Permaneció sentado en el mismo lugar donde habían conversado esos temas tan difíciles que nadie se atreve a hablar por casi una hora. Aún recordaba sus ojos al despedirse, esos dos munditos inquietos y vivarachos pero que ahora se inundaban de tristeza, ¿o sería rabia?, por cosas que a veces uno inventa. Alonso no se explicaba por qué las cosas tienen que ser tan difíciles, por qué uno no puede hacer lo que quiere sin consecuencias, sin tener que medir una posible respuesta de algún karma ensañoso que seguramente lo sigue desde toda su vida. Gabryela (sí, así se escribe) a veces dice cosas sin sentido y se contradice otras no pocas. Él siempre fue tolerante, mucho, demasiado, y quizá por eso se aprovechaban algunas personas que le conocían ese defecto.
Como estudiante de leyes, y ahora sí le gustaba que se lo recordasen, le importaban más otros asuntos que estar prestando atención a las cosas que hace la gente, a esas intrascendencias que le gustaba ignorar. Una de ellas era que se burlen de su nariz; "cosas de chiquillos", decía. Él siempre dijo que estaba por encima de todas esas inmadureces, incluida alguna que era marca en su vida y que su familia no le recordaba, hasta que, ebria, una de sus tías le entró, valiente, al tema. Alonso respondió lo que pensaba: "Yo soy más que la suma de mi pasado y mi futuro. A estas alturas de mi vida me importan otras cosas que considero importantes: una es mi carrera y la otra es ir al baño."
La respuesta del "montoncito", ahora un "montón", ya crecido, le dejó un reconocimiento nunca antes escuchado y una admiración apologética, de su tía, llena de palabreos y redundancias. Celia no podía creer que ese tema le importara tan poco a su sobrino sufrido y medio huérfano. Primero sorprendida, y luego conmovida, se soltó a llorar y a decirle, inentendiblemente, quizá por el alcohol, quizá por el llanto, que su forma de pensar la vida y esos golpes que a uno le cuesta franquear (ya no a él) la llenaba de orgullo y le propuso que hablara con su hijo en unos años para que le cuente cómo superó eso que a ella se le hacía tan difícil. Diego, el primo de Alonso, viviría lo mismo en poco (si no lo había hecho ya) pues le empezaba a preguntar por su papá. El futuro abogado le dijo que encantado (por dentro también se sorprendía de lo fácil que le parecía no importarle su padre, que no lo vio crecer ni estuvo en sus momentos difíciles, ni lo llevó de vacaciones a la playa, ni fue a su graduación; momentos que sí había sufrido un poco en su momento; inexplicablemente no en su adolescencia), y se preguntó, abstraído, si no se había convertido en un insensible.
Este capítulo, memorable, se le vino a la mente un poco antes de pararse y marcharse de aquel lugar, al frente de una iglesia híbrida (por lo que representaba y por lo que la gente que habitaba ese pueblo mítico creía que representaba), y caminar como le gustaba hacerlo: meditabundo. Sólo se le vino a la mente una canción de Alejandro Sanz, nada más, ninguna solución a su problema, y reconoció que en efecto es difícil sentir y vivir. ¿Por qué llegaban esas semi-peleas con Gabryela? ¿Acaso luchaba contra la corriente y era mejor dejarse de ver? Ella se lo había propuesto un par de veces, aunque de inmediato sus comportamientos hacían entrever que no hablaba en serio, que no lo quería así y que lo amaba como antes; como él la amaba a ella aunque no podía demostrarlo ¿o no estaba seguro si sentía eso en verdad? Creyó que nunca lo supo, que nadie lo sabe, que el amor es un invento, como dios.
Era de locos el sólo hecho de pensar que algún día podría abandonar a Gabryela, la chica que le despertó tantas emociones, sentimientos, reacciones, sensaciones, y demás cursilerías que estaba encantado de sentir porque le demostraban que era humano, como los demás, y no un mueble que creyó ser toda su vida. Nunca la abandonaría; era como dejar de ser quien era, ¿qué sería después?, sólo vacío, espacio, un miedo infinito y angustia inexistente. Alonso no quería ser ni vacio ni espacio ni miedo ni angustia ni nada; sólo seguir siendo él y seguir, por lo tanto, estando con ella. Él casi nuca dice mentiras, mucho menos a ella; es por eso que cuando fluctúa no le afirma ni niega algo. No todo el mundo entiende que a veces no se tiene ganas de hablar, no se le puede reclamar eso a todos; el egoísta (así se llamaba Alonso) tenía que aprender de una vez a exigir a cada uno lo que puede dar, como el rey que habitaba uno de los planteas que visitó "el Principito": el primer libro que leyó.
Sólo necesitaba un tiempo, no mucho, para pensar en si lo que hacía estaba bien, sintió miedo. Se le vino el recuerdo de esas tantas ocasiones que le pareció sentir lo mismo. No podía ser, no con Gabryela. No había razón para que pasara, no le cabía en la cabeza esa posibilidad, estaba claro que sería una estupidez dejarla. Se sintió enfermo y sospechó que no tenía cura, el tiempo que se pensó sano había sido una ilusión, un espejismo que algunos llaman amor. Se odió y se insultó. Ese Mr. Hyde que tanto quiso ocultar, eliminar, desaparecer de su vida, amenazaba con aflorar, con destruir eso que había construido con ella. No era divertido tener dos personalidades, ser tan inconstante. "No creo que lo entienda", se dijo, la comprendería si no. Ni él mismo comprendía lo que le pasaba en la cabeza… ¿la amaba y también no?, necesitaba un psiquiatra. Pero la amaba, más que nunca.






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