ya había crecido, pesaba un poco. Tomé una moto (en la selva los taxis son así) y fui camino a la veterinaria. No me importaba que se manchara mi camiseta nueva, mis jeans nuevos, tal vez irremediablemente. Corrí al cruzar la avenida para llegar más rápido y no me importó morir atropellado, Xavi ya había perdido el conocimiento varios minutos y no controlaba su esfínter anal, me embarró todo, no me importaba. Sólo quería que él esté bien. Llegamos a tiempo, él agonizando y yo vomitado. Lo salvaron. Estuve a su cuidado toda la noche, tenía conectada una especie de algalia por donde le suministraban no sé qué para limpiarle la sangre. Él me miraba y volvía a dormirse, fue la noche más larga que tuve. En el período de su recuperación, sólo podía comer una dieta especial que me dio el veterinario.

Le cocinaba todos los días. Cocinaba desnudo por el calor que hacía allá, la vecina del piso de abajo me sorprendió un par de veces cuando subía a la azotea porque la ventana de mi cocina daba a las escaleras comunes. Se recuperó satisfactoriamente, estábamos juntos todo el día, nos llevábamos bien, aún lo hacemos. Se comprenderá, entonces, que mi perro no es cualquier perro para mí, no es una mascota más. Está sobre todos los prejuicios, mitos, recomendaciones y quistes que pueda haber en el mundo. Y si querer a mi mascota, que es mi amigo, produce quistes, está bien. Prefiero tener miles a no disfrutar mi tiempo con él; a no verlo dormido, como ahora, sobre su almohada en forma de hueso que recién le compraron; a que no salte y me derribe cuando llego de la universidad. A mí no me importa tener un millón de esos tumores dentro y morirme mañana si estoy con él, de algo tenemos que hacerlo algún día ¿no?

sábado, 10 de enero de 2009

La gran fulla del año

Busco en internet una forma de trasplante de labios, una que no sea muy dolorosa porque ya no quiero sufrir más. Sé que suena duro, pero creo que es proporcional al daño que me causó. A situaciones drásticas, medidas drásticas. Mis labios se me hacen insoportables, ya no puedo convivir con ellos porque tocaron los suyos, porque besaron en exceso (y engañados, ingenuos) los labios de ella, porque desearon tanto el lugar de donde salían tantas mentiras. ¡Qué ingenuo! ¡Qué tarado! ¿Cómo mierda le creí todo lo que decía? No puedo creer que todo fue mentira, que todo lo que dijo era actuado, ¿por qué carajo dijo todo eso? ¿Qué ganaba engañándome? Pero ¿por qué no habría de creerle? No tenía motivos para desconfiar de ella, me vendió tanta magia…

Me dice que no mintió cuando dijo que me quería. No le creo. Me pide que la perdone por decir lo que dijo, “por haber dicho tantas estupideces.” No tengo de qué hacerlo; ¿sólo porque me dijo que no me quiere y que si lo dijo fue por que…”vamos, ¡era en las noches!”?, o que susurraba mi nombre cuando sus brazos me rodeaban y mi boca le besaba el cuello pero en realidad “sólo a veces sentía cosas cuando me abrazaba.” ¿Tengo que perdonarla por eso? Vamos, que no.

Esta vez hice del tonto del año. He sido un instrumento maleable y desechable. Yo sí sentía muchas cosas cuando la besaba, siempre. Y espero que no se le devuelva lo que está dando (que es una gran mentira, al final siempre vivimos de todo, y lo sé). Ahora no le respondo sus mensajes, violando lo que me prometí: contestarle siempre. Creo que no tengo nada que decirle. Aunque en estos casos siempre hay algo que decir y lo sabes: “Eres muy injusta, ¿por qué mierda me hiciste creer todo lo que al final me creí? ¿Qué carajo ganabas haciéndolo? ¿No se te vino una pizca de remordimiento cuando me decías que me querías mucho, que te habías enamorado de mí, que no podías esperar un poco para verme?”

