Me pregunto si el Messenger le hace bien a una relación sentimental. Antes de que hubiera chat, de que se pudiera uno comunicar instantáneamente con otras personas, o con varias al mismo tiempo, de que hubiera mensajes de texto por celular, de que fuera tan fácil encontrarse con alguien en una ciudad no importa cuán grande sea, las personas tenían que conocerse lo suficiente como para estar seguros de entablar una relación seria con alguien, u algunos más (como suele suceder a menudo en esta época). Con Gabriela converso todos los días, como mínimo algo más o menos de dos horas, si acaso, porque también cuenta el celular -y eso es todo el día-. Me pregunto cuánto se conocían las personas antes. ¿Dos horas diarias estaba bien? Yo creo que era un poco mucho. Siendo realistas, casi nadie, por esos días, se hablaba con alguien por más de dos horas diarias, incluso ahora es poco probable. Yo hablo con Gabriela más que con cualquier familiar mío, creo que no conozco a nadie mejor que (o no hablo con nadie más tiempo que con) ella.
Luego me pregunto si es suficiente dos horas diarias de hablar para estar lo suficientemente seguro de querer pasar más tiempo con esa persona. Ella me dijo que me quiere mucho, pero que para amarme necesita estar más tiempo conmigo, “no sólo esos segundos cada día.” Para mí, el amor es una metáfora o una escusa para diferenciar el cariño que se tiene hacia tu chica, o chico, del que se tiene por las demás personas a las que se quiere también, como la familia o los amigos. Creo que me queda claro, y si me equivoco no importa, que puedo decir a la persona con la que salga, no importa si por sólo un par de días, que la amo. Claro, uno no lo hace porque es así, porque es la costumbre. No se le puede decir a alguien que se le ama de buenas a primeras, pensarían que estás loco, o peor aún, que mientes descaradamente, y esa persona se asustaría y huiría de ti. Y me pregunto si yo huiría también, y no sé si lo hice un par de veces.
Una generación atrás, cuanto menos, a lo mucho que aspiraban las parejas era confiar y dar confianza al otro. Hablando claro, nuestros abuelos no conversaban dos horas diarias por el Messenger y de ahí recién decidían si se casaban. Pero mi relación con Gabriela está, si se le puede llamar así, y si cabe decirlo, y si ella piensa así (porque yo ya dije cómo pienso), en un período de prueba; estamos algo más que “saliendo”. Y, entonces, puedo llegar a la conclusión virtual de que no importa cuánto uno hable al día (y de ahí que pienso que nunca existe ese estado de: “conocerse lo suficiente”), y, por ende, entenderse, sino si es que aguantas a esa persona viéndola todos los días, despertarte con ella, ir de compras juntos, vivir juntos. Lo que llevaría a pensar que o el hablar con alguien no sirve para conocerse (que me parece falso), o que eso de conocerse para amar a alguien es un invento (que se nota más cuerdo).
Concluyendo, o no sé lo que es el amor (que creo posible), o la costumbre se equivoca y es la religión, y mucho más específicamente los religiosos, la o los que compele o compelen a toda la gente -a la que consideran, sin importar lo que piensan, sus “fieles”- a negarse a su naturaleza erótica, amatoria, ésa que, pienso yo, sirve mejor de fuente de felicidad que esos rituales histriónicos que viven todos los domingos, si no es diariamente, en los templos que llaman iglesias (lo que creo no tan improbable). Entonces, y a pesar de saber que ella leerá esto, o precisamente por eso, si no lo ha hecho aún, y sabiendo también que casi nadie lo leerá, o también precisamente por ello, diré lo que pienso: que esa idea de que una relación pasa por pasos (que no digo que sea una mentira absoluta) es algo tonta en algunos, sólo algunos, de sus aspectos. Por ejemplo, las categorías que supuestamente uno surca, cual explorador brioso, hasta llegar a la cima, que es el casamiento.
No me creo eso de pasar, como en un videojuego, por niveles como: salir, gustarse, quererse, amarse y casarse (si se puede considerar una forma más poderosa, o legal, o religiosa, de amar). Y no digo que es así como piensa Gabriela, yo estoy feliz y me parece maravilloso lo que estoy pasando con ella, y aprendí que con ella todo lleva su tiempo, está bien. Sólo que me parece una inutilidad negar lo que uno siente sólo por cumplir con esos “pasos” que están establecidos por no sé quién, pero que todos, o casi todos, respetan religiosamente. Por eso yo amo desde el comienzo, y si me equivoco, dejo de hacerlo y busco alguien más a quien amar (que quizá no suceda tan fácilmente). Y lo pienso: “Te amo”. Pero no se lo digo. Y esa persona quizá piensa: “Te amo”. Pero no me lo dice. Y así está bien, no me quejo.
domingo, 15 de febrero de 2009
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