sábado, 7 de marzo de 2009

A day in the life

La habitación esta vez le parecía infinita, agotadora, impasible… no encontraba el adjetivo correcto, no sabía decir cómo se sentía. Tal vez esta vez era mejor no hacerlo, no había necesidad de explicar lo que le pasaba en su cabeza: estaba sola. Y le entró un temor que nunca antes había sentido. Esa canción sonaba en el megáfono una y otra vez, ¿o era que le parecía inacabable por lo repetitivo de los sonidos?, ésos que le arañaban el alma y sentía que roían sus huesos. De pronto, se le vino a la mente esa ocasión en la que quiso salir disparada de esa clase, cuando niña. Quiso correr a toda prisa por ese corredor por el que no quería pasar, pero era necesario. Quería salir cuanto antes de ese colegio estatal de pabellones con aulas destartaladas que se asemejaba a una cárcel, aunque nunca había estado en ninguna, pero sabía que serían así: aterradoras.

La canción no había dejado de sonar. Ese fonógrafo le recordaba a la casa del abuelo, pero esta vez no era un lugar cálido en donde se encontraba. No era lo mismo. Le parecían inapropiados los discos de vinilo, no le gustaban, le traían un miedo inexplicable: como si algo malo fuese a suceder. Era del tono de esas melodías que deben sonar cuando la muerte se acerca demasiado, cuando una fuerza macabra prepara el escenario frívolamente en un ambiente adecuado para el terror que se debe sentir en el infierno. La angustia le sonaba en la cabeza como unas garras rechinando al arañar una pizarra. No lo soportaba, quería salir huyendo como aquella vez. Quería detener esa canción. Quería apagar ese gramófono. Mejor aún, quería destruir el disco y el tocadiscos, la habitación, la casa entera para que no pudiera recordarla.

Pero no podía, sabía que aunque lo quisiera con todas sus ganas no lograría hacerlo. El que había preparado todo aquello sabía muy bien lo que hacía. Esa mente siniestra sabía, por ejemplo, que le aterraban los vinilos, sobre todo las canciones con melodías sugestivas. Las que causan esa sensación de pensamientos absurdos, como los cuadros surrealistas que evitaba cuando recorría esa pinacoteca que tanto visitaba. Todo era obscuramente apropiado, como si estuviera construido sólo para ella.

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