viernes, 27 de marzo de 2009

Óscar y la gitana

Óscar andaba pensativo por el jirón Lima, por donde aún olía a colegiales jugando y corriendo, impertinentes, a la salida de sus mini-cárceles, felices. Miraba las extrañas figuras intercaladas en el piso que le daban un extraño aspecto, que nadie notaba, a esa calle. “Quizá ya no vaya a la Facultad” se dijo, “seguramente están en clases. No tendría qué hacer.” Se sentía algo frustrado; habían cerrado un solo curso en toda la carrera para el período vacacional y era justo el que él quería llevar. El único que quería, y podía, llevar. Como todas esas tardes semanales, acaso mensuales, en las que iba a retirar algo de dinero del mismo banco que había visitado desde hace ya un par de años, veía cómo se ocultaba el sol detrás del cerrito “testigo de amores”. No era nostalgia lo que sentía, sino cansancio, sí, era eso, no podía ser otra cosa. Después de todo, le habían pasado muchas cosas para sentirse feliz ¿no? Su hija pequeña le había dicho “papá” hace sólo un par de días. Qué felicidad.

Al fin llegó. No había mucha gente. Mejor, para llegar temprano a casa. La puerta del cajero tenía un nuevo mecanismo; se abría sólo con la tarjeta electrónica que tenían los que ahorraban ahí. Mejor, así no le roban el dinero que lleva a casa. Después de recibir esos billetes de veinte soles que olían a nuevo, se le ocurrió una nueva ruta; esta vez bajará por la calle pequeñita, que tampoco le llama mucho la atención a nadie, en la que se apostan jipis, artesanos, tejedores y gitanas. ¿Gitanas? No recordaba haber visto gitanas en aquella calle. No recordaba haberlo hecho en toda la ciudad. Se preguntaba cómo serían. De chico quería que alguna le leyera la mano, por curiosidad. Caminó sereno, pero algo nervioso por dentro, “sólo hay que pasar sin que lo noten a uno y ya.” Pensó, o recordó, no sabía bien, pero lo repetía.

-Hola, guapo… -ese acento de española perulera le conmocionó el cuerpo. De pronto, se había quedado quieto y no lo había notado-. ¡No te asustes chaval! Que sólo quiero que me hagas un favor. ¿Puedes?

-S-sí… -estaba nervioso, no lo podía disimular- ¿Qué desea? –"siempre tan educado Oscarín", se decía sonriendo disimuladamente, esta vez sí.

-Sólo una cosa, y no te va a costar, no te preocupes y ¡cambia esa cara pálida por dios! –le dijo, sonriendo, ella sí, descaradamente, tanto que él notó un diente de oro en el rincón de lo que mostraba la abertura de su bocaza-. Dime ¿dónde encuentro un internet aquí cerca?

-Eso –dijo al fin, con un aliento- hay uno aquí cerca, bajando por esta calle y doblando a la derecha.

-Gracias guapo –decía el adjetivo como de obligación, como una regla o muletilla que "segurito le enseñaban a las gitanas para dirigirse a la gente", pensó Óscar, mientras se disponía a marcharse-. Saca una carta, la que tú quieras –le mostró un trío boca abajo-. Sin compromiso, anda.

Aquella invitación lo dejó más intrigado aún. ¿Sería que la gitana le leyó la mente? De pronto notó que su corazón le daba más latidos de lo normal. ¿Sería una magia de aquella calé? Qué tonterías dices Oscarín, sólo estás nervioso, relájate. Vaciló en hacerle caso a la mirada profunda e incisiva que se le clavaba en el entrecejo. Al fin, con un respingo, tomó la del centro. La baraja era más vieja de lo que se veía. Se la mostró sin verla, por las dudas, "no sería que apareciera la muerte o algo así". La gitana hizo una mueca, lo miró con extrañeza y él supo que sería algo malo lo que vio la mujer. El pecho se le oprimió y ella se dirigió a él muy resuelta:

-Vaya… -movía la cabeza de un lado a otro, como queriendo ver mejor la figura que aparecía frente a ella, probando ángulos distintos- Sí que eres raro eh… Saca tu billetera.

-¿Qué?

-Saca tu billetera. ¿No oyes bien? –eso sí lo tomó por sorpresa, ¿para qué quería su billetera? Es un asalto, eso debe ser, “¡eres un tonto Oscar!” se recriminó a sí mismo-. ¡Apúrate!, que no tengo todo el día.

