Érase una vez un niño en una ciudad llamada Penny Lane (no tiene nada que ver el nombre con el país donde vivía, pero… así son las cosas del amor). De visita y sin más conocidos que sus primos y tíos, llegó a pasar las vacaciones de verano en esa extraña, insospechadamente grande y bonita ciudad del sur. Su mejor amigo en la familia y él pasaron buenos momentos en su pueblo-ciudad de origen y era muy buena idea juntarse en ese verano.
Érase una niña mimada, engreída, renegona, posesiva, tacaña e insoportablemente (y conmovedoramente) dulce y bella. Tenía un hermano menor, una sonrisa linda y una habitación amansionada e incógnita al conocimiento humano (aunque no tenga sentido). Vivía en el segundo piso de la casa en la que vivían los primos del niño visitante.
Érase un encuentro nervioso, lento, infartante y colapsador en la sala del primer piso (todos los pisos tenían una) una mañana soleada, como siempre. Existían dos pares de ojos en aquella habitación; unos café claros y otros café oscuros, que se entrelazaban y acercaban cada vez más a sus sorprendidos poseyentes.
Érase una mejilla tan suave como un worlúnneo (animal rarísimo, casi mítico, que habitaba en Penny Lane y tenía la piel más suave que se pueda imaginar; de donde se dice que dios hace las alas de sus ángeles; pero que nadie nunca lo vio): era la de esa niña. Fueron minutos inacabables y gloriosos. Pero ninguno de los dos sabía de esta gloria; así que se separaron y cada uno se fue a un lado opuesto.
Érase una sensación inexplicable, nunca vivida, del niño que recién conocía Penny Lane: quería quedarse para siempre en ese lugar, con esa sensación.
Érase un beso apasionado, nunca se supo si enamorado, en la cama de los tíos de Penélope y Ulises. Ulises nuca supo si tendría una “odisea” y Penélope nunca supo si tenía un “Ulises”. Ninguno sabía nada, pero se besaban; se besaban y no importaba nada más. Se besaban en el pasillo, en el segundo piso, en el cuarto insospechado, en la terraza, en la cama. Éranse varios besos, muchos besos. Sangró una nariz.
No se besaron mucho (los besos son relativos).
Érase una despedida. Ninguno supo que se despedían. Fue una mañana, muy temprano, con maletas en la sala. No estaba Penélope; nunca comenzó una odisea. Pero Ulises se marchó con esas ganas de niño, que unas veces son y otras no son. Hubo una opresión en el pecho y un adiós a Penny Lane desde la ventana de un bus interprovincial.
Érase un final que no se acaba. Y un Ulises (que se cambió de nombre, por si acaso… uno nunca sabe) que escribe en un blog que Penélope nunca leerá.
jueves, 8 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)






0 comentarios:
Publicar un comentario