En la mesa de mi casa generalmente no se habla mucho a la hora del almuerzo, sólo a veces cuando hay visitas. Ayer vino a almorzar mi tío que trabaja en la Dirección Regional de Salud, y comentó algo que alteró los ánimos de afecto a mi perro, pero no los míos, yo nunca lo dejaré de querer. Se trataba de la hija del amigo de la vecina de un tío lejano del cuñado de la enamorada del hermano del amigo de mi primo; ¡conocidísima! No me cupieron dudas sobre su existencia, casi un familiar. En fin, dijo que la habían internado en el hospital porque le encontraron un quiste en no sé dónde (no sé mucho de anatomía) a causa de un cúmulo de pelos de perro, de sus perros, dentro suyo. No sé si esto sea posible, ¿pelos de tu perro dentro de tu cuerpo? Dijo que los tragó o los aspiró por pasar mucho tiempo con ellos o dormir con ellos, no me quedó claro. Todos lo pensaron dos veces al mirar a Xavier, mi perro. Ya se sentía un ambiente tenso y poco afectivo hacia él.
¿Qué culpa tiene? ¿Nosotros nos descamamos (porque eso hacemos) voluntariamente acaso? Digamos que yo soy quien mejor trata a Xavi en la casa. Lo digo sobre todo por mi abuela, quien tiene una especial enemistad con él porque le deja sus faldas (que son todas negras y de un material que atrae naturalmente los pelos) llenas de una capa filamentosa de pelusa clara. Ella le dice: "¡Anda a un rincón!" y yo pienso: "¿Por qué no se compra un florero y lo pone en un rincón?" ¿Para qué es un perro?, yo considero que para acompañarme, para que me lama la cara cuando llego a casa, para que muerda mi mano si me duermo colgado de la cama, para que se orine en el centro de la sala de vez en cuando sólo por molestar, para que traiga la pelota cuando no se la pido y la lleve lejos cuando lo hago. Para eso es un perro, al menos yo pienso así, no para que esté en un rincón como una maceta, de adorno.
Ahora todos, inconscientemente, se alejan de él por las dudas. "Uno nunca sabe cuándo termine con un quiste como esa pobre chica que tuvo que ser operada." Yo no, yo sigo jugando con él como siempre y revolcándonos en el piso y rascándole, cuando me lo pide (porque lo hace), sus orejas. "¡Deja al perro! Te llena de pelos" me dicen. "Quiero tener pelos de perro" les digo, "me queda bien". Xavi y yo hemos pasado muchas cosas, nos conocemos desde que tenía un par de meses o menos. Fue mi compañía cuando me quedé varado casi tres meses en la selva, cuando fui a visitar a mi hermana. Salíamos cada tarde y hacíamos un dúo muy útil: Caminaba en las noches por la ciudad con él en mis brazos (aún era muy chico) y conocíamos chicas muy bonitas. Pasear solo con un cachorro en tus brazos parece que es atractivo. Me decían que era idéntico al del comercial de un papel higiénico (Xavi, no yo, obviamente); era de la misma raza: Golden Retriever. Conseguí algunos números telefónicos (y otras cosas más) y aún los conservo.
Una vez se enfermó gravemente a causa de un posible envenenamiento. Era en enero, regresábamos de un viaje corto a Brasil y, en la noche, caminando de regreso a casa, tambaleó, vomitó un líquido blanquecino y se desmayó. Lo cargué en mis brazos lo más rápido que pude, era grande, ya había crecido, pesaba un poco. Tomé una moto (en la selva los taxis son así) y fui camino a la veterinaria. No me importaba que se manchara mi camiseta nueva, mis jeans nuevos, tal vez irremediablemente. Corrí al cruzar la avenida para llegar más rápido y no me importó morir atropellado, Xavi ya había perdido el conocimiento varios minutos y no controlaba su esfínter anal, me embarró todo, no me importaba. Sólo quería que él esté bien. Llegamos a tiempo, él agonizando y yo vomitado. Lo salvaron. Estuve a su cuidado toda la noche, tenía conectada una especie de algalia por donde le suministraban no sé qué para limpiarle la sangre. Él me miraba y volvía a dormirse, fue la noche más larga que tuve. En el período de su recuperación, sólo podía comer una dieta especial que me dio el veterinario.
Le cocinaba todos los días. Cocinaba desnudo por el calor que hacía allá, la vecina del piso de abajo me sorprendió un par de veces cuando subía a la azotea porque la ventana de mi cocina daba a las escaleras comunes. Se recuperó satisfactoriamente, estábamos juntos todo el día, nos llevábamos bien, aún lo hacemos. Se comprenderá, entonces, que mi perro no es cualquier perro para mí, no es una mascota más. Está sobre todos los prejuicios, mitos, recomendaciones y quistes que pueda haber en el mundo. Y si querer a mi mascota, que es mi amigo, produce quistes, está bien. Prefiero tener miles a no disfrutar mi tiempo con él; a no verlo dormido, como ahora, sobre su almohada en forma de hueso que recién le compraron; a que no salte y me derribe cuando llego de la universidad. A mí no me importa tener un millón de esos tumores dentro y morirme mañana si estoy con él, de algo tenemos que hacerlo algún día ¿no?






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