Al ver la negativa, por su modo de actuar –de no actuar, más bien-, la mujer le suavizó el pensamiento diciéndole que no se preocupara, que no era lo que parecía. Él le tenía que dar su billetera para bendecirla: “tú necesitas mucha bendición” le dijo, esta vez, con un aire maternal; ése del que uno no puede dudar. “Y yo tengo el deber de ayudarte, porque tú me has ayudado”. Si aquella hubiera sido otra situación, si hubiera sido otra mujer, si fuese otro chico que acababa de sacar dinero del banco, se decía Óscar, hubiera desconfiado desde el principio. Pero no podía, las palabras de aquella señora regordeta parecían tan sinceras que... Pero, por las dudas, examinó la situación: había mucha gente, así que no podía huir rápido sin que él la alcanzara; además, algunas personas se habían detenido a ver aquella pintoresca plática y advertirían, sin duda, algún intento de robo; también miró qué calzaba y notó que ese par de sandalias gastadas no le servirían de mucho en su intento de fuga, ni el faldón tan incómodo que le llegaba hasta los tobillos.

-No traigo billetera –se animó a decirle-. Nuca cargo una.

-¡No me vengas con eso pues! No tienes por qué dudar, me estás ofendiendo, yo sólo quiero ayudarte. -Y, de pronto, inquietando aun más el temor que se había enquistado en la médula espinal de Óscar, la gitana le dijo-: ¿Quieres orinar gusanos? ¡¿Eso quieres?!

Tragó abundante saliva de golpe y no pudo evitar estrechar los ojos por el dolor que le causó al pasar por su garganta. “¡Una amenaza!”, se le erizaron todos los vellos de su cuerpo entumecido, “y de una gitana por Diosito que me pasa lo que ella dice”; sabía que tenía que hacerle caso, ni loco se atrevía a jugar con esas cosas, a desobedecer.

-Señora gitana –dijo con voz temblorosa, y pensó si era bueno decirle así. ¿A ellas les gusta que las llamen así? "Ya no cometas ningún error", se mordió la lengua-, no tengo billetera, se lo juro.

-¿Y qué es ese bulto que tienes en el bolsillo de tu casaca? –le agarró la chaqueta jean que tenía puesta.

-Son mis documentos y algunos billetes que saqué del banco –no mintió.

-Ya pues, saca esos billetes.

-Son veinte soles nomás –dijo, tanteando el fondillo con la mano e intentando sacar un solo billete y confundir los demás con los papeles que había-. Aquí está, mire.

-No mientas, saca lo demás. Tú me dijiste que tenías billetes y solo me has dado uno.

Óscar supo que no tenía sentido ocultarlo más, había sido descubierto. Resignado, metió de nuevo la mano al bolsillo de su casaca y sacó un billete más de veinte soles. El otro lo dejó ahí, esperanzado de que la mujer no se lo quitara también. Tal vez no haya que desconfiar, quizá sólo quiera bendecirlos como dice. “Tal vez, quizá… son palabras vagas, ya no es tiempo de hacerse ilusiones, de imaginar cosas, hay que ser realistas; la gitana te está timando y tú caes como un tonto.” Óscar se reprendía tan duramente como podía.

-Ya, tome. Es todo lo que tengo.

-No te preocupes, no es para mí –dijo la gitana sobándolos uno contra otro.

Ella los examinó como viendo que no fueran falsos. Los olió. Sacó una botella plástica que contenía un raro líquido amarillento. La destapó, echó un chorro pequeño en su mano y con la otra apretó fuertemente un billete a la vez, haciéndolos bolas de papel.

-¡No! –gritó Óscar al ver que esa mujer juntó los billetes, uno sobre otro, y los estrujó contra el líquido que llevaba en la otra mano-. Por favor…

-No es para mí, es para ti, no es para mí… -repetía una y otra vez la calé con los ojos entrecerrados y conversando con algún ser imaginario-. ¡Calla chico! Me distraes –y siguió con esa parafernalia desconocida ante los ojos de Óscar, conjurando algunas palabras desconocidas en otro idioma. "Latín", llegó a pensar él en un momento, pero luego desistió; era otra lengua.

En un momento, ella despegó las manos y le mostró las dos bolas de engrudo que se formaron luego de la operación. Su mirada era como de satisfacción, de quien ha hecho un buen trabajo. Uno estaba irreconocible: una especie de goma blanca y naranja que se deshacía con la gravedad. El otro estaba menos dañado; se distinguía que era dinero porque el líquido no había actuado directamente sobre él, era una bola algo consistente que tenía dibujado el número veinte en un par de lados. Óscar sintió que le brotaron un par de lágrimas, de rabia, resignación, ira. La mujer le entregó el menos dañado con una risita burlona. “No cuentes tu suerte a nadie” le dijo, “es sólo para ti”. Él se puso el billete remojado en el bolsillo de su pantalón y se fue lo más rápido que pudo.

-¡No cuentes tu suerte! –gritó la gitana-. ¿No quieres orinar gusanos, verdad?

-¡Maldita bruja! –dijo él, pero bajito, no vaya a ser que lo oyeran.