viernes, 26 de marzo de 2010

La irrelevante peligrosidad de una pileta

         
          Hay una pileta, en el lado norte de la ciudad, donde las cosas pasan porque pasan, que tiene una forma peculiar. A diferencia de la común ingeniería de piletas, ésta tiene una base ovoide. Y a pesar de sonar irrelevante, termina siendo un grave problema para aquél que quiera (o tenga) que sentarse cerca de esta enigmática caída de agua –las piletas constituyen el 90 por ciento de las cosas inexplicables que uno puede encontrar en esta ciudad–.
          El viento, que es el nueve por ciento de cosas enigmáticas que se encuentra aquí, no se caracteriza precisamente por su constancia. Este jodido fenómeno natural se permite cambiar de dirección cuando se le da la gana. Y a nosotros, los mortales, no nos queda sino una sumisa adaptación –pero siempre creyendo que lo hacemos a nuestro albedrío– a su comodidad.
          Es un grave problema, entonces, sentarse al costado de ese artefacto de piedra y metal, porque el agua cae, evidentemente, en un radio perfectamente circular. Eso quiere decir que caerá dentro de la base de piedra en dos costados; y en los otros dos lo hará raspando los bordes, en el mejor de los casos.
          Uno nunca sabe para dónde soplará el dichoso y hedonista viento; y de eso depende si resultamos, imperativamente, empapados o secos. Sentarse al costado de esta pileta resulta una actividad azarosa, un juego peligroso –olvidaba comentar que el uno por ciento de cosas misteriosas que ocurren en esta ciudad es que la gente padece de hidrofobia– que equivale a dispararse con un revólver cuyo tambor tiene un solo proyectil. Evidentemente, la Asociación de Madres Sobreprotectoras con sede en Ciudad del Lago han protestado con marchas, huelgas de hambre, cacerolazos y, como último recurso, miradas de desprecio hacia el alcalde.
          El otro día, vi cómo un niño tenía la imperiosa necesidad de sentarse cuanto antes, por razones en las que no es conveniente ahondar, y todas las bancas de esa alameda estaban ocupadas. Nadie quería cederle el asiento, «¿dónde se ha visto que un niño le quite el asiento a los mayores? Un anciano, por razones éticas y morales, no le puede ceder el asiento a un joven». Todos los asientos estaban ocupados menos «ése», el que estaba al costado de la pileta. Al niño no le quedó otra opción que sentarse ahí. Había las mismas probabilidades de que el viento sople hacia él –y por consiguiente que le llueva agua de pileta– y de que no sea así. Fue un riesgo.
          Aliviados todos, luego de que el niño se levantara para irse, volvieron a sus cosas hasta que una señora dio un grito desesperado. El chico se dio cuenta de que una brisa llevaba sus cabellos hacia delante. Volvió la cabeza pero ya era tarde. Un señor que se había levantado y corría hacia él se detuvo y agachó la cabeza. Siguieron convulsiones, gritos desesperados, una sirena aturdidora y, luego, silencio.
          Desde aquella vez, esa alameda está desértica. Pero nunca falta algún osado que demuestra su temeridad caminando cerca de ese aparato y acaricia la piedra. Desde luego, una vez que cae en su inconsciencia, apura el paso y se aleja disimulando su cara aspaventada. Se ha corrido el rumor de que, a veces, el viento sopla con tal fuerza que el agua no sólo llega hasta «esa banca». Por eso ya casi nadie pasa por ahí.
          Hoy me puse un impermeable y salí al encuentro con la muerte, mi probable muerte. Cuidé cubrirme hasta los tobillos y la cabeza. Fui a descubrir el enigma, ¿nadie se ha preguntado el porqué de nuestro «problema» con el agua? Cara a cara, me quedé absorto varios minutos. Ella me hablaba. Yo sólo entiendo español. Un pánico recorrió mi cuerpo cuando el agua que caía vino hacia mí. Trate de escapar. El chorro resbaló en el impermeable. «Estuvo cerca, inconsciente».
          Cuando me alejaba, note húmedas las manos. El impermeable no las cubría. ¡Increíble! Genial. «No soy hidrofóbico, entonces. Al menos no mis manos». Me quité el sobretodo y lo tiré. Medité en el camino a casa. «La gente no se ha dado cuenta que también se mojan cuando llueve». Qué idiotas. Habrá que avisarles, escribir un artículo, salir en la tele, hacer conferencias. «Qué flojera, que se jodan».

miércoles, 3 de febrero de 2010

Aproximación al entendimiento de una relación

Él es porque no puede estar; el descubrimiento de su insensibilidad lo ha dejado resignado a una vida circunscrita sólo a la existencia. Él sabe que las elecciones se le han limitado exponencialmente cada año cuasi vivido. A los veintitrés son sólo dos: “escribir que escribe” como el grafógrafo de Vargas Llosa; o esperar veintitrés más para tener el inverso de posibilidades y no escribir que no escribe ni esperar menos veintitrés menos.
Ella quiere estar porque no puede ser; y en la indecisión de ambas formas de existir se le va la vida. No se ha resignado ni a ser ni a existir; sólo es porque no tiene nada más que hacer. A los diecinueve se ha encontrado con veintitrés formas de no hacer nada, con veintitrés maneras de no leer a Vargas Llosa ni ser grafógrafo. Ella toma la vida por el cogote y la mira con furia, pero no sabe hacerle deño, no tiene más que decirle y la suelta.
Diecinueve y veintitrés son dos formas de sumar la vida. Diez más nueve; y veinte más tres. El segundo le dobla el primer número pero la primera le triplica el segundo. Diecinueve más veintitrés es una paradoja de la vida, una extravagancia que se permite un dios que no existe. Ella y él se restan y se suman y se vuelven a restar, siempre sumando. Dos vías, ambas inidóneas, de resolver esta cosa que se llama ser en unos tiempos en los que está de moda existir. El y ella son dos formas de no amar, pero, por leyes aritméticas que uno no se atreve a refutar, se aman al juntarse.