Pero no lo hago, no le digo nada de eso porque creo que no serviría de nada. ¿Para qué? Decirle todo eso no me va a sanar, no me va a devolver lo que perdí. Reprocharle todo no va a hacer que me quiera. Quiero irme lejos, a algún lugar donde pueda encontrar eso tan difícil que en este mundo llaman amor. En la noche tuve un sueño, y que al final pareció ser premonitorio. Soñé con la primera mujer que me mintió casi igual que ella. Hay algo de lo que me he dado cuenta a lo largo de mi vida (que no es mucho tiempo); que en todas las relaciones siempre (y si no, es una suerte fabulosa, mítica) hay uno que entrega todo, que se enamora y que quiere más; y otro que simplemente se deja querer, y que no se entrega tanto, y que al final sufre menos. Yo he estado de ambos lados, unas veces sufrido y otras, indiferente. Esta vez me tocó estar del lado tormentoso, sin embargo comencé del otro. Pensé que esta vez sería, por fin en mi vida, algo equilibrado, una excepción a esta teoría perversa. No lo fue. Y no sé que hacer.

jueves, 8 de enero de 2009

Sigue siendo ella

Me rehúso a escribir la entrada habitual cuando cosas como las que me pasan me pasan. Debería hacer un ensayo o más bien una novela sobre todo lo que me ocurre con ella. Pero no quiero hacerlo, ya no. Creo que influye también mi decisión algo esquiva y reciente de no escribir más, de no contar nada que me traiga problemas, ¿será mejor que la gente no me conozca? Digo las personas a las que me interesa caerles bien, con las que quiero estar. Como ella, a la que no debí mostrar nunca esta página, pues me condena a serle sincero siempre, no es que no lo haya sido alguna vez, sino que hay cosas que es mejor guardarse para uno. Cosa que no hago en este blog, aunque no todas (obviamente) son ciertas. Hace tiempo que no escribo y creo que lo noto en lo complejo que se me hace hacerlo ahora ¿o será que la verdad se me hace difícil? Quiero decir todo lo que pienso sin sonar como un desadaptado, un excéntrico (no creo que lo sea) ni un sentimental (que sí lo soy).

Ahora escucho canciones que me la recuerdan, que son melancólicas y hablan de desamor, de pena. Todas se me hacen ajenas, aunque, como dice ella, probables, uno nunca sabe. Me siento un tonto, un intolerable, un idiota, un poseído y un enojón. Todas esas personalidades caben en mí. No me gusta discutir con ella, por eso cuando me irrito, cuando me da rabieta, no le hablo, porque sería peor, echaría a perder las cosas. Ella me dice que me quiere, y una vez me dijo que no pensaba dejarme (un gran logro de alguien hacia mí). Todas las personas que conozco quieren dejarme, al menos por un tiempo. Por eso me veo dos meses al año con mis amigos del colegio, por eso me alejo cada cuanto de mis amigos de ahora, por eso trato de no quedarme en casa. Yo la quiero de verdad, y creo que le creo cuando ella me dice con los ojos que también lo hace, cuando me besa (ahora lo hace más seguido, dos o tres veces cada vez es mucho) y lo repite, cuando estamos solos y no me esquiva. O cuando me dice “que la ayude con un dibujo por favor” y hace que sonría. Yo siempre le responderé, no importa cuan enojado esté, cuanta desazón guarde en mí, tal vez sin ninguna razón.

Me he dado cuenta que nunca estoy muy ocupado para ella, incluso cuando no está conmigo, todo se posterga cuando, de un momento a otro, me pongo a pensar en ella. Me he pillado más de una vez oyendo palabras incomprensibles del profesor como Tongo escuchando una obra en latín. Veo que hace mímicas, levanta los brazos, gesticula palabras improbables, y camina de un lugar a otro, y yo miro pero no comprendo, estoy ausente, pienso en ella y en lo que pasó un viernes. Lo que no pasó y no quiere que recuerde, me pidió que lo olvide pero no puedo. Sé que ella también lo recuerda, sé que lo que pasamos se apodera de su mente y no puede escapar, igual que yo. Pero luego de conversarlo convenimos en que no debemos darle mucha importancia porque sí, porque esas son las cosas que se acuerdan en conversaciones de pareja. Ella lleva las cuentas. No me quejo.

Ahora iré a dormir pensando en ella y en las cosas que vienen, aunque también quedamos en no pensar en el futuro, sino vivir el presente (que fue una proposición mía). Estoy seguro que volveré a soñar con ella y volveré también a olvidar mi sueño a los minutos en el desayuno. Conversando con ella me doy cuenta que algunas cosas no tienen mucha relevancia, y que a veces uno se hace un mundo de algo pequeño. Por eso la quiero, porque me muestra cosas que, solo, se me harían irrevelables. Y porque inventa, y me hace inventar, palabras coloquiales, frases divertidas y nuevas formas de decir las cosas, como cuando una vez le dije que ella era “inabandonable